Han cantando bingo, el debut narrativo de Lana Corujo, abre una senda mágica para explorar la pérdida y la infancia
Lana Corujo consigue trasladar al lector a un Lanzarote mágico, salvaje y poblado de voces misteriosas, como es la propia infancia. Entre la novela de aprendizaje y el realismo mágico, Han cantado bingo expone la fragilidad de las infancias, lo fragmentario de la memoria y el peso de la pérdida a través de una narración ágil y saltarina.
«Quiero decir ‘soy buena’ cuando solo quiero decir ‘ayuda’». Así se titula uno de los múltiples fragmentos que componen Han cantado bingo y que engloban los miedos de una protagonista a la que la culpa y la pérdida la parten por la mitad. Carente de palabras para expresarse y llena de miedo a no ser suficiente atraviesa varios duelos, entre ellos el de la infancia, ante la urgencia que le imponen los acontecimientos y su familia para que abandone un mundo en el que los objetos tienen ojos y los monstruos hacen guardia alrededor de la cama. Y esto, esto es un duelo; una deja de imaginar cuando la realidad golpea más fuerte que cualquier objeto con ojos.
Mediante saltos temporales que se suceden en pequeños fragmentos, Corujo logra replicar la voz de la niñez con gran habilidad, así como ese ritmo escurridizo de la memoria. Al estilo barthesiano, Lana Corujo se sirve de lo fragmentario para narrar la experiencia de la pérdida que es ante todo un ejercicio de memoria, un pulso a la tierra para frenar el olvido y logra plasmar la reconciliación con el dolor y la culpa en esa infancia salvaje y doliente que, finalmente, encuentra palabras más allá del señalamiento de su ‘monstruosidad’.
Camino quiera que no a través del duelo
Cuando Roland Barthes en Diario de duelo escribió «Camino quiera que no a través del duelo» expuso el transitar insaltable que supone la pérdida. No hay forma de esquivar el peso de aquello que se va. Te marca, te construye, te hiere:
Mi sorpresa —y por así decir mi inquietud (mi malestar) viene de que, a decir verdad, ésta no es una carencia (no puedo describir esto como una carencia, mi vida no está desorganizada), sino una herida, algo que duele en el corazón del amor.
Los personajes que componen Han cantado bingo están enormemente marcados por la pérdida, son personajes heridos. No hay en ellos una carencia, pues nada podrá sustituir aquello que se fue. Pero sí hay posibilidad; la de dejar entrar al resto en la herida, la de dejarse acompañar y enseñar las marcas como forma de dar evidencia de que ese amor existió. La protagonista expone la forma en que previo a la pérdida, aquella presencia ya la componía y determinaba, ya constituía su forma de transitar el mundo:
Si intento hacer memoria y buscar un hueco donde ella no esté, no soy capaz de encontrarlo. Está conmigo desde el primer recuerdo de mi vida. Lo que no se puede llegar a recordar se olvida o se inventa. Desde el primer momento, juntas e inseparables. Ninguna tiene su propio lugar, que todo está mezclado y nosotras existimos ensaladas y salvajes.
Pero esta pérdida deja de ser algo que la encierra en sí misma cuando es capaz de compartirla. Cuando muestra esa corporalidad herida logra reconciliarse con ella y dar vida a lo que ya no está mediante el recordar. Logra describirse más allá del monstruo, más allá del miedo a no ser buena y sin pronunciar “ayuda” alcanza el encuentro y la comprensión del Otro. Así sucede también con el resto de su familia; varios duelos que chocan, varias heridas que se conjuran finalmente para recuperar imágenes, para volver a ponerle ojos a los objetos.
El Mundo Adulto
En el podcast Amiga date cuenta, Noelia Ramírez contó que según le comentó Beatriz Serrano en una entrevista a razón de su última novela Fuego en la garganta, finalista del Premio Planeta, existe una contraposición entre la novela de aprendizaje femenina y la masculina. Frente al desarrollo de personaje de la novela masculina, en la novela de aprendizaje femenino se percibe que este desarrollo implica un achicamiento de la protagonista. En su aprendizaje, la protagonista se hace pequeña. Lana Corujo logra sumarse con Han cantado bingo a una nueva genealogía que reivindica la novela de aprendizaje femenina como un género de crecimiento expansivo, de ocupación de los lugares de enunciación.
Pese al recogimiento inicial de la protagonista ante los mandatos familiares que la convierten en eje central de la gestión emocional y sujeto principal de cuidados:
Mis padres me quieren adulta y los monstruos desaparecen cuando creces
Finalmente la protagonista logra hacerse cargo de su discurso, encontrar las palabras y compartirlo; compartir su dolor. Consigue ir más allá de ella -ese monstruo que la atenaza noche tras noche-. Vuelve a dibujar monstruos, perritas, volcanes, dibuja aquello que ve según como le impacta -no hay otra forma de mirar-, porque «ver el mundo es un camino abierto para que el corazón se nos rompa o se nos hinche». Así, en esta conquista del espacio discursivo, del compartir el malestar y el miedo, logra comprender la multiplicidad de matices y de palabras que componen a una cuando nos permitimos enseñar nuestras heridas.


