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‘Al este del Arbat’, el desarrollo correcto de la historia

El libro, publicado por primera vez en español por La Caja Books, recoge los mejores reportajes sobre la Unión Soviética de la periodista polaca Hanna Krall

El KGB ignora que la competencia aflora fuera de sus filas. Durante sus tres años de residencia en la URSS, la periodista Hanna Krall escribió unos reportajes tan certeros que parecen fruto del espionaje. A diferencia de la policía secreta soviética, Krall no necesitó amenazar con unas vacaciones en el Gulag para obtener las declaraciones de los ciudadanos. Eso sí, el miedo a la represión se adivina en los testimonios de los interrogados, que temían atentar contra el espíritu revolucionario, pero también en la pluma de la periodista polaca, que tuvo que idear una forma de escritura capaz de esquivar el yugo de los censores soviéticos. 

Al este del Arbat es una muestra de la narración que sortea el cerco. Según Mariusz Szcygiel, la obra debut de Hanna Krall “no se debe leer hoy como un libro sobre la Unión Soviética, sino como un libro sobre cómo escribir sobre la Unión Soviética”. Sus reportajes sobre la vida cotidiana en la URSS consiguieron ser publicados en la revista polaca Polityka, a pesar de que en ellos se infiriera la miseria que asolaba el estado en la década de los sesenta. 

El espejo de la miseria

Si bien la ideología comunista preconizaba la liberación y felicidad del proletariado, las aplicaciones prácticas de sus dirigentes tendían a distar de la teoría. En aras del fortalecimiento de las repúblicas comunistas, el Estado impulsó el desarrollo científico. Así lo reflejan las piezas de «Los físicos» y «Todas las sillas en torno a la mesa». “Los científicos disfrutan de pisos siete metros más grandes y de un mejor abastecimiento de productos alimenticios”, escribe Krall.

Solo unos pocos privilegiados lograban burlar la pobreza. El hambre era una de las plagas de la sociedad soviética, como refleja «Un pedazo de pan». En este texto, las mujeres de la localidad de Vershina ofrecen a la periodista un mendrugo que le ayude a sobrellevar el viaje de retorno, pues nunca se sabe cuándo podía escasear el alimento. Muchas veces, ni siquiera la fuerza de trabajo se traducía en beneficio económico para el proletariado: “Por falta de dinero, los honorarios se pagaban con botones de nácar, añil para la ropa y a veces con tabaco”, cuenta Krall en «Moriak, es decir, Odesa».

Los ciudadanos interiorizaron que hasta las actividades de ocio debían transmitir los principios comunistas. “Pensáis demasiado en vuestro taller de escritura y demasiado poco en aquellos para quienes escribís, en los obreros. Es un signo de egoísmo. […] Yo en mis poemas muestro cómo vive el colectivo obrero, como los escribo es algo secundario”. El fragmento anterior, extraído del reportaje «Una velada poética», muestra la visión de la literatura como motor de la revolución por parte de los ciudadanos. 

El público del teatro también demandaba representaciones comprometidas con la ideología imperante. Las obras sin más pretensión que el deleite dejaron de funcionar. A ello vincula Krall la decadencia de uno de los titiriteros soviéticos más célebres: “Serguéi Obraztsov no ha cambiado desde que alcanzó la cumbre. Es como era: perfecto. Los que se han cambiado son los espectadores”.

Otras disciplinas paliaban los designios dictatoriales del régimen comunista. “El ajedrez nos da libertad de elección”, expresa uno de los testimonios recogidos en «Cuatro millones de ajedrecistas». En este reportaje, la periodista polaca investiga la fiebre del ajedrez en la Unión Soviética, y explica, sibilinamente, las causas de su éxito: los ciudadanos solo pueden elegir su destino sobre el tablero.

Boris Spassky (derecha) en plena partida | Fuente: Wikipedia
Boris Spassky (derecha) en plena partida | Fuente: Wikipedia

El escudo de la perspicacia

Hanna Krall es una maestra del no decir. Rara vez denuncia utilizando su propia voz. Las palabras de sus protagonistas son suficientes para evidenciar, aunque sea entre líneas, las dificultades de la población. En ocasiones, ambas voces se fusionan, favoreciendo el efecto de inmersión en la lectura. “Pedro I desterró a Yevdokia por haber conspirado con los boyardos, y ella, en este monasterio, con diferentes señores de Súzdal, bueno, qué os voy a contar…Seriozha, iros a jugar un poco más para allá…”. Ciertas intervenciones aparecen en la máxima expresión del estilo indirecto, ya que el testimonio de los ciudadanos se entrelaza con la narración de la reportera. En el último reportaje, escrito veinte años después del resto, se observa el debilitamiento de la censura en la mano dura de Krall. «Un hombre y una mujer» expone, sin tapujos, la vida desdichada de dos prisioneros del régimen.

Hanna Krall
Hanna Krall | Fuente: Wikipedia

Pero Hanna Krall es, ante todo, una maestra del periodismo. Su estilo, caracterizado por las frases breves y la sencillez léxica, facilita la comprensión de sus textos incluso para quienes desconocen los claroscuros de la Unión Soviética. La autora de Al este del Arbat fusiona entrevista y crónica, pasajes informativos con otros de tinte literario, y todos los géneros los cultiva con idéntica destreza. Cabe destacar el reportaje «Cuatro millones de ajedrecistas», donde Krall despliega todas sus dotes de cronista. “¿Es altivo Boris Spassky? No me atrevería a afirmar tal cosa. ¿Acaso se puede decir que la reina de Inglaterra es altiva debido a su realeza? Ella simplemente es una reina. Y Boris Spassky simplemente es Boris Spassky”. El enunciado anterior parece sacado de una clásica retransmisión deportiva y su característica emoción contenida. De esta manera, mantiene el suspense en sus lectores.

A pesar de su maestría, Hanna Krall era bastante desconocida para los lectores hispanohablantes. Solo dos de sus libros, Ganarle a Dios y Rey de Corazones, se habían traducido al español. Ahora, La Caja Books contribuye al “desarrollo correcto” de la historia, que según Krall consiste en “la victoria de lo nuevo”. Al este de Arbat inaugura un nuevo comienzo -y sin duda un nuevo triunfo- para una autora inabarcable. 

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