De dolor a la deriva y Schopenhauer

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Desaferrarnos | Nuria Limpo

Aquellas llamadas que no hice y aquellos cafés que no me tomé jamás

Existe una especie de consenso social bajo la idea de perder a alguien cercano por primera vez. Solo se oiría silencio si animásemos a tirar piedras a aquellos que no han sentido ese golpe de realidad, como si de alguna forma viviésemos desterrados de ese dolor hasta que llega en forma de esquela. Cómo si hasta entonces la etiqueta “toda una vida por delante” nos colgase molesta de la espalda, haciéndonos creer que vamos a llevar siempre ropa de nuestros hermanos, tomar cola cao por las mañanas y hacer figuras de plastilina. La vida parece tener una eternidad guardada para nosotros hasta que nos susurra su gran secreto.

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Mi primera pérdida la sentí con el sonido de la tinta en mi piel. Mi terapeuta me preguntó por qué me tatúe de forma eterna mi propia cruz. En mi muñeca ponía “Sofía” pero en su idioma era la culpa la que había escrito ese mensaje. La culpa por no haber hecho suficiente. La culpa por no haber reído con ella todos los días. Por aquellas llamadas que no hice y aquellos cafés que no me tomé. Y resulta que para esto no existe consenso social: el verdadero dolor no deja cicatriz. El dolor se siente, se patalea, se derrama hacia todos los lados y se rompe, pero siempre vuelve a su sitio. No lleva el lastre de la culpa. Cuando hablamos de sufrimiento la historia es otra.

Sentimos dolor porque estamos vivos, sufrimos porque tenemos expectativas con nuestra forma de vivir.  Porque nos enfadamos con la vida por su sabor amargo, por esa manía que tiene de actuar sin dejar un post it en la nevera dando explicaciones.  Schopenhauer nos diría que estamos buscando a la deriva, porque la persona que somos no nos parece suficiente. Porque las manos que deberían ondear la bandera blanca hemos estado usándolas para ahogarnos el cuello. Porque hacemos de cada obstáculo una guerra relámpago: bombardeando con todo lo que tenemos sin darnos tiempo a defendernos. Arrinconados y expuestos, buscando algo en nosotros que quizás no existirá jamás. Aferrados a conseguir la felicidad de costa en costa.

Creamos nuevos proyectos que superar para obtener un bienestar apenas perceptible. Nuestra modernidad líquida es insaciable, porque la felicidad y el placer que deberían conectarnos con la vida lo que consiguen es hacernos más insensibles a su sabor. La muletilla “éramos felices y no lo sabíamos” nunca había sido tan palpable. La felicidad solo se siente cuando ya no se experimenta. En general no somos conscientes de nuestra salud, juventud y libertad hasta que la enfermedad, la vejez y las fronteras nos quitan el sueño. Y la muerte nos suena extraña hasta que comparte cubierto en nuestra mesa.

Por lo tanto, es el dolor lo permeable. Según Schopenhauer, es el dolor el que nos pesa, nos hace sensibles al mundo en el que vivimos. A las multitudes que se pisan los zapatos un sábado en el mercadillo, a la piel de gallina cuando las olas rozan nuestros pies y a los rayos de sol en la hora de descanso. Porque el techo todavía no se nos ha caído y el Tio Antonio todavía tiene mil chistes malos en pistoletazo para la cena de navidad. Quizás sea un buen consejo, desaferrarnos de aspiraciones inútiles. De cargar en los hombros el peso de una vida feliz entre las cuatro paredes de nuestro marco. De nombres en la piel que nos despierten cada día bajo la culpa de lo que no somos.

«Pelides autem ejulavit, intuitus in coelum latum.

Jovis quidem filius eram Saturnii; verum aerumnam Habebam infinitam.»

(El hijo de Peleo se lamentaba elevando la mirada al cielo…Era hijo de Zeus, de Cronos, y, no obstante, soportaba una aflicción infinita…)

Ilíada, XXI, 272 – Hércules, en Odisea, XI, 620.

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