En Goles sangrientos, publicado por Altamarea, Luciano Wernicke recorre algunos de los episodios más oscuros de la historia del fútbol y muestra cómo dictadores y regímenes políticos utilizaron este deporte como herramienta de propaganda y control social.
Este jueves 11 de junio, México y Sudáfrica inauguran el Mundial de 2026 ante millones de espectadores repartidos por todo el mundo. Durante las próximas semanas, el fútbol será el protagonista en las casas y los bares. Algunos organizarán cenas con amigos, mientras otros llevarán la camiseta de su selección, pero todos disfrutarán y sufrirán frente a la televisión. Al fin y al cabo, eso es el fútbol para la mayoría, entretenimiento y pasión. Sin embargo, el libro firmado por el periodista e historiador Luciano Wernicke habla sobre el poder. Especialmente, de cómo los gobiernos, dictadores y movimientos políticos descubrieron que el fútbol sirve para algo más que entretener a las masas. Y, tras leerlo, resulta difícil volver a ver este deporte de la misma manera.
El balón como instrumento político
Desde hace tiempo existe una idea muy extendida de que el deporte y la política no deberían mezclarse. Sin embargo, las primeras páginas del libro desmontan rápidamente esa creencia. Wernicke reúne numerosos episodios históricos para demostrar que el fútbol ha sido utilizado como instrumento de propaganda, control social y construcción de identidades nacionales.
Las frases que abren la obra marcan claramente esa dirección:
- “Para la gente, ganar un partido de fútbol es más importante que capturar una ciudad en Europa Oriental” —Joseph Goebbels
- “El fútbol no es un simple juego. Es un arma de la Revolución” —Ernesto «Che» Guevara
- “Los que creen que el deporte no tiene nada que ver con la política, o no saben nada de deporte, o no saben de política” —Gerardo Caetano
- “ El fútbol no resuelve nada, no baja el precio del pan” —Diego Maradona
La lectura gira constantemente alrededor de la pregunta, ¿qué ocurre cuando los gobiernos descubren el enorme poder que tiene el fútbol sobre las personas?

Mussolini y el Mundial que Italia debía ganar
Uno de los capítulos más interesantes está dedicado a la Italia fascista de Benito Mussolini.
A principios de los años treinta, el régimen comprendió que el fútbol podía convertirse en una herramienta perfecta para proyectar una imagen de unidad nacional. El problema era que Italia estaba lejos de ser un país cohesionado. Las diferencias entre el norte y el sur seguían siendo profundas y los campeonatos locales reforzaban las rivalidades regionales.
En 1934, la organización del Mundial ofreció una oportunidad única. Italia prometió un torneo espectacular, con estadios renovados y sedes repartidas por todo el país. Sin embargo, detrás de esa apuesta deportiva existía el objetivo político de demostrar la superioridad del régimen fascista.
El libro recoge una conversación atribuida a Mussolini y Giorgio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Fútbol. Cuando Vaccaro prometió hacer todo lo posible para conquistar el campeonato, el dictador respondió que no había entendido la orden. Italia no debía intentar ganar. Debía ganar.
La selección italiana terminó proclamándose campeona del mundo después de incorporar incluso futbolistas argentinos y uruguayos con ascendencia italiana.

Cuando los nazis llegaron al estadio
Si la historia de Mussolini resulta inquietante, la dedicada a la Alemania nazi lo es todavía más. Curiosamente, Adolf Hitler ni siquiera era un gran aficionado al fútbol. Consideraba este deporte una costumbre británica poco relevante. Sin embargo, otros dirigentes del régimen, especialmente Joseph Goebbels, comprendieron el potencial propagandístico que encerraba.
A medida que el nazismo consolidó su poder, los estadios también se transformaron. Los futbolistas judíos fueron expulsados de las competiciones oficiales. Lo mismo ocurrió con dirigentes, periodistas y patrocinadores. El deporte pasó a formar parte de la maquinaria ideológica del régimen. Los jugadores que permanecían en los equipos debían asistir a cursos de formación política donde estudiaban la biografía de Hitler y los principios del nacionalsocialismo, transformando el fútbol en un espacio de adoctrinamiento.

El hombre que desafió al Tercer Reich
Entre todas las historias del libro hay una especialmente difícil de olvidar debido a la valentía de su protagonista. Matthias Sindelar, considerado uno de los mejores futbolistas de su generación, se negó a colaborar con el régimen nazi tras la anexión de Austria. Además de proteger a varios amigos judíos, realizó uno de los gestos más simbólicos de aquella época.
Poco antes de que Austria desapareciera como país independiente, su selección disputó un partido amistoso contra Alemania. A petición de Sindelar, los jugadores austríacos vistieron de rojo, el color de su bandera nacional. Austria ganó 2-0, siendo Sindelar quien marcó uno de los goles y lo celebró con un baile provocador frente al palco ocupado por altos cargos nazis. Un año después, apareció muerto junto a su pareja en circunstancias que a día de hoy siguen generando dudas. La versión oficial habló de una fuga de gas. Otras teorías apuntan a un asesinato político o incluso a un suicidio pactado.

El partido continúa fuera del campo
Goles sangrientos no es una lectura especialmente ligera. Su abundancia de datos históricos y referencias políticas puede resultar exigente para quienes buscan un libro centrado exclusivamente en el deporte. Sin embargo, termina obligando al lector a entender el contexto histórico en el que se desenvuelven los partidos.
La idea principal del libro es que el fútbol es identidad, sentimiento de pertenencia y, precisamente por eso, una herramienta perfecta para quienes buscan influir en la sociedad. Quizá Diego Maradona tenía razón cuando afirmaba que el fútbol no baja el precio del pan. Pero la historia que recoge Wernicke demuestra que sí puede moldear opiniones, reforzar ideologías y movilizar países enteros.


