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La civilización de la mirada

Actores fuera de cámara, a tiempo completo y no remunerados

Existe un pequeño rincón en la ciudad de Granada bordeando la orilla del río a través de un paseo empedrado que al final impone unas vistas laterales a la Alhambra. En este camino de rocas varios comercios han aprovechado para abrir sus puertas, entre ellos un pequeño restaurante en la orilla opuesta del río, que sirve el menú en un pequeño salón que se observa desde el pasamanos de la vía. Este pequeño detalle hace que sus mesas estén colocadas en las ventanas abiertas que dan al agua, haciendo que todos los transeúntes camino a la Alhambra no puedan evitar detenerse varios segundos a ver a las copas de vino que se distinguen en esa imagen tan napolitana. Y esas miradas instantáneas, anónimas, desapercibidas, seguramente sean suficiente para que los comensales se sientan protagonistas de una pequeña escena memorable, porque la posibilidad de ser objeto de la mirada es uno de los grandes narcóticos prescritos en nuestra modernidad.

Calcando el discurso de Eva Illouz, siempre se ha defendido la modernidad en términos del saber científico, la imprenta, el capitalismo, la tecnología y la democracia. Cuando lo cierto es que el surgimiento de este término iba acompañado de una transformación del sujeto no solo a nivel institucional, sino psíquico. La vida moderna en las grandes ciudades había transformado el modo en que la gente experimentaba el tiempo y el espacio, por poner un ejemplo, habría sido improbable que las generaciones anteriores hubiesen entendido la realidad de Verne cuando escribió La vuelta al mundo en ochenta días.

Nuestro espacio personal y la percepción de nuestras experiencias es otro de los efectos secundarios en los que la maquinaria moderna ha dejado su marca de agua, en este caso la cámara. Igual que los turistas que beben vino a la orilla del río, nuestra vida se ha convertido en un conjunto de retales fotográficos que le dan sentido, y no hablamos de la simple lógica de las redes sociales, sino del trasfondo que reviste la necesidad de ser mirados.

Tabernilla del Darro, en Granada | Fuente: Facebook

El “dispositivo cinematográfico” que tanto han estudiado los teóricos para entender la naturaleza psíquica del cine ya resumió lo que la pantalla permitía en el observador. Las imágenes en movimiento funcionaban gracias a una identificación primaria y esencial con la mirada de la cámara. El espectador comenzó a entender cómo el ojo de la cámara nos “coloca en la imagen” sin participar en ella ni ser protagonistas. No es un personaje porque es invisible, merodea a sus anchas desde cerca o desde las alturas, se cuela entre las sábanas o se esconde detrás de una persiana. Es una entidad omnipotente pero no impasible, porque narra a través de los planos y guía en la historia. Lo ve todo, pero no participa, está, pero no está, se hace patente pero transparente.

«El ojo no es ojo porque lo veas, es ojo porque te ve» Antonio machado

Ahora nos toca preguntarnos si tras más de un siglo conviviendo con esta perspectiva que el psicoanálisis bautizó como gaze (distinto de look, algo así como la diferencia entre mirar y observar), nuestra psique ha podido acostumbrarse a una tercera mirada que inmortaliza nuestros instantes desde fuera. Porque las expresiones “parece de película” o “es para foto” no son tan inocentes.

Si hacemos memoria, somos capaces de ver que, hasta hace relativamente poco en la línea temporal, la multitud solo podía percibirse a través de sus propias retinas mediante el tú a tú. Las pinturas junto a otras formas de expresión gráfica no lograban deshacerse del sabor amargo de la huella del artista y cuando la cámara consiguió el retrato impersonal no podía evitar romper la cuarta pared.

Los sujetos aún no estaban preparados para comprender lo que es sentirse observado aun cuando nadie está mirando. Quizás ahora ya somos capaces de explicar por qué esas gotas de agua que caían sobre el coche hacían que la música de tus cascos fuera de un videoclip o aquella canción de violín en el Templo de Debod tiñendo de poético un atardecer. Ese camarero de la cafetería en la que no te dejan entrar al baño si no consumes algo, ¿cómo sería si me estuviese mirando, absorta en el portátil con la pantalla apagada?; la tienda de vinilos de la esquina donde finges que no te emociona el CD de María Isabel que has intentado pasar por alto, pero te hace sentir que proyectas una imagen de punk de los 70s; las lágrimas bajo el agua de la ducha a cincuenta grados por los dramas ficticios de las películas de Hugh Grant que no viviste, pero en los que te preparas para actuar. Actuamos, representamos, dramatizamos, recreamos, nos embriagamos imaginándonos a nosotros mismos en estas proyecciones de sombras chinescas de lo que somos desde fuera.

Esta civilización de la mirada en la que hemos crecido se retroalimenta día a día con nuestra vida social en Internet saturado de ventanas indiscretas. Porque el cine nos puso la cámara, pero las entradas al Show de Truman las pagamos nosotros cada vez que nos convertimos en aquellos comensales al borde del río de Granada que fantasean con su película antes que disfrutar las vistas.

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