La mayor ciudad de Cisjordania no es solo un núcleo urbano, es el ejemplo más crudo y visible del sistema de discriminación institucionalizada por el Estado de Israel
Hebrón (Al-Khalil para los palestinos) es la única ciudad palestina de Cisjordania a la que Israel ha forzado a albergar asentamientos propios directamente en sus entrañas, en su centro histórico. Lo que en cualquier lugar del mundo sería una convivencia urbana, aquí es una maquinaria estatal de opresión, segregación y asfixia económica.
La excusa divina para la ocupación terrenal
El núcleo del conflicto en Hebrón está en sus templos milenarios religiosos. Para el judaísmo es la Tumba de los Patriarcas y para el islam, la Mezquita Ibrahimi.
La Tumba de los Patriarcas es el segundo lugar judío más sagrado después del Monte del Templo en Jerusalén. Según la tradición bíblica, en este recinto están enterrados Abraham, Sara, Isaac, Rebeca, Jacob y Lea.
Por otro lado, para el islam es la Mezquita Ibrahimi, el cuarto sitio más sagrado. La Mezquita honra a Abraham (Ibrahim) como profeta fundamental. Además del valor espiritual, Hebrón ha sido históricamente el principal polo comercial e industrial del sur de Cisjordania.
Sin embargo, este patrimonio histórico no funciona como un espacio de fe compartida. Por el contrario, el Estado israelí lo ha instrumentalizado como la principal justificación para militarizar la ciudad.
Bajo el pretexto de proteger el derecho al rezo de una minoría radicalizada de colonos, Israel ha secuestrado su epicentro espiritual y comercial. De este modo, ha impuesto un régimen de dominación que castiga a la inmensa mayoría de la población palestina.

La historia reciente de Hebrón
La historia de Hebrón es extensa y complicada, pero tanto judíos como musulmanes han estado presentes en la ciudad desde tiempos bíblicos e inmemoriales, especialmente los judíos.
A mitades del siglo XIX, la ciudad era en su gran mayoría musulmana. Habían pequeñas comunidades de judíos quienes recibían una actitud hostil por parte de los musulmanes. Estas comunidades fueron creciendo hasta que en 1929, durante el Mandato británico de palestina, los árabes cometieron una masacre, matando a cerca de 70 judíos. Los heridos y supervivientes de la matanza tuvieron que abandonar Hebrón.
En 1967, después de la Guerra de los 6 días, la cual enfrentó a Israel con una coalición árabe formada por la República Árabe Unida (denominación oficial de Egipto por entonces), Siria, Jordania e Irak, Hebrón pasó a estar bajo el control de Israel. Desde entonces, dado su simbolismo religioso, el gobierno israelí se ha dedicado a construir asentamientos en medio de la ciudad.
Estructura de una ciudad marcada por la segregación religiosa
El Protocolo de Hebrón de 1997 oficializó una discriminación jurídica y espacial, partiendo la ciudad en dos: la zona H1 (bajo administración palestina) y la zona H2, que constituye el 20% de la ciudad y donde Israel impone un control militar absoluto.
En la zona H2 los 35.000 residentes palestinos están sometidos a la ley marcial israelí, mientras que los aproximadamente 800 colonos judíos que se han apropiado de edificios en el centro histórico viven protegidos por la ley civil israelí, es decir, que hay dos leyes distintas para dos pueblos distintos en la misma calle.
La calle que más ha sufrido las consecuencias es la calle Al-Shuhada. En su día en esta calle estaba el mercado más próspero del sur de Cisjordania, pero el ejército israelí soldó las puertas de los comercios palestinos, clausuró los accesos a las viviendas y prohibió el tránsito de vehículos e incluso de peatones palestinos, haciendo de esta transitada vía una calle fantasma.
H1: El lado de los palestinos
Lo que un día fue un barrio con un mercado bullicioso, lleno de actividad y vida, presenta hoy un paisaje muy distinto en el casco antiguo de Hebrón. Estas numerosas calles permanecen prácticamente desiertas y buena parte de los comercios han cerrado. La zona está marcada por una prolongada tensión entre la población palestina y los colonos israelíes, así como por las restricciones de movimiento impuestas por las autoridades israelíes.
En distintos puntos del casco antiguo los propios residentes han instalado estructuras y redes metálicas destinadas a proteger a los residentes y a los transeúntes de objetos arrojados desde edificios situados sobre las calles; organismos humanitarios de Naciones Unidas han documentado, entre otros incidentes, el lanzamiento de basura y excrementos contra las calles y viviendas palestinas. Algunos residentes palestinos también han denunciado episodios de violencia y han afirmado haber sufrido el lanzamiento de objetos, sustancias químicas y hasta el lanzamiento de cócteles molotov.
Los militares israelíes no ponen ningún tipo de impedimento ante tal violencia. Sin embargo, tienen el derecho a detener e incluso disparar a cualquier palestino sospechoso de cometer el más mínimo acto hacia los judíos. Esto hace que muchas de las calles del casco antiguo esten desérticas, con todos los negocios cerrados, ya sea por miedo a la violencia por parte de los judíos o porque las autoridades israelíes las bloquearon por motivos de seguridad.
El resultado es un casco antiguo profundamente condicionado por los controles, los cierres y la separación entre comunidades: algunas calles tienen el acceso restringido, mientras que numerosos establecimientos han permanecido cerrados durante años, ya sea por órdenes militares o por las dificultades para acceder a la zona y mantener la actividad comercial.

H2: El lado judío
Por otro lado, el asentamiento judío es puramente residencial y las calles donde solía haber tiendas se han convertido en calles de tránsito para los militares. En estas calles todavía queda alguna familia árabe pero como protesta por parte de los judíos las puertas de estas viviendas están marcadas con la estrella de David.
La impunidad de este sistema alcanza su punto máximo durante lo que se conoce como «las 10 jornadas». Tras la masacre de 1994 en la que un colono judío, Baruch Goldstein, asesina a 29 palestinos que rezaban pacíficamente en la Mezquita Ibrahimi. Ante tal ataque, la «solución» israelí no fue desarmar a los colonos, sino castigar a las víctimas dividiendo la mezquita.
Durante 10 días al año, coincidiendo con festividades judías como el Pésaj o el Yom Kipur, el ejército israelí ejecuta una expulsión temporal. La Mezquita Ibrahimi se cierra herméticamente a los musulmanes. No solo se les prohíbe la entrada a su propio lugar sagrado, sino que el ejército apaga los altavoces para silenciar la llamada al rezo (el Adhan), en un acto de supremacismo cultural.
Pero la expulsión va mucho más allá del templo. Durante esos días, Israel decreta un cierre total sobre la zona H2 para garantizar que los colonos e israelíes visitantes puedan celebrar sin ver a la otra parte de la población. Las calles se vacían a punta de fusil, los mercados de la Ciudad Vieja son obligados a cerrar, los puestos de control se bloquean, los niños palestinos no pueden ir a sus escuelas y los residentes musulmanes quedan atrapados en sus propias casas.
La situación actual de Hebrón
En la actualidad, la población musulmana en Hebrón y sus alrededores enfrenta un proceso acelerado de desplazamiento forzado debido a la cancelación del Protocolo de Hebrón, decretada por el gobierno israelí en junio de 2026. Esta medida eliminó división de control de la ciudad y transfirió todas las competencias civiles y de planificación a la Administración Civil y Militar israelí, despojando de su autonomía al Municipio de Hebrón.
Como consecuencia, se ha facilitado la expansión de los asentamientos. Esto ha consolidado una anexión de facto que restringe al máximo la presencia de las instituciones palestinas.
Por su parte, el desplazamiento de la población se ejecuta mediante un «entorno coercitivo» denunciado por la ONU en la asamblea general del 25 de octubre del 2023. Este se caracteriza por un aumento drástico en las demoliciones de viviendas e infraestructuras, la violencia de los colonos protegidos por el ejército y las severas restricciones militares a la libertad de movimiento.
Esta presión es especialmente crítica en las colinas del sur de Hebrón, donde la destrucción de aldeas enteras es considerada por organismos de derechos humanos como un crimen de guerra de transferencia forzosa. Además, el acceso de los musulmanes a la Mezquita de Abraham sufre constantes bloqueos y cierres prolongados que limitan gravemente su libertad de culto.


