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TIM: Un laberinto llamado novela

Ray Loriga vuelve con una nueva novela, TIM, de la mano de Alfaguara, con la que el escritor consigue atraparnos en una narrativa madura y canalla.

Ray Loriga no es nuevo en esto. Escritor, guionista, director, lleva años cruzando géneros y formatos con una naturalidad que parece no costarle. Ha trabajado como guionista junto a Pedro Almodóvar en Carne trémula, y con Carlos Saura en El séptimo día.

También ha dirigido películas como La pistola de mi hermano (1997), con Christina Rosenvinge, o Teresa, el cuerpo de Cristo (2006), donde reinterpreta la figura de Teresa de Jesús. Pero su voz más reconocible —la que da la impresión de no estar escrita, sino pensada— sigue estando en sus novelas.

Tras Cualquier verano es un final (2023), Loriga regresa con TIM, publicada por Alfaguara. Y lo hace con una propuesta radicalmente introspectiva, casi sin argumento externo, en la que el lector no avanza tanto por la trama como por el ritmo del pensamiento. Aquí no hay escenas clásicas, solo un rio que nos lleva por el delirio del protagonista.

Todo comienza con un hombre que despierta desorientado en una cama que no reconoce. No es que venga de borrachera… o sí. Tampoco es claro si está en un hospital, aunque podría ser. Solo sabe que está en una cama de la que no puede levantarse. Desde ese punto inmóvil arranca TIM, una novela que no se desarrolla tanto en el espacio como en la mente: la del narrador y la del lector.

TIM se mueve como un flujo. Un monólogo que coquetea con la locura, pero que nunca pierde del todo la ironía. A veces parece un juego, otras veces un encierro. A medida que avanzamos, no sabemos si el narrador se encuentra en un estado de locura, miente o simplemente juega con nosotros. La única certeza es que estamos dentro, atrapados en su cabeza.

Y eso es lo brillante. A través de una voz que nunca se explica demasiado, pero que siempre está al borde de decirlo todo, Loriga construye un laberinto en el que el lector se pierde con gusto. El humor, finísimo, nunca pesa y, con ello, la densidad no abruma. Hay algo de acertijo, de mapa roto, que se va completando con cada página. Y, sin embargo, no se trata de entenderlo todo, sino de imaginar con él.

Un duelo entre una proyección y una realidad

Entre líneas, Loriga lanza una idea que atraviesa toda la novela: ese pacto silencioso que hacemos con los demás desde nuestra cabeza. Creamos del otro una versión ideal. Un amigo, un aliado. No importa quién sea, lo importante es lo que necesitamos que sea. Y cuando esa persona, inevitablemente, se revela distinta, sentimos una traición. No ha cumplido con lo que proyectamos en ella.

Rechazamos entonces al otro no por lo que hace, sino por no haber respondido a lo que esperábamos. Y es que no lo dejamos existir fuera de nosotros. Lo transformamos en una extensión de lo que no nos atrevemos a ser. La mirada colectiva, esa que antes parecía más estable, hoy se difumina en una ilusión mental sostenida por cabezas que no pueden salirse de sí mismas.

La novela, y quizá el propio Loriga, a través de su personaje; nos empuja a aceptar eso: no somos lo que queremos, y tampoco los demás lo son. No se trata de forzarlo, sino de asumir lo que somos, y aceptar las consecuencias. No como castigo, sino como acto de lucidez. No vas a cambiarlo todo, pero has de aceptar las consecuencias de tus actos y de lo que eres.

¿Quién es TIM?

Con todo esto, uno podría pensar que TIM es el protagonista, pero no exactamente. TIM es, más bien, una extensión del hombre de la cama. Una forma, una sombra, un eco. Lo guía, lo desafía, lo acompaña. Loriga juega a confundirnos con su naturaleza: ¿es un amigo?, ¿un rival?, ¿un hermano?, ¿una parte escindida del yo? Todo eso, y al mismo tiempo, nada concreto.

Loriga mantiene la ambigüedad hasta el final. Nos tiene en vilo, como en una cuerda floja. Y justo cuando parece que ya no hay salida, las últimas páginas nos ofrecen un cierre que no esperábamos. Uno que no podría haber funcionado en manos de cualquier autor.

Y ahí, en ese punto final, ocurre lo inevitable: la novela te empuja a volver atrás. A releer desde el principio. No para entender lo que no entendiste, sino para seguir el rastro. Para inspeccionar como un detective en que coma, palabra o desliz el narrador ya anunciaba el extraño desenlace final.

De esta forma, Loriga demuestra una madurez digna de las novelas de Agatha Christie o Arthur Conan Doyle, mezclada con el canallismo y el humor propios de la escena quinqui española. Todo ello en una escritura afinada que hace que el lector no pueda sino seguir leyendo y leyendo, hasta quedar atrapado en la narrativa del protagonista.

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