Cómo el vestuario se convirtió en argumento y la moda aprendió a contar historias
Hablar de moda y de la industria audiovisual por separado sería dividir dos realidades que conforman una de las relaciones más estrechas de la cultura moderna. La pantalla ha sido a lo largo de su historia un escaparate perfecto para la alta costura, creando las tendencias más aclamadas de la moda contemporánea y sentando las bases de una auténtica revolución de estilo.
Las primeras colaboraciones y el nacimiento del símbolo
El primer momento revelador llegó con el icónico vestido de Audrey Hepburn en Desayuno con Diamantes (1961). Según The Conversation, fueron los años 80 y la llegada de Armani cuando se definió un cambio en la relación entre cine y alta costura. Gracias a Hepburn, el popular “little black dress” de Coco Chanel se convirtió en un símbolo sin precedentes y disparó sus ventas. Los trajes de Armani se convirtieron en un sello de identidad, que actualmente se mantiene intacto, apareciendo en grandes producciones de Hollywood como El Guardaespaldas o El Lobo de Wall Street.
Estas primeras apariciones muestran cómo una prenda puede aportar a la narración definiendo a un personaje; pero también cómo un personaje y una historia pueden atribuir significado a una prenda. El cine y la moda eran entonces indicadores de una sociedad cambiante, más inclinada hacia la creatividad y cada vez más determinada por el estilo. En los años noventa, esta idea se reforzaba con el éxito de los looks de Julia Roberts en Pretty Woman.
Inspiración en la pasarela: Paco Rabanne
En el año 1964, Paco Rabanne se presentaba al mundo con una primera colección: Twelve Experimental Dresses (Doce Vestidos Experimentales). Sus controversiales diseños provocaron un auténtico escándalo en el mundo de la moda, dando paso a una reinterpretación de los materiales y las estructuras. El movimiento de la «Edad Espacial» había nacido y con él una fuerte inspiración para el vestuario del cine de ciencia ficción.
En 1968, el imaginario de Rabanne y la moda espacial encontrarían su hueco definitivo en la gran pantalla con Barbarella. El vestuario de la película fue diseñado por Jacques Fonteray y fabricado por Farani, indicado en los créditos del filme, «inspirado en las ideas de diseñador de moda Paco Rabanne». Este es uno de los casos en el que la pasarela influye a la gran pantalla, invirtiendo la relación y confirmando su reciprocidad.
Patricia Field y la revolución del siglo XXI
Sin embargo, la revolución de estilo que ha marcado un antes y un después en las tendencias contemporáneas ocurrió en los 2000 y tiene un nombre: Patricia Field. La legendaria diseñadora de vestuario redefinió la manera en la que los personajes se expresan a través de la moda, en algunas de las producciones más icónicas e influyentes en la convergencia entre vestimenta y pantalla.
En 2006, Anne Hathaway y Meryl Streep demostraban en El Diablo viste de Prada cómo la moda no es un mero accesorio, sino un instrumento de poder y transformación. El Vogue College of Fashion describe la película como un claro símbolo de ambición, narrando la transición de mero observador a parte del espectáculo. Sin embargo, es también un claro retrato de las exigencias del sector de la moda, la fugacidad de las tendencias, las altas aspiraciones y el elitismo de la industria.
Durante esos años, el impacto de Sexo en Nueva York también transformó las pantallas en escaparates para Manolo Blahnik, Chanel, Prada, Dolce & Gabbana o Gucci. La serie enriquecía de nuevo las prendas y su significado. Carrie, Charlotte, Miranda y Samantha demostraban que la ropa no solo cuenta quiénes somos, sino cómo queremos ser. “La moda es otro personaje de Sexo en Nueva York. Ayuda a hacerlo real”, aseguraba Cynthia Nixon (Miranda) en una entrevista para la revista People.
Gossip Girl y Emily en Paris: el vestuario como marca personal
En 2012, el propio discípulo de Patricia, Eric Daman, hacía eco de todo lo aprendido volcándose en el vestuario de Gossip Girl. Los memorables looks de sus protagonistas marcaron una época, convirtiendo la serie en un éxito mundial. Los estilismos, las combinaciones y el uso de los accesorios cautivaron a los espectadores, que anhelaban experimentar la vida del Upper East Side. El uso del marketing fue tan efectivo que es imposible separar el personaje de la marca. Es complicado imaginar a Blair sin sus estilismos de Coco Chanel, o a Serena sin el look Kate Moss.
En los últimos años, hemos sido espectadores de este mismo fenómeno con el impacto de Emily en Paris (2020). La serie centra la moda como un poderoso elemento de expresión personal y mejora profesional. Diseñada por Field y Fitoussi, Emily Cooper funciona como una marca, y su vestuario define la imagen que causa en el espectador. Sus atuendos, de marcas como Chanel, Valentino o Balmain, no pasan nunca desapercibidos. No solo es un ejemplo de la moda contemporánea, también lanza una mirada al pasado y rinde homenaje a estilismos icónicos. Algunos de los modelos más llamativos del programa se han inspirado en looks de Audrey Hepburn.
En la actualidad, las marcas de alta costura y la pantalla mantienen una relación igualmente estrecha. Esta alianza entre arte y estrategia de marketing sigue siendo clave en el escenario cultural, influyendo en la actividad de consumo del espectador. En un momento en el que realidad y ficción se mezclan y la tecnología avanza con rapidez, las series y películas continúan siendo el escaparate perfecto para contar historias.


