Donald Trump lleva dos meses en la Casa Blanca, pero sigue con la actitud de un niño rabioso
Su presencia era agobiante, aún vista en una pantalla. Como un niño, sentado en el principio de su asiento solo apoyándose, en posición de defensa, esperando las réplicas de su profesor enfadado. Su compañero, su cómplice, mira al tercero con sorna, intentando acercarse lo más posible a ese niño intimidatorio para evitar que su furia descontrolada le afecte también a él. Donald Trump parecía una caricatura de sí mismo en su encuentro con el presidente ucraniano Zelenski.
Donald Trump lleva protagonizando las portadas de todos los periódicos y los primeros minutos del Telediario desde que se convirtió, una vez más —aunque esta vez con 34 delitos debajo del brazo—, en Presidente de los Estados Unidos de América. Los pocos contrapesos que podía tener en el poder han asumido el papel cobarde de ser el resto de una clase de primaria demasiado atemorizada como para tomar cartas en el asunto y que, aún más, se unen a él para intentar ganarse su aprobación.
Los que no ceden han servido de ejemplo, Trump ha tomado medidas en contra de detractores incluso dentro de su propio partido, como por ejemplo con las amenazas de investigar a Liz Cheney, republicana que se presentó como alternativa a Trump en las primarias; o personalidades como John Bolton, exconsejero de Seguridad Nacional, al cual ha retirado la seguridad personal.
De la misma manera en la que los niños que pegan a otro se justifican ante sus madres haciendo creer que quien había empezado la pelea era el otro, Trump consigue darle la vuelta a toda historia, él controla de manera tan accidentada como certera lo más importante de la política actual: la guerra cultural. La narrativa es totalmente suya.
Consigue que se hable de lo que él quiere y como él quiere. No solo ocupa la fotografía más grande de absolutamente todas las portadas de periódicos, sino que él mismo elige a quién quiere darle el acceso a la información de la Casa Blanca, en una violación absoluta de la libertad de prensa. Pero lo que Trump ha conseguido con este veto a los medios no es solo controlar la información emitida en su país, sino también abrir la puerta a que esto se haga en otros lugares, y es que estamos a solo un paso de que lo mismo se reproduzca en otros países.
Esta inmadurez que se ha ido consintiendo y agrandando desde su última legislatura, ha explotado en sus últimos acuerdos —o rabietas— internacionales. Tiene una impaciencia y prisa por resolver todo de la forma más fácil posible por lo que simplemente lanza opciones, cada cual más ridícula, desesperado por alzarse como una especie de «salvador».
Es obvio lo ridículo de sus ideas crueles y oligarcas en referencia al futuro y reconstrucción de Palestina. Todos vimos horrorizados ese vídeo en el que la franja de Gaza se convertía en una especie de Marina d’Or. Pero su última idea, en lo referente a las negociaciones entre Ucrania y Rusia, parece un plan que se le ocurriría a un niño que se ha quedado viendo a escondidas un thriller sobre la Casa Blanca sin que sus padres supieran nada.
Claro que sí, mantendremos a los dos principales actores de un conflicto armado separados mientras yo voy administrando la conversación y claramente influyendo en ella, poniendo mis propios intereses sobre la mesa de una forma completamente obvia y grotesca. Algo tan ridículo solo se le podía ocurrir a Trump.
El presidente estadounidense, como buen empresario que es, se ha convertido también en un experto manipulador de las emociones. Ha afrontado su campaña para la presidencia como una campaña de marketing, como algo que hablaba de lo que sus votantes podían llegar a ser o soñaban ser. Por ejemplo, la población latina —la cual está siendo ahora mismo brutalmente oprimida por la administración de Donald Trump— no quería con su voto negar o perjudicar a su comunidad, simplemente buscaban o creían que votando a Trump se acercarían al ideal estadounidense del American Dream.
Por supuesto, el apoyo de las minorías a Trump no se explica solo por eso. También los demócratas tienen una gran responsabilidad —si no más— en este voto. El partido demócrata claramente ha utilizado las luchas de estas minorías para el rédito político, revictimizándolas y casi objetivando a sus miembros. Los discursos hacen que a las personas se las reduzca al fenotipo: eres solamente el grupo al que te asignan.
También cabe destacar que la izquierda más progresista —sólo un 8% del electorado— es, evidentemente, quien más defiende las luchas de las minorías. Sin embargo, estos mismos son también el electorado más pudiente y más blanco. Es decir, quienes abogan por los derechos de las minorías como si les fuera la vida en ello, no pertenecen a ellas. Y quizá estos grupos están hartos de ver cómo sus luchas se defienden en boca de otros.
Donald Trump ha aprovechado este momento de debilitamiento para volver a hacerse mucho más cool que los estirados demócratas, con ideas mucho más sencillas y aparentemente rápidas de poner en marcha. Así se ve cómo él y sus allegados empresarios están intentando hacerse relevantes de nuevo y reinventarse para la nueva era de Tiktok o de la Generación Z. El mayor y más triste exponente, un hombre que —como todos quienes juegan a ser “provocativos” o “rompedores”— se dirigió a todo un publico con el saludo nazi: Elon Musk.
Trump mantiene a Musk simplemente como consejero cuando ostenta uno de los roles más poderosos en los Estados Unidos, como es ser líder del nuevo departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE). El Presidente, sin embargo, lo hace por detrás, «sin que se entere la profe», negándolo ante los juzgados para así no tener que llevar su nombramiento ante el senado.
Estamos asistiendo a un nuevo experimento sociológico. ¿Qué sucede cuando se deja a la mayor potencia mundial en manos de un niño? Por el momento, el resultado está siendo catastrófico, no solo para los Estados Unidos, sino para el resto del mundo, que se ha visto arrastrado al parque de columpios de Trump. Quizá la solución al problema tenga que ajustarse entonces a la que se le daría a un niño conflictivo: quitarle la atención y quitarle la paga.

