El universo de Los Crímenes de Loeiro se expande con una entrega más oscura, peligrosa e impredecible
Una mujer sin pasado llega a Loeiro y amenaza con descubrir un secreto cuarenta años enterrado. Arantza Portabales construye una novela coral, con tumbas vacías, silencios asfixiantes y muertes por doquier.
Una noche de noviembre de 1984, Loeiro llora la misteriosa muerte de Berta, la sobrina de 9 años de las hermanas Freijomil. Sus tías se encierran en un luto que dura 40 años hasta que la aparición de Alba Mariño en busca de respuestas hace peligrar su oscuro pasado.
Arantza Portabales recupera a los inolvidables expolicías Iria Santaclara y César Araújo en una historia adictiva que disecciona las históricas expectativas sociales impuestas en la mujer y sorprende al lector con su inesperado final.
Asesinato en el molino del cura supera a su antecesora y augura convertir a Loeiro en la nueva capital de la novela negra. Desde El Generacional, hemos hablado con la autora sobre su proceso a la hora de escribir una trama tan compleja y retorcida, la inspiración de su propia familia en los nuevos personajes de la saga y la importancia social de la novela negra.
En conversación con Aratza Portabales
Pregunta: Asesinato en el molino del cura es una novela mucho más oscura que su antecesora. ¿Qué te llevó a dar este giro dentro de la saga Los Crímenes de Loeiro?
Respuesta: La idea inicial era hacer una novela con el tema de la memoria. Siempre hago el chiste que tener un personaje amnésico es muy innovador. Quería un personaje que no tuviera memoria. Eso ya introduce un plus para el lector para que entre a acompañar desde el minuto uno a Alba Mariño a recuperar su pasado. Y ese pasado de repente era oscuro.
Tenía esas tres mujeres en la cabeza y las tenía oscuras, lorquianas y encerradas como si estuvieran en la casa de Bernarda Alba. Las quería enfadadas, quería hablar de cómo vivían las mujeres en los años 70 en un pueblo pequeño y solas.
Si ya era difícil ser mujer en una ciudad, le tenías que pedir permiso a tu marido que abriera una cuenta, imagínate en un pueblo pequeño. Te veían desaparecer por una esquina con un señor y estabas deshonrada para el resto de la vida. Quería hablar de eso: lo que era antes ser mujer.
Esa primera escena del libro es muy violenta y hay un par de escenas así, pero porque la trama lo pide. En una novela tiene que haber sexo si el sexo explica la forma de ser de las personas.
Esta violencia explícita del primer capítulo era necesaria para saber todo el odio que puede llegar a acumular una persona cuando se le ha hecho y castigado tanto desde el punto de vista social. Al final la mayor violencia que hay en esta novela es la que no se ve. Es la violencia estructural sobre las mujeres, el poder que tiene lo que piensan los demás de nosotros, que no ha cambiado tanto porque antes era la plaza del pueblo y ahora son las redes sociales.
Por tanto, tenemos una trama de pasado muy fuerte, pero tenemos en el presente mujeres que están luchando por rehacerse, por vivir, por sobrevivir. Mi primera novela se titulaba Sobreviviendo y trataba una mujer que se dedicaba a sobrevivir más que a vivir. A estas mujeres les pasa lo mismo. Deberían estar viviendo, pero están en momentos muy difíciles de su vida y están sobreviviendo.
P: ¿Cómo equilibras este motor emocional o reflexión social con la trama criminal del libro?
R: Tengo muy claro que el libro es un artefacto y no soy de las que piensa que la cultura tiene que ser aburrida. Aunque cuido mucho desde el punto de vista literario lo que hago, siempre digo que no hay nada más difícil que escribir fácil. Hay mucho trabajo estilístico detrás porque además estoy en una editorial muy literaria. Pero a pesar de eso, cuido mucho la trama, creo que el lector tiene que pasarlo muy bien.
Entonces, hacer ese engranaje para que llegues al final encajen todas las piezas y digas: «Ostras, ha encajado». Como en el juego de los libros de pasatiempos de unir los puntos para ver el dibujo final. Es verdad que todo tema social se nos va a quedar dentro. La literatura no es más que contar la vida.
Ayer me escribió muy indignada una lectora porque Santa Clara en Asesinato en la Casa Rosa se había sentado al lado un señor muy gordo y le comía el espacio. Me llamó gordófoba. La literatura no es contar una vida amable, porque no somos amables en general.
Por fuera somos civilizados, por dentro vamos por la calle y pensamos otras cosas. Somos críticos, somos juzgones. Eso no nos hace intrínsecamente malos, es propio de la naturaleza humana. Cuando yo escribo quiero que el lecto vea los personajes por dentro. Entonces, no soy gordófoba, lo que soy es una persona que expresa lo que está alrededor.
Y cuando alguien lo lea, precisamente quiero que le chirríe. El compromiso de la literatura no está ni en adoctrinar ni en tratar a los lectores como si fueran tontos. Soy más de mostrar que de enseñar. Cada uno es uno y sus circunstancias y desde luego los libros están para mostrar eso. Pero hay que combinarlo, como te decía, con una trama interesante.

P: Los Crímenes de Loeiro tienen mucha inspiración en tu propia vida. ¿Cómo surge la idea de adaptar estos elementos para una novela negra y cómo es tu proceso a la hora de organizar la trama?
R: Sí, soy tataranieta del cura de Ardan. Mi abuela Rosalía Pousada, la nieta del cura de Ardan, se murió en el año 48, dejando siete hijos. Mi padre tenía 12 años y se murió después de vender todas las tierras para pagar inyecciones de insulina por estraperlo y cuando se acabó la insulina se murió la abuela Rosalía.
Es una historia terrible que he escuchado toda la vida. Sin embargo, nunca he tenido estigma por ser nieta de cura. Quiero decir, lo llevaba con orgullo, porque siempre educó a las tres niñas como hijas suyas con una libertad que seguramente no existiría ahora. Así que tenía ese poso de realidad.
Primero tengo la idea de esa primera matanza: tengo claro quién mata a quién. Tengo claro que mueva a cada uno, pero tampoco está todo definido. Esto es como saber que vas a llegar a la catedral cuando estás planificando el camino de Santiago pero el camino se define pasito a pasito.
La personalidad de Cecilia, Aurita y Trinidad me llega mientras voy escribiendo. Si una tiene el pelo largo, si otra se lo tiñe, si otra lo lleva muy corto, si una es más violenta, si la otra le gusta coser, si la otra es la emprendedora, porque se le daban bien los números…
O cómo es Alba, lo sola que se ha sentido toda su vida… Todo eso crece a medida que escribo. Y ese camino sí que está por definir cuando empiezo la novela, a pesar de que yo sé que voy a llegar a la catedral de Santiago.
Expandiendo el universo de Los Crímenes de Loeiro
P: En esta novela hay más narradores que en la anterior, uno de ellos es un personaje misterioso en primera persona. ¿Fue un reto probar esta nueva estructura?
R: Quería una novela más coral. De hecho, hay gente que me dice que la Gestapo está más diluida y yo digo que no. La Gestapo tiene más presencia que en el primer libro porque es el personaje total de estrella, pero lo que pasa que es una novela mucho más coral. Incluso creo que podríamos decir que el pueblo aquí es más protagonista.
Quiero que una señora como Sinda me acoja en su casa con todos sus libros, sus sillones, sus vistas al mar y sus prismáticos. Ese núcleo de calor erige a Sinda como la gran madre sin serlo. Es una mujer que ha renunciado a la vida en pareja, porque prefería otras cosas.
Ha elegido hacer lo que le da la gana y, sin embargo, ha pagado un precio que es estar más más sola y de repente su vida se llena. Acoger a Iria y a Alba, es como una gallina encubando huevitos. Se siente muy plena y me gusta.
Me gusta esa ese ese calor humano y esa familia sin serlo. Soy de las que mantengo que no digo que la familia no sea importante, pero para mí amigos… tengo un montón de amigos. Soy una persona que colecciona muchos amigos, hago el esfuerzo. Te pasa algo en la vida malo y estás acompañada. Te pasa algo bueno y estás también acompañada. Los buenos amigos se ven más en los buenos momentos, son los que se alegran por ti.
P: Hablando de Sinda, es el personaje que aporta la comedia dentro de la trama. ¿Cómo tratas ese género?
R: Nunca meto comedia. Cuando hicieron la obra de teatro de Deja un mensaje después de la señal, una novela intimista para nada novela negra, era cuatro mujeres que hablaban con el contestador a las que le estaban pasando cosas terribles. Veía que la gente se moría de la risa y a los dos minutos lloraban.
A mí lo que me pasa es que no sé afrontar la vida sin humor. Me enamoran las personas inteligentes y eso quiere decir que tienen el sentido del humor. No soy capaz de afrontar una desgracia sin un chiste. Me resulta imposible. Y eso me gusta trasladarlo a las novelas. Por eso lo de la Gestapo no es buscado.
La Gestapo tiene un sentido del humor brutal, sirve como respiro después de escenas terribles, pero también es una cosa que siempre digo: es más fácil hacer llorar que hacer reír. Eres capaz de recordar 1000 libros que te han hecho llorar y te va a costar mucho enumerar cinco que te hayan hecho reír.
Con las pelis es más normal, porque es más fácil caer en el chiste fácil, pero con libros es mucho más difícil. Supone apelar al sentido tragicómico de la vida. Hay que enlazar el sentido del humor con la parte más negativa de la vida y darle la vuelta, y eso es complicado.
P: ¿Crees que la novela negra puede tener una función crítica y social?
R: Siempre estamos diciendo que la novela negra es la que mejor refleja el tiempo y destacamos su crítica social. Creo que todas esas cosas las decimos para justificar que somos un género que vendemos un montón y parece que cuando algo es comercial ha perdido calidad y es una tontería. Parece que lo damos como para reivindicar el género.
La literatura muestra la vida. Madame Bovary muestra la vida, no es una novela negra y es un reflejo social de finales del XIX brutal. Entonces, ¿por qué siempre insistimos en esto de la novela negra? Primero porque nos enseña la parte más oscura.
Es verdad que en todas las novelas nos están mostrando a gente cortando la cabeza a alguien, pero va más allá de eso, yo creo que nos reconcilia con nuestra propia normalidad. Decimos: yo esto no lo hubiera hecho. Sin embargo, a mí me gusta dar una vuelta de tuerca porque cuando llegas al final de mi novela igual eso no lo hubieras hecho, pero entiendes que lo hayan hecho.
El crimen no se justifica. Para mí en la novela negra el misterio nunca está en el quién, sino en el porqué y en qué hubiera hecho yo. En quedarte colgado en ese pensamiento de verte con el puñal en la mano habiendo pasado por lo que ha pasado el protagonista. Me interesa mucho lo que pasa alrededor del crimen, cómo se comporta todo el mundo.
Para mí es una novela negra que toque la lotería en un pueblo pequeño y se hayan vendido más rifas. Lo que pasa al día siguiente y cómo empieza a comportarse todo el mundo. Ahí sale la verdadera naturaleza de cómo somos todos, de aquel que era majísimo y de repente quiere sus 30 000 pavos y le da igual que vayas a la cárcel.
Esa forma en la que todo el mundo se baja la careta cuando el mundo está ya por los aires. Por eso son tan chulas las distopias. Por eso nos gustan tanto: ponen a la gente en el extremo de sus fuerzas. Entonces, tú de repente estás en La carretera de Cormac McCarthy y sabes que vas a matar para conseguir un trozo de carne para tu hijo. Eso no te va a pasar en cualquier otro tipo de de novela. Y esa es es la parte que tiene la novela negra que no tienen las demás.
Ahora, en cuanto al reflejo de la sociedad, si tú cumples tu misión como escritor y eres honesto con lo que escribes, lo que ves a tu alrededor y lo cuentas con el mejor oficio posible, creo que es intrínseco a todos los géneros. En la novela romántica, por ejemplo, nos muestra cómo nos relacionamos ahora. No se relacionan igual las parejas en una novela de Elizabeth Benavent que en una de Jane Austen. El tema es el mismo, pero la sociedad y la forma de relacionarse está en el tiempo que estás dibujando como escritor.
En la mente de Arantza Portabales
P: ¿Cuáles son tus principales influencias en escritura y en específico en esta novela?
R: Fui muy lectora de novela negra de joven. Leí todo de Agatha Christie. De hecho, siempre pongo una cita suya. Realmente para mí supuso el paso a la novela, pasé de Los Cinco a Agatha Christie.
A mí Agatha Christie me recuerda a lo que yo busco en un libro, la sensación de «Dios mío, que no me muevan de aquí, que separe el mundo, que no quiero salir de este libro». Pero más allá de eso, leo novela negra pero no mucha. Me gusta mucho más la narrativa contemporánea, el relato corto y los norteamericanos. En estos momentos estoy loca con Joyce Carol Oates. Leí el otro día Agua Negra y leí Stoner, el clásico de John Williams.
Sigo mucho a a las nuevas generaciones, sobre todo las las gallegas que vienen fuertes como Lucía Solla o Nerea Pallares. En novela negra me gusta mucho Elizabeth George. Si te gusta la novela negra es espectacular, el desarrollo psicológico de los detectives y la relación entre ellos es brutal. Recuerdo lo que sentí cuando leí a Stieg Larsson por primera vez, dije he vuelto a engancharme a un libro a lo loco.
Y luego me gustan todos los clásicos. Me encanta Lemaitre por esa capacidad que tiene para llevarte por aquí, darle la vuelta, que el malo sea el bueno, que el bueno sea el malo, que el malo vuelva a ser el bueno, que el bueno vuelva a ser el malo. De repente dices: «A ver si en la vida no hay buenos y malos».
P: ¿Qué pueden esperar los fans de Los crímenes de Loeiro en las siguientes entregas?
R: Solo una frase: en mi cabeza ya está muriendo gente en Loeiro. Y la verdad, no de forma muy agradable. Y en mi ordenador un poquito también. Tengo poco escrito, pero mucho pensado.


