Casi un siglo después, la vida y obra de Lorca continúa siendo prodigiosamente influyente en nuestra nación
Un 18 de agosto de 1936, «se le vio, caminando entre fusiles». Nueve décadas desde que «con sangre en la frente y plomo en las entrañas» muerto cayó Federico García Lorca. Hace 90 años de aquel asesinato vil e injustificado; de un crimen que «fue en Granada, ¡en su Granada!».
Los versos de Antonio Machado en su poema El crimen fue en Granada retratan la cruel pérdida de Federico García Lorca.
Hoy recordamos que, aparte de su efímera y brillante carrera literaria, el granadino brilla como modelo de compromiso, solidaridad y humanitarismo. Porque, por encima de todo, Lorca fue —en sus propias palabras— «hombre de mundo y hermano de todos».
Comunión con el ser humano
Federico García Lorca se caracterizaba por un profundo compromiso social y humano. Sobre todo a partir de su obra Poeta en Nueva York (1929-1930), escrita durante su estancia en la urbe neoyorquina, donde reflejó la decepción ante un mundo maquinal muy distante al que acostumbraba.

Una sociedad extremadamente fría y materialista, en la que la segregación racial y las desigualdades económicas impactaron de sobremanera en el autor granadino.
Durante esta etapa conoció de cerca la obra de Walt Whitman, de quien heredó la fascinación y el amor incondicional por la humanidad. Así fue Lorca consolidando sus valores de igualdad y fraternidad, banderas que sostuvo especialmente a lo largo de sus últimos años de vida.
Federico trataba al resto por su mera condición humana, al margen de su etnia, orientación sexual o género. Tal vez él hubiera deseado que los demás también hubieran actuado así con él; que no le hubieran hecho distinciones, que no le hubieran apodado despectivamente como «La Federica» o, simplemente, que no lo hubieran ejecutado por «rojo y homosexual».
En la célebre entrevista concedida a Lluís Bagaría poco antes de su muerte, a propósito de su aversión por aquellos que clasificaban a las personas por su diferencia étnica, declaraba:
«El chino bueno está más cerca de mí que el español malo.»
La Barraca
El granadino supo encontrar en el ámbito teatral el fervoroso sentimiento de comunión humana que tanto perseguía. Él pensaba que bajo la tramoya no solo se representaba una obra frívola y huera, sino la expresión viva de la cultura de un país. Por eso se esforzó en cuidar un género literario que, en aquella época, estaba dirigido por y para una burguesía minoritaria.
Así, en 1932, nació la compañía de teatro universitario La Barraca. Su objetivo principal era poner al alcance del pueblo los clásicos españoles; una verdadera odisea recorriendo los lugares más recónditos del país, allí donde el índice de analfabetismo se disparaba por encima del 30 %, en esa España rural del primer tercio del siglo XX donde Lorca se crió.

Federico conocía de primera mano los problemas que asolaban a esas regiones tan ignoradas, así como el poder transformador del teatro o, más concretamente, de nuestro teatro: de las obras de Lope, Calderón o Cervantes; de la zarzuela y los vodeviles; en definitiva, de toda una herencia cultural que parecía haber sido relegada al olvido.
Tal reivindicación epopéyica de la patria estaba al alcance de pocos, incluso de quienes lo criticaban y, en última instancia, acabarían asesinándolo. Aun así, la acción social que podía llevar a cabo el teatro le llenaba de fuerza para continuar con el proyecto. Como expuso en la célebre función de su obra Yerma:
«El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la educación de un país y el barómetro que marca su grandeza o su descenso […] El teatro es una escuela de llanto y de risa y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equivocadas y explicar con ejemplos vivos normas eternas del corazón y el sentimiento del hombre».
El amor en el caos
Federico García Lorca fue capaz de encontrar un hálito de humanitarismo donde otros creían toparse únicamente con el asco, la enfermedad o la pobreza. Él fue el poeta de los desvalidos, de los miserables. El poeta de los mindundis.
Su vivo ejemplo nos ha de recordar que donde unos discuten por cerrar o abrir fronteras, otros ofrecen abrigo a unos náufragos abandonados; donde unos libran una inhumana batalla ideológica, otras consuelan las numerosas pérdidas de mujeres asesinadas. Por eso, el verdadero legado de Lorca no son solo sus excelentísimas obras, sino su afán de buscar el amor allí donde parece estar ausente, en una dimensión etérea y al mismo tiempo concreta donde los brutos y necios jamás lograrán acceder. Así lo dejó plasmado en Grito hacia Roma:
«El amor está en las carnes desgarradas por la sed,
en la choza diminuta que lucha con la inundación;
el amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre,
en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas
y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas.»


