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José Eduardo Agualusa: «Incluso los sistemas de opresión aparentemente más sólidos pueden derrumbarse»

El autor viaja a las realidades más escondidas de África Austral

Las mujeres de mi padre rescata el legado cultural e histórico de Angola con un road trip hacia la memoria y el reencuentro con el pasado.

A través de la infinidad de testimonios de sus innumerables protagonistas, la novela se convierte en un rio de conciencia, en un testigo de las historias ocultas de represión, pobreza y olvido que pertenecen a la identidad de un país.

«Fueron los portugueses quienes llevaron el Carnaval a Angola, junto con el idioma, Jesucristo y el bacalao […] Los portugueses también trajeron la sífilis, la tuberculosis, la tungiasis e incluso al diablo. Quemaron brujas en los autos de fe, dando lugar a una tradición que continúa hasta nuestros días. Establecieron el comercio de esclavos y, con él, iniciaron una serie de tradiciones muy respetadas. Tradición. Solo la palabra me pone los pelos de punta» – Las mujeres de mi padre

La novela posee como eje central la curiosidad de Laurentina tras conocer que sus padres no son biológicos y que es en realidad es hija del legendario cantante angoleño Faustino Manso.

Junto con su pareja Mandume, apodado como «el negro más blanco de Portugal» tras renegar de su ascendencia africana, decide seguir la pista de las siete viudas y dieciocho hijos de Manso.

Inicia así un recorrido a lo largo de todas las aristas de Angola, que engloba desde la herencia colonial, la diversidad cultural, la Historia de reciente o la persistencia en la marginalidad y explotación de mujeres y niños.

En conversación con José Eduardo Agualusa

Ganador del Independence Foreign Fiction Prize, José López Agualusa ofrece un tupido tapiz en el que él mismo participa como creador de la novela, resultando en una obra coral hipnótica.

Desde El Generacional hemos hablado con el autor sobre la posibilidad de la reconciliación entre el país colonizador y el colonizado, la situación de la mujer en África Austral y las principales influencias de su emblemático elenco de personajes.

Entre lo real y lo ficticio

P: Tu novela se mueve entre la ficción y la realidad. ¿Cómo surgió esa elección estilística y qué pretendías conseguir con ella?

R: Siempre me ha fascinado la frontera, bastante imprecisa y siempre artificial, entre la ficción y la realidad. Vivimos inmersos en ficciones. Inventamos historias sobre nosotros mismos, sobre nuestras familias, sobre nuestros países. Lo que llamamos identidad es, en gran medida, una larga construcción narrativa.

En Las mujeres de mi padre quise jugar con esa ambigüedad. La novela cuenta una historia, pero también cuenta la historia de la construcción de esa historia —y ambas son, o tal vez sean, pura ficción—.

O tal vez ambas contengan la misma dosis de realidad. El lector acompaña a los personajes y, al mismo tiempo, se le invita a echar un vistazo entre bastidores a la creación literaria.

Las mujeres de mi padre, de José Eduardo Agualusa | Fuente: Nota al margen
Las mujeres de mi padre, de José Eduardo Agualusa | Fuente: Nota al margen

Me interesa especialmente la capacidad que tiene la ficción para revelar verdades que la realidad tiende a ocultar. Una buena novela no tiene por qué contar lo que realmente ocurrió. Puede contar lo que nunca ocurrió y, aun así, ayudarnos a comprender mejor el mundo. Lo que llamamos «mundo real», sea real o no.

El detrás de Las mujeres de mi padre

P: Las mujeres de mi padre pone de manifiesto la enorme diversidad cultural, lingüística y regional de Angola. ¿Cómo llevaste a cabo la investigación?

R: Angola es un país extraordinariamente diverso, y esa diversidad es una de sus mayores riquezas. Por desgracia, también es una riqueza que muchos angoleños desconocen. Hay personas que viven toda su vida en Luanda sin conocer el resto del país. Siempre me ha gustado viajar, hablar con desconocidos, escuchar historias.

Me interesa sobre todo aquello que no aparece en los libros de Historia: las pequeñas historias, los episodios aparentemente insignificantes, los recuerdos familiares, las creencias y los sueños de la gente corriente. Para escribir esta novela, me valí de esa curiosidad y del contacto con diferentes paisajes y comunidades del África Austral. Pero nunca pretendí escribir un estudio antropológico.

P: ¿Qué aspectos tuviste en cuenta para construir un retrato realista, pero también crítico, de tu país?

Escribí una novela, y una novela tiene derecho a inventar, exagerar, contradecir y sorprender. También quería rebatir una idea muy extendida, según la cual los países africanos serían sociedades culturalmente homogéneas, definidas sobre todo por su relación con las antiguas potencias coloniales.

La historia de Angola es mucho más antigua, más compleja y más interesante que eso. Siempre hemos sido un territorio de encuentros, de migraciones, de conflictos y de innumerables mestizajes.

Basta con recordar, por ejemplo, que Portugal desterró a Angola a judíos y gitanos (simplemente por ser judíos y gitanos); o que, para combatir a los holandeses cuando estos tomaron Luanda, partió de Río de Janeiro una flota con soldados indígenas brasileños y soldados negros. Hoy en día hay en Angola familias con un lejano origen tupí, gitano o judío.

Sobre la construcción de Las mujeres de mi padre

P: Al principio de Las mujeres de mi padre explicas que tus personajes cobran vida cuando sueñas con ellos. ¿Qué te inspiró para crear la historia de Laurentina y su viaje en busca del pasado de su padre biológico, Faustino Manso?

R: Muchas de mis historias comienzan con sueños. A veces sueño con un personaje, me despierto y me queda la impresión de haber conocido a alguien. Otras veces es una imagen, una frase o una situación absurda que me acompaña durante años, hasta que encuentro una historia en la que pueda cobrar vida.

Siempre me ha interesado la idea de que nos habitan personas que nunca hemos conocido, lugares en los que nunca hemos estado e incluso recuerdos que no nos pertenecen.

Laurentina parte en busca de su padre, pero acaba descubriendo que también se está buscando a sí misma. Quiere comprender de dónde viene, quién es, a qué mundo pertenece. Y va dándose cuenta de que la identidad no es una herencia inmutable. Es algo que construimos a lo largo de la vida.

Por otro lado, me interesaba mucho la figura de Faustino Manso, un músico cuya vida se reconstruye a través de los recuerdos de las mujeres que lo conocieron y lo amaron. Cada una recuerda a un hombre diferente. Al final, quizá haya tantos Faustinos Mansos como personas que convivieron con él. Es una cuestión que me intriga: ¿cuántas personas diferentes somos nosotros en la memoria de los demás?

El valor de los personajes

P: ¿Cuáles fueron los mayores retos a la hora de crear un conjunto tan rico y diverso de personajes?

R: El mayor reto fue conseguir que cada personaje tuviera una voz propia, una forma particular de ver el mundo. No me gustan los personajes que solo existen para ilustrar una idea del autor. Me gusta que me sorprendan, que me lleven la contraria, que digan cosas con las que no estoy de acuerdo. Cuando eso ocurre, siento que el personaje ha cobrado vida. Los buenos personajes son aquellos que se alejan del molde.

También estaba el reto de mantener el ritmo del viaje, permitiendo al mismo tiempo que se desarrollaran las diferentes historias. Muchas veces pensé en la novela como una composición musical, quizá una pieza de jazz, con diferentes instrumentos, diferentes voces, improvisaciones y encuentros inesperados. Y quería, por encima de todo, que el lector se divirtiera.

No veo razón para que una novela que aborda temas serios tenga que ser una novela solemne. La vida es demasiado absurda como para que la literatura renuncie al humor.

P: Los personajes viven Angola desde perspectivas muy diferentes. Laurentina intenta comprender sus raíces, mientras que Mandume rechaza su herencia africana. ¿Qué pretendías transmitir a través de estos puntos de vista tan distintos?

R: Quería cuestionar la propia idea de una identidad fija, pura y definitiva. Mandume me interesa especialmente porque rechaza aquello que los demás consideran que debería definirlo. Rechaza una herencia que no ha elegido. No podemos dejarnos atrapar por nuestra ascendencia. Al mismo tiempo, Laurentina descubre que conocer el pasado puede ser una forma de alcanzar la libertad.

Parece haber una contradicción entre ambos, pero creo que los dos buscan lo mismo: el derecho a definirse a sí mismos. Desconfío mucho de las identidades que se convierten en fortalezas. Una identidad debería ser una puerta abierta, no una prisión.

Una mirada crítica hacia Angola

P: La novela explora el impacto del apartheid y su legado en África Austral. ¿Hasta qué punto crees que sus consecuencias siguen siendo visibles, sobre todo en las desigualdades raciales, la segregación social y las oportunidades económicas?

R: El apartheid terminó como sistema político, pero sus consecuencias económicas y sociales siguen muy presentes. Basta con recorrer algunas ciudades sudafricanas para darse cuenta de ello. Basta con pensar en las recientes manifestaciones contra los africanos.

La geografía urbana sigue reflejando, en gran medida, las antiguas divisiones raciales. Lo mismo ocurre con la distribución de la riqueza, el acceso a la educación y las oportunidades económicas. La libertad política es indispensable, pero no genera automáticamente justicia social.

Al mismo tiempo, me parece importante reconocer la extraordinaria transformación que ha experimentado Sudáfrica. El fin del apartheid fue una de las grandes victorias morales del siglo XX. Demostró que incluso los sistemas de opresión aparentemente más sólidos pueden derrumbarse.

Lo que me preocupa es la persistencia de desigualdades tan profundas, porque la pobreza y la frustración pueden alimentar nuevas formas de resentimiento, violencia y exclusión. El gran reto no es solo superar el pasado. Es impedir que el pasado siga determinando el futuro.

Perspectivas modernas hacia Angola

P: En un fragmento de Las mujeres de mi padre describes todo el espectro del legado que ha recibido Angola por parte de los portugueses. ¿Consideras posible una verdadera reconciliación entre Angola y Portugal en el siglo XXI? 

R: Creo que la reconciliación no solo es posible, sino que, en gran medida, ya se ha producido en la vida cotidiana de las personas. Los angoleños y los portugueses comparten una lengua, lazos familiares, referencias culturales y una historia larga y complicada.

Esa historia incluye episodios de violencia extrema, explotación e injusticia, pero también encuentros, intercambios y formas inesperadas de creación cultural. No podemos borrar ninguna de esas dimensiones.

Lo que rechazo es el intento de justificar el colonialismo con el argumento de que también generó intercambios culturales. Esos intercambios tuvieron lugar en el seno de un sistema de dominación. Pero rechazo igualmente la idea de que toda nuestra historia común pueda reducirse a la violencia colonial.

P: ¿Qué papel deben desempeñar la memoria, el reconocimiento histórico y la responsabilidad?

La reconciliación exige honestidad. Exige el reconocimiento de los crímenes históricos, sin convertir a los descendientes de los responsables en culpables hereditarios. La memoria debe ayudarnos a comprender el pasado, no a vivir eternamente prisioneros de él. En cuanto a las tradiciones, siempre he desconfiado un poco de esa palabra.

El papel de la mujer

P: La novela muestra cómo las mujeres de las sociedades del sur de África están especialmente expuestas a la pobreza y a la explotación sexual. ¿Cuáles son, en tu opinión, los principales factores estructurales de esa vulnerabilidad? 

R: Creo que el problema fundamental es la persistencia de estructuras profundamente patriarcales, agravadas por la pobreza y la falta de acceso a la educación y a la independencia económica.

En muchas sociedades, las mujeres siguen asumiendo la mayor parte de las responsabilidades familiares, incluida la educación de los hijos y el cuidado de los mayores, sin disponer de los mismos recursos, derechos u oportunidades que los hombres. Pero también me parece importante no presentar a las mujeres africanas únicamente como víctimas.

P: ¿Y cómo se podría cambiar esta realidad?

R: A lo largo de mi vida he conocido a mujeres extraordinarias, capaces de mantener a familias enteras y de mantener vivas comunidades en circunstancias extremadamente difíciles. Algunas de las personas más fuertes y más libres que he conocido son mujeres. La educación es fundamental, pero no basta. Es indispensable garantizar a las mujeres la independencia económica, la protección jurídica y el acceso efectivo a la justicia.

Una mujer que depende por completo de su marido para sobrevivir tiene muchas menos posibilidades de escapar de una relación violenta. Y los hombres también tienen que cambiar. No habrá una verdadera transformación mientras sigamos educando a los niños para el ejercicio del poder y a las niñas para la obediencia.

Reflexiones después de la lectura

P: ¿Qué esperas que los lectores saquen en claro de Las mujeres de mi padre?

R: Ante todo, espero que los lectores se diviertan. No escribo novelas para dar lecciones. Escribo porque siento curiosidad por las personas, porque me gusta contar historias y porque la realidad, por muy extraordinaria que sea, siempre me parece un poco incompleta.

Me gustaría, naturalmente, que la novela llevara a los lectores a cuestionar algunas certezas, sobre todo en lo que respecta a la identidad, la familia y el sentimiento de pertenencia.

Para quienes conocen poco Angola o África Austral, espero que el libro les revele un mundo mucho más diverso, sorprendente y complejo que el que suele aparecer en las noticias. África Austral no es solo un espacio marcado por el colonialismo, la guerra, la pobreza y las desigualdades. Es también un espacio de enorme vitalidad cultural, de alegría, de humor y de inventiva.

P: ¿Y qué te gustaría que los lectores angoleños empezaran a ver de otra manera después de leerla?

En cuanto a los lectores angoleños, me gustaría que reconocieran lugares, personajes y experiencias familiares, pero que también descubrieran algo que no sabían sobre su propio país.

Me gustaría, sobre todo, que vieran Angola no como una historia concluida, sino como un país que sigue siendo imaginado. En el fondo, eso es lo que todos hacemos a lo largo de la vida: vamos reinventando nuestra propia identidad.

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