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‘Espejos nº3’ de Christian Petzold: dos fantasmas en la misma habitación

El director alemán filma la obsesión del recuerdo desde la irremediable mirada del duelo, la propia y la ajena

Cuando la cámara de Christian Petzold se cruza con la mirada de Paula Beer, este es capaz de equipararse con los colosos del antiguo mundo. Como un sentimiento de grandeza que aterriza en el espectador al ver como sus relatos revelan su naturaleza fundiéndose en su propia tensión. En una doble capa que separa la diégesis de los mil mundos internos que yacen en sus personajes. El recuerdo, su espejo y el duelo, siempre encuadrados en una inquietante mirada, eso es su cine.

En Espejos nº3 (2025), su último filme, se conjugan todos los elementos mencionados. Rozando los límites ya conocidos del melodrama con el fin de mostrar una película que, realmente, nunca sucede en pantalla. Eso sí, todo ello ligado por una inverosimilitud, que bien lo pudiera haber firmado Hitchcock, capaz de acrecentar, aún más si cabe, las extrañezas de su propio relato.

Este mero parecido no es ninguna coincidencia, pues el propio autor llega a nombrar Rebecca (1940) como una de las principales referencias de su película. Pero Petzold toma prestado el clasicismo estructural del británico para darle una vuelta a su concepto por medio de la abstracción. No por placer, sino por poder.

La mirada de Paula Beer es seña e identidad del cine de Petzold | Fuente: Schramm Film Koerner
La mirada de Paula Beer es seña e identidad del cine de Petzold | Fuente: Schramm Film Koerner

Los dos fantasmas que yacen en la mirada de Beer

El presente, de aquel que lo sufre, y el pasado, de quien ya no está y solo perciben el poso de su recuerdo los que se quedan. Esta es la sinopsis de todo lo que sucede en los escasos ochenta y seis minutos de Espejos nº3.

Es decir, sucede poco más que la vida pasar. Una vida que dice adiós cuando se cruza con la muerte, pero no para dejar de existir sino de pertenecer. En un primer lugar, de la mano de Laura, incontestable Paula Beer, que se encuentra con el fin en el interminable recorrido de una carretera perdida que había vislumbrado previamente en el reflejo que su rostro hacía en el lago.

Pero esta conclusión viene precedida del encuentro de su mirada con la de una desconocida, como si sus dos caminos eclosionaran. Pocos segundos después sucede la catástrofe a modo de catarsis.

El coche donde la protagonista viaja junto a su novio abandona la carretera. En el accidente, fallece el susodicho. Tras un instante, Betty, el personaje interpretado por Bárbara Auer, socorre a Laura, que parece haber dejado de corresponderse a sí misma desvelando así la personalidad de una tercera.

Los espacios gritan lo que las palabras callan

Partiendo de esta base, la narrativa fantasmagórica surge de la historia atormentada que deja atrás su salvadora. El papel de Petzold aquí pasa por mostrar dicha narrativa en todos aquellos espacios que hacen de cualquier casa un hogar. Es en estos espacios en los que reposa el recuerdo, de Betty, y el impacto, de Laura, donde inexorablemente percibimos la ausencia de la palabra, que solo pienan y nunca dicen.

Dicha apreciación se acentúa aún más por medio de la duda que, aunque llega a ser conocida por el espectador desde bien pronto, es el tronco del relato. La ropa que espera paciente en la silla, el lavavajillas estropeado que no aguanta más chapuzas y el piano desafinado por desuso.

Paula Beer toca el piano en ' Espejos nº3' | Fuente: Schramm Film Koerner
Paula Beer toca el piano en ‘ Espejos nº3’ | Fuente: Schramm Film Koerner

Este último como objeto que constituye una pieza troncal en su celebrada carrera. El piano que tocaba Nina Hoss en el final de Phoenix (2014) ahora es rememorado por Beer, despertando, al igual que hace once años, los recuerdos de sus semejantes en Espejos nº3, que recibe su nombre por una composición del francés Maurice Ravel.

Una vez más, nada se deja al azar en este cuento. Y, si bien ambas acciones evocan el mismo parecer en aquellos que escuchan las notas que emite el instrumento, la intención de quien toca es paradójicamente distinta.

La virtud de lo inverosímil como elemento disuasorio

Como sucedía en El cielo rojo (2023), la cinta más rohmeriana del alemán no solo por su forma sino también por su fondo, el amor en llamas, la base central del filme, nunca se posiciona en el medio.

Siempre se esquiva, se relega a un segundo plano en una huida permanente a ninguna parte, como la incertidumbre de Pauline. La atmósfera inquietante surge por la bola de nieve de dos personajes en continuo conflicto, que siempre ocultan su deber moral ante la posibilidad y tan solo dan pie al asistente a la intuición.

Paula Beer, protagonista de 'Espejos nº3', y Enno Trebs tienen una conversación | Fuente: Schramm Film Koerner
Paula Beer, protagonista de ‘Espejos nº3’, y Enno Trebs tienen una conversación | Fuente: Schramm Film Koerner

Ni hablar de Undine (2020), la más alucinada de las historietas del poeta, donde el propio Petzold exorciza el mito de Berlín por el canto de una sirena que tan solo ansía volver con su buzo hasta volver al agua, su hogar, o lo que ella, la protagonista, la sirena, considera como tal.

Aquí, en Espejos nº3, la narrativa concebida en primera instancia se disipa hasta mutar en un vínculo personal, y no tanto familiar como sucedía antes, que entabla Laura con un personaje que nunca aparece. Se entierran las naturalezas de sus historias al igual que los personajes apilan sus recuerdos en aquel baúl sin llave.

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