¿Por qué abrazamos símbolos colectivos mientras cuestionamos otros?
En la calle se respiraba un ambiente distinto. Mientras recorría el camino que siempre hago para llevar al trabajo —de manera completamente automatizada—, mientras la ciudad terminaba de reponerse de la resaca emocional de lo que se vivió la noche anterior, algo había cambiado en el aire.
Todavía se puede podía una sensación de gloria, de celebración colectiva, de esa palabra tan repetida y, al mismo tiempo, tan malinterpretada: arraigo. ¿Arraigo a qué? ¿A un territorio? ¿A una bandera? ¿A once futbolistas? Tal vez solo estemos arraigados al deseo de sentirse parte de algo.
Todo un país se puso en común para celebrar una victoria. Y aunque se tratase de un triunfo deportivo, España lo festejó como si fuera un hito que trascendiera el propio deporte. Los jugadores pasarían a la Historia, eso parece indiscutible. Pero ¿y nosotros? ¿Qué celebrábamos exactamente los que nunca pisaremos un terreno de juego? ¿Por qué sentimos —aquel domingo y, por supuesto, también ahora— la necesidad de apropiarnos de una victoria ajena hasta convertirla, de algún modo, en propia?
La respuesta —me temo— tiene poco que ver con el fútbol. Nadie sale a la calle porque conozca la estrategia de defensa de la selección o porque sea capaz de explicar la estrategia empleada durante el transcurso del partido. Salimos porque necesitamos símbolos. Porque, durante unas horas, una camiseta dejó de ser una prenda deportiva para convertirse en una identidad compartida; porque una plaza abarrotada nos hace sentir menos solos que el salón de casa.
Al mismo tiempo, hay algo profundamente llamativo en todo ello. Las mismas calles que durante el resto del año ignoramos, se convirtieron de pronto en el escenario de una euforia colectiva. Las mismas aceras sobre las que cada noche duermen quienes no tienen otro lugar donde hacerlo sirvieron entonces de improvisado salón de celebraciones para miles de personas. El espacio no cambia; cambia aquello que decidimos mirar.
Quizá por eso me cuesta entender la facilidad con la que aceptamos unas manifestaciones colectivas mientras cuestionamos otras. Resulta curioso que todavía haya quien considere exageradas celebraciones como el Orgullo y se pregunte qué necesidad hay de ocupar las calles, pero jamás formule esa misma pregunta cuando un país entero convierte un campeonato de fútbol en un acontecimiento nacional. En ambos casos hay cánticos, abrazos, banderas y una comunidad que reivindica su pertenencia a algo mayor que el individuo. La diferencia no está en la celebración, sino en aquello que hemos decidido considerar digno de ser celebrado.
Las bengalas de un rojo intenso, las mareas de personas envueltas en una camiseta que ya ha dejado de ser poliéster para convertirse en símbolo y los abrazos entre desconocidos hablan mucho menos de fútbol que de nosotros mismos. De esa necesidad casi desesperada de encontrar una causa común, aunque solo dure una noche. De convencernos, siquiera por unas horas, de que pertenecemos a algún sitio.
Quizá el verdadero arraigo no consista en un escudo, ni en un himno, ni siquiera en una victoria. Quizá el arraigo sea esa búsqueda constante de una identidad compartida que nos recuerde que no caminamos solos. Lo inquietante no es que celebremos un Mundial. Lo inquietante es que necesitemos un Mundial para recordarlo.


