No vive el Perú sus mejores días. Después de tres décadas, la tierra del Tahuantinsuyo vuelve a ver con sus propios ojos cómo su gobernante da un autogolpe de Estado prometiendo quimeras rapaces para apaciguar el fuego inca de sus calles. En 1991 a Fujimori le salió bien; no el miércoles a Pedro Castillo. El fracaso, como se estila en la política y en la historia, se debió a la impertinencia.
El primer fallo de aquello que sucede fuera de propósito es siempre llegar tarde. Fuera de hora, de lugar, de contexto o de época. El ya antiguo presidente pensó que el país le pertenecía; y lo pensó tanto y tan fuerte que en el drama andino el soliloquio presidencial convertía -cada vez más- a Perú en pertinente bajo los deseos personales de un tirano disfrazado de pistolero. No iban por ahí los tiros.
Que un territorio pertenece a sus habitantes parece una de las premisas del Derecho Internacional. A España llegó por primera vez hace poco más de dos siglos y se vino a llamar soberanía nacional. Sobre esa base de pertenencias y pertinencias -que no son sino las cualidades de pertenecer- se construye el concepto de democracia.
Sentir que tu identidad está ligada a un sitio es algo tan humano como el amor, si es que acaso no es lo mismo. Ser de un lugar, de una persona, de una cultura, de un ritmo. Cuando se pone en disputa ese sentimiento se rompe la democracia porque no se puede barrer hacia casa cuando te quitan tu hogar. Y tu hogar es aquello a lo que perteneces.
En castellano se admiten como antónimos de «pertenecer» los verbos “enajenar”, “extraviar” y “olvidar”. Los tres entran en la receta de país en riesgo de autoritarismo. El abismo democrático está allí donde a una persona se le niega la pertenencia a su país por entregar, precisamente, la pertenencia del país a otra persona. Porque en el poder, como en las cenas de Navidad y en las reuniones de los domingos, lo más importante son las formas.
Por no entender las maneras en un mar de confusiones sin sal, rebosar de peligro las consecuencias y quedar fuera de propósito, uno entiende la impertinencia del golpe de Estado; y, como Vargas Llosa, se pregunta: ¿En qué momento se jodió el Perú?

