Son muchos los que, tras los últimos escándalos vividos en el panorama influencer patrio, están empezando a cuestionar el contexto general
La efervescencia de las redes sociales está dejando al descubierto una —incómoda— verdad que muchos, simplemente, ignoraban: la supuesta labor social de los influencers ha estado, desde siempre, vacía de verdadera relevancia.
Durante demasiado tiempo hemos cometido el grave error de elevar el mero entretenimiento a la categoría de dogma, permitiendo que la frivolidad se disfrace de opinión y que la implantación de ciertas ideologías atente contra la libertad ajena. Pero qué le vamos a hacer, si es que los seres humanos somos así. Cuando alguien o algo nos gusta, nos gusta al extremo.
El núcleo de este problema, evidenciado en las recientes y supinas meteduras de pata de perfiles como Roro, Natalia Palacios o ‘Carliyoelnervio’, trasciende a sus protagonistas. Lo que estas polémicas denotan es la peligrosa entronización de la espontaneidad. Se ha confundido —no sé si desde siempre— la naturalidad con una patente de corso; con la falsa creencia de tener vía libre para promulgar un discurso sin pasarlo previamente por el —a estas alturas, calificable como reliquia— filtro del pensamiento.
Los creadores de contenido han olvidado que las redes sociales son algo distinto a la barra de un bar donde poder charlar impunemente con los colegas sobre cuestiones de interés público. Al carecer de la información, el rigor y el conocimiento de causa inherentes a profesiones como el periodismo, abordan temas de gran calado basándose —únicamente— en su percepción personal. Y aquí radica el mayor de los peligros: el asesinato del argumento.
Por supuesto que el derecho a opinar es inalienable pero, precisamente, la opinión exige fundamento. El mundo, la vida y los medios de comunicación no se sostienen bajo la falacia infantil de «esto es así porque a mí me da la gana». La libertad de expresión pierde todo su valor cuando se despoja de la solidez y del respeto por la complejidad de la realidad.
Ante este panorama, el foco de la crítica debe girar ineludiblemente hacia nosotros mismos. Es el momento de cuestionarnos profundamente a quién consumimos y, sobre todo, por qué lo hacemos. Debemos abandonar la comodidad ética que supone desligar por sistema la «obra» del «artista». Si bien es cierto que el arte, el discurso o el contenido pueden habitar en un plano abstracto e idealizado, no podemos seguir cerrando los ojos ante el individuo real que sustenta ese plano. La bondad suprema no existe, y otorgar nuestra atención es, en última instancia, un acto de validación.
Desde este humilde altavoz, la reflexión final es también una advertencia: la madurez como sociedad pasa por interiorizar que no todo vale. Ya sea en el consumo de redes sociales, en la música en la literatura o en cualquier otra manifestación artística, debemos dejar de ser consumidores pasivos. Es nuestra obligación ética empezar a exigir y esperar solidez y responsabilidad a aquellos a quienes decidimos entregarles nuestro tiempo, nuestros likes y un hueco en nuestro catálogo de seguidos.


