La escritora catalana vuelve con Vaciar la casa, una novela que explora la memoria familiar a través de todos los objetos que sobreviven al paso del tiempo
La escritora Care Santos (Mataró, 1970) publica en septiembre junto a la editorial Destino Vaciar la casa, un libro en el que desempolva los recuerdos de los sesenta años de su casa familiar mientras atraviesa un proceso de duelo. Este vaciado de todos los objetos de la vivienda, lejos de reducirse a una tarea física, también incluye un recorrido emocional por objetos, recuerdos, emociones que forman parte de toda su vida.
Dos libros atípicos
Durante su trayectoria, Santos ha destacado en la literatura juvenil e infantil, aunque su obra también se compone de narrativa para adultos. Galardonada con el Premio Nadal en 2017 por Media vida, además de otros reconocimientos, su escritura siempre destaca por la forma en la que explora los vínculos y aborda temas particulares que, de una manera u otra, siempre adquieren una dimensión universal.
Con Vaciar la casa, Care Santos sigue la estela de El amor que pasa (2025), dos libros que, aunque hayan sido publicados en distintos años, comenzaron a fraguarse en fechas similares a raíz del mismo acontecimiento: el vaciado de su hogar familiar y el posterior descubrimiento de aquellos objetos que sobreviven al paso del tiempo, incluso al paso de sus dueños. Ambas obras ocupan un lugar atípico dentro de su bibliografía, tomando su historia personal para construir dos relatos en los que predomina la memoria, los recuerdos y los vínculos familiares.
Artículos que pasaron a ser un libro
Pregunta: En la nota de la autora escribe que el libro comenzó con pequeños artículos que escribía mientras comenzaba el proceso de vaciar la casa familiar, ¿cómo llegó a convertirse en un libro?
Respuesta: Realmente, los artículos eran piezas independientes, pero que tenían un hilo muy claro y que surgieron en un cuaderno donde yo iba apuntando lo que necesitaba escribir. Fue un proyecto que empezó sin querer ser un proyecto, yo no estaba escribiendo para un lector, ni para entregar el original a un editor, sino que estaba escribiendo para mí.
Una amiga que tiene un magazine me propuso un artículo sobre el tema y yo ya tenía mucho escrito. Entonces, le hice un primer artículo que es el de la mantequillera, que está al principio, y cuando lo leyó me dijo: “Me gusta mucho, ¿por qué no lo conviertes en una sección?”. Y claro, la sección en realidad ya estaba prácticamente hecha porque yo llevaba muchísimo escrito y ya tenía más de un cuaderno completo de textos que iban surgiendo al hilo del vaciado de la casa familiar. Después, la que es mi editora desde hace muchos años, leyó los artículos y me propuso hacer un libro.
Al final, es un libro que se ha hecho un poco solo, y en el que yo estaba escribiendo solo para mí. Luego, se enamoraron de los textos dos personas que eran clave y ha acabado convertido en un libro. No nació con esa intención y me encanta que sea así, porque es como si no fuera un libro de escritora profesional, sino de alguien que necesitaba contar una serie de cosas, como cuando era adolescente y empecé a escribir porque necesitaba decir cosas que nadie escuchaba.
Segmentado por habitaciones
P: La estructura del libro se divide por cada estancia de la vivienda, como la escalera, el despacho, armarios, etc.… ¿Cómo planteó esta estructura para contar la historia?
R: Una vez que mi editora, Gloria, me propuso convertir los artículos en un libro me planteé qué forma podría tener. No quería limitarme a amontonar los artículos y ya. Yo soy novelista, quería darle un sentido más narrativo y decidí estructurarlo según la forma de la casa. La casa donde yo crecí era bastante curiosa y peculiar porque era una casa con consultorio ya que mi padre era médico. Era como esos pisos de antes, en los que los médicos tenían la consulta en casa. La primera parte era el consultorio de mi padre con todas sus dependencias y detrás de una puerta que separaba, estaba nuestra vivienda.
Decidí estructurarlo como si en el libro hubiera una visita, como si se invitase a entrar a cualquiera que se acerque al libro. Empecé por la calle, después por la portería, por el ascensor y ya el portal de casa y a partir de ahí la parte pública, que era la consulta. Luego comienza la parte privada, que era el pasillo y todas las habitaciones y todo lo que cuento hasta el balcón, hasta salir a la calle otra vez. Y eso sí que fue ya una estructura que decidí cuando supe que se iba a convertir en un libro. También decidí que no podía tener solo el material que se había publicado en el magazine online, sino que iba a tener más y añadí aproximadamente un 40 % más.
Un libro muy familiar
P: Es un libro muy familiar, al igual que El amor que pasa, ¿lo ha sentido como un homenaje familiar?
R: Totalmente. Para mí estos dos libros forman una especie de díptico. Creo que tienen mucho que ver tanto con mi propia memoria, como con las historias familiares. Esta es en realidad la mía, pero sé que afecta y toca a mucha gente. Sé que hay mucha gente que se siente identificada con lo que cuento, porque el proceso de vaciar un piso es muy personal, ya que es el lugar donde has crecido y es donde tu familia ha vivido durante años. Muchas personas han pasado por ahí y pasarán. Pasa siempre con la literatura: tú hablas de lo tuyo, pero en realidad nunca hablas solo de lo tuyo.
Ocurre mucho en estos dos libros, porque los temas de los que trato son absolutamente universales y es una arqueología emocional que le puede afectar a cualquiera. Es un homenaje a mi familia y a la memoria de todas las familias.
Además, se da la circunstancia de que soy la pequeña. Creo que los pequeños de las familias se han perdido una parte de la memoria, pero también tienen una visión en perspectiva de lo que han sido las cosas, que tal vez los hermanos mayores o los primeros en marcharse no la tienen. En cambio, los pequeños son los que se quedan ahí, un poco como se llama en cine de terror americano a la chica que se queda al final, The Final Girl, en esas películas de serie B. Suelen ser películas de masacres, pero a mí me viene bien el símil.
Yo me siento un poco como la Final Girl, la que se queda al final y sobrevive a todos para contar la historia, así me siento
Los objetos familiares
P: A pesar de que no aparezca tu familia explícitamente interactuando con el lector, uno se puede hacer una idea de sus personalidades por lo que cuenta de ellos. ¿Cambió la imagen que tenía de ellos al redescubrir objetos en la casa?
R: Realmente no ha sido verlos de otra forma porque no he descubierto grandes secretos. Encontré las cartas de mi padre en las que basé mi anterior novela, que claro, no había leído y no conocía en detalle, pero sí sabía que existían y sabía que las iba a encontrar en algún momento. Lo deseaba mucho y efectivamente, las encontré porque mi madre las dejó para mí, fue un gran regalo. También hay pequeñas sorpresas, por ejemplo, preguntarse qué hacen un par de banderillas de toros en el armario de los bolsos de mi madre. Pero yo creo que eso nos pasaría a todos si nos pusiéramos a buscar en la casa de los padres, íbamos a encontrar cada cosa…
Cuando te ves en esa tesitura de tener que hacerte cargo de la memoria, de los recuerdos, de los cachivaches y de cada pequeña cosa que hay en el piso y decidir el destino de cada cosa, te das cuenta de que la vida es cíclica. Lo digo en algún momento del libro, que eso mismo lo van a tener que hacer tus hijos. Todo eso te sitúa en otra posición anterior, cuando todo parecía durable y sentías que nada iba a cambiar y en realidad esa es la gran diferencia.
Los supervivientes del paso del tiempo
P: Durante el libro podemos ver tanto en los objetos como en aquellos desgastes gran parte de lo que fueron sus dueños. ¿Dicen mucho de sus dueños?
R: Los objetos son uno de mis grandes temas literarios, me encanta la historia de las cosas. He escrito mucho sobre eso, cómo no iba a escribir un libro sobre la historia de mis cosas si he escrito sobre las cosas de todo el mundo. Siempre me ha gustado pensar que, si ahora nos dejaran en un piso lleno de cosas, pero sin nadie dentro, sacaríamos algunas conclusiones. Llegaríamos más o menos a hacernos un retrato robot de quién o quiénes vivieron allí a través de las cosas que poseyeron. Es mi memoria y es un libro muy especial para mí, pero el tema es un tema que forma parte de mi ADN literario.
Los objetos que dejamos atrás
P: Cuando comenzó este libro pensaba que se iba a aferrar con más fuerza a los objetos, que le iba a costar desprenderse de ellos. ¿Cómo fue el proceso?
R: Yo creo que hay dos tipos de personas: las que tiran y las que guardan todo. Y yo, está claro después de este libro, soy de tirar. Además, mientras vaciaba el piso, como había tanto que tirar, me dio una especie de obsesión y cuando llegaba a mi casa seguía tirando mis propias cosas. Todo ello pensando en que mis hijos no tuvieran que hacer esto, hasta que me di cuenta de que es inevitable, mis hijos van a hacer esto como lo hemos hecho todos.
Por mucho que tire, siempre va a haber muchísimo que van a tener que tirar y no se lo voy a poder evitar, es algo que todo el mundo hará. Tomas grandes decisiones cuando decides que vas a tirar algo, ya que cuando estás vaciando un piso familiar, donde cada mínima cosa tiene un significado emocional grande, pasas por todas las etapas.
Pasé por la etapa de querer quedarme todo. Esa etapa es loquísima porque no te lo puedes quedar todo. Luego por la otra, la de querer tirar todo. A partir de ahí tienes que buscar tu equilibrio y tal vez el libro también pueda leerse así, como una especie de búsqueda del equilibrio que todo el mundo va a tener que encontrar porque es evidente que todo lo que hay en un piso de 350 m² en el que se han vivido 60 años no te lo puedes quedar.
El almacén de la memoria
P: También hay varios momentos en los que se pone en la piel de su madre intentando predecir qué diría después de ver lo que está haciendo con sus cosas. ¿Era un pensamiento muy recurrente?
R: Sí, porque además mi madre se pasó la vida diciendo que necesitábamos comprar una casa más grande porque íbamos a heredar muchas cosas, la carga sobre sus hijos es tremenda. A mí no se me ocurriría decirle nunca nada parecido a mis hijos. Además, mis hijos son de la generación que van a tener que compartir casa, es que es tremendo. Pues bueno, que cada cual haga lo que le parezca una vez y el otro se muera, ¿no? Pero claro, era inevitable imaginarme a mi madre dando órdenes o muy cabreada porque habíamos tirado sus cosas y sí, me la imaginaba constantemente.
Un cambio generacional
P: En el libro refleja un cambio de vida generacional, como la figura del portero que ahora es un oficio prácticamente extinguido. ¿Ha notado estos cambios?
R: Mi memoria inevitablemente incluye una serie de cosas que ya se ven como algo muy de otro tiempo, como el portero. A mí también me sorprendió cuando mis hijos leyeron el libro y preguntaban por ese portero, porque además la portería desapareció de tal manera que no quedó ni rastro. Se tapó completamente y ahí había una pared y mis hijos decían: “Pero ¿qué dices? ¿Dónde estaba?”. El portero, la portería y que ahí estuviera ese señor saludando a todo el que entraba, para mí también es muy de otro tiempo.
También me pasa con esa visión de mi padre en pijama con la bata de médico encima y las pantuflas atendiendo a quienes llamaban por la noche. Antes, las casas de los médicos y la consulta no estaban en el mismo sitio, pero durante mi niñez era lo más normal que te despertara el timbre por la noche con urgencia y mi padre se levantase dormido para ir a atender a una madre con un niño a 40 grados de fiebre. Mi padre era pediatra y durante mucho tiempo esas urgencias las atendía. Y también es algo que ahora suena a algo muy pasado, pero creo que es algo inevitable.
La memoria va incluyendo cosas que ya no son normales para las generaciones que vienen a continuación, pero esa también es la razón de ser de la literatura, se escribe para retener ese tipo de cosas.
El final del proceso
P: Este proceso ha sido de alguna manera un duelo. Vaciar la casa es también aceptar que esa vida no volverá. Habiendo pasado por todo el proceso, ¿cómo se siente ahora?
R: Mejor de lo que pensaba. Seguramente porque de alguna forma la escritura fue una forma también de retener y de ordenar. Escribir siempre es ordenar, ordenar las emociones, los pensamientos y los recuerdos. Yo no solo quería retener los objetos materiales, que realmente fueron pocos, sino que quería quedarme con los recuerdos, lo vivido allí y eso lo hice por escrito. Eso lo he hecho siempre, desde que tengo uso de razón, y yo creo que eso siempre me ha salvado y también en este caso me ha salvado de la nostalgia.
P: Y ahora que ya no le une nada con el piso, ¿ha pasado por la zona para descubrir quién vive entre esas paredes?
R: Además de que está en todo el centro de Mataró, que es donde yo vivo, paso muy a menudo. Suelo comprar mis libros en una librería que está justo enfrente, o sea que voy muy a menudo. No he tenido la tentación de subir, llamar al timbre y presentarme y creo que no debo, porque sería un poco impertinente, creo yo. Pero claro, siempre miro para arriba y veo lo que hay. No he visto los pisos nuevos, pero para mí, lo que veo desde fuera me remite a una memoria que ya solo existe en mi cabeza.


