Elena Manrique se estrena como directora con Fin de Fiesta, una comedia brillante en la que una burguesa andaluza convierte la vida de un joven de Senegal en un laberinto sin salida.
Hemos sido testigos miles de veces de la generosidad de aquellos que más tienen, sus ayudas, sus donaciones, sus fundaciones destinadas a algo de África, siempre África, no les preguntes algún país en concreto, te contestarán África. Vuelven de sus viajes con nuevas vivencias, nuevas perspectivas, nuevas maneras de ver el mundo, y siempre con la misma frase, tan repetida, que parece hasta enfermiza: “viven tan bien con tan poco”.
Es obvio lo molesto, lo condescendiente y hasta lo violento de esta frase aunque para ellos sea de lo más ideal y moderno, “un poco rojo, del PSOE” como dice Carmina, la protagonista de Fin de Fiesta (2024) interpretada por la brillante Sonia Barba.
Fin de Fiesta (2024) nos muestra esta problemática con la historia de Bilal (Edith Martínez Val), un chico senegalés emigrante que se ve atrapado en la casa señorial de una mujer andaluza. Ella, lejos de llamar a la policía, le acoge, fascinada por ese algo especial que ve en él. Pronto, también su joven asistenta Lupe (Beatriz Arjona), se da cuenta del embrollo. Se lo ocultan la una a la otra, y, en paralelo, comienzan a conocer y ayudar -las dos de maneras muy distintas- al joven.
La película, estrenada en España el 31 de enero, fue presentada en la sección Discovery del Festival Internacional de Toronto (TIFF) para óperas primas o segundas películas. En España ya ha dado sus primeros pasos con el premio a mejor dirección española en la Seminci. Se trata del debut como directora de Elena Manrique, ya conocida en el mundo del cine español por sus trabajos como productora en películas como Celda 211 o El Laberinto del Fauno.
¿Porqué hay que verla?
Con su comedia, Manrique nos explica una dinámica de poder, el poder de Carmina sobre el joven, sobre Lupe -su asistenta- y sobre su pueblo. Esconde, bajo su dinámico guion, la tensión de una relación destinada a ser fatal. Nos cuenta con suma comedia, pero sin caer en lo ridículo, la manera de imponerse de una mujer que nadie sabe como ha conseguido mantenerse allí. La actriz Sonia Barba nos regala matices, miguitas que nos hacen entender al personaje y rápidamente asociarla con personas de carne y hueso que todos conocemos. Se aleja de construir un personaje rancio o ridículamente altivo, la típica pija.
Los pavos, personajes secundarios y la compañía más cercana a Carmina, la exponen como es ella, una mujer con una necesidad constante de atención que perjudica hasta a los que quiere porque es incapaz de ver más allá de ella misma, no es del todo maldad, sino una soledad tan grande que no la permite hacer más que eso.
Su manera de despreciar lo que ella considera rancio o aburrido, su asistenta Lupe, hace muestra de las dinámicas de poder medievales que continúan en España con relaciones señora-empleada más parecidas a los señores feudales. Y es que Lupe es el elemento más cercano o tierno de la película, aquel que cuando mira las desfachateces de la señora mira como nosotros, horrorizada y que, lejos de ser rancia, representa la ternura. Algo muy poco estimulante para Carmina.
Edith Martínez Val, actriz que da vida al joven Bilal, interpreta virtuosamente la inocencia, el miedo y el enfado que tiene su personaje en todo momento. Con su interpretación nos regala el pensamiento de una persona engañada que observa como el lugar donde ha encontrado un refugio se va convirtiendo poco a poco en una jaula, de la que no tiene posibilidad de salir. Bilal, es para Carmina una mascota, el accesorio de la caprichosa señora, que solo quiere compañía, un perro bien adiestrado que cuando diga sit se siente.
En nuestros tiempos, vivimos en una España en la que, según el CIS, la inmigración es la mayor preocupación de los españoles. En las ciudades los precios de la vivienda, las condiciones laborales o el cambio climático, cada vez más violento, nos ahogan y, sin embargo, lo que ha conseguido hacerse paso en la cabeza de todos ha sido la caricatura de la figura del inmigrante, creado por una ultraderecha radical, que ha conseguido que su asociación con la criminalidad cale hondo.
La película es así, un soplo de aire fresco. Y es que Bilal, lejos de estar basado en el estereotipo, es un personaje que ahonda en lo tierno del ser humano y en esa determinación que muy pocos consiguen sacar. Se aleja de lo que vemos en la ficción cuando se trata de migrantes, y es que, siempre se recurre a que toda su trama y profundidad se base en lo duro y trágico de su historia, como si antes o después, no hubiera nada más, o como sí por una ayuda mínima -como la de Carmina- esa persona estuviera en deuda.
Así, Fin de Fiesta de Elena Manrique representa la fiesta permanente de los que pasan por la vida sin que nada ni nadie les toque, casi de manera mágica, de manera ridícula, pensando que el resto, los que son felices con tan poco, están encantados de servirles a ellos y que su pasado o futuro no son nada comparado con lo que ellos les están dando.

