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‘Las hijas de la criada’: una disección ecléctica del querer

La atemporalidad que intentó evitar las arrugas de la santería

Ni Roma se hizo en un día, ni el imperio pesquero que Sonsoles Ónega imagina se levantó en dos. El premio Planeta de 2023 rompía a medias con la tradición que parecía rendir el galardón a la novela histórica para situar los acontecimientos de Las hijas de la criada en, quizá, el último presente mágico que este país recuerda: la Galicia de principios del siglo pasado.

El libro es un soplido que desde el presente se realiza hacia una generación de la que todavía se puede aprender algo, que impregna de unos motivos temporalmente eclécticos el argumento y que regresa, de nuevo, al instante en el que el lector voltea la página para recordarle por qué algunas cosas ocurren de una determinada manera. En la presentación de la novela, la propia autora confesó sentirse atraída por el buceo literario en el pasado de las mujeres para saber ubicarse en la actualidad. Y esa premisa es la que tiñe toda la obra.

Todas las leyendas e historias que rezuman un mínimo de magia encuentran la inspiración en una trama real. Esta no es una excepción: Ónega desempolva el baúl de las experiencias familiares de la madre de un tal Bobby Fernández de Bobadilla, en quien se basa para construir el personaje de doña Inés Lazariego. A través de los ojos de esta persona sucede una transición típica de las obras que tratan la pérdida del pasado: la santería va quedando en un segundo plano a medida que lo mágico deja de ser etéreo y los personajes ya no viven de historias familiares, sino que envejecen, como humanos que son, en carne y hueso, en canas y arrugas.

«La historia es una búsqueda de la verdad, a veces sin quererlo, pero que viene a novelizar aquello de que la mentira tiene las patas muy cortas»

Esta no es una historia de meigas. Tampoco de Santas Compañas. Todo comienza una noche de 1900 en la que dos niñas llegan al mundo en el pazo de Espíritu Santo. Clara y Catalina. Catalina y Clara. Dos niñas cuyo destino pende del hilo de un gesto repentino, un brote de nervios escasamente meditado que cambia para siempre el rumbo de sus vidas. Luego viene Cuba, Galicia otra vez e incluso Madrid, partes indivisibles del puzle de una España en descomposición y retoños de una coyuntura particular que la autora no cesa de comentar; el repique de referencias temporales en el cristal de la novela hace perder la magia de un presente al que le favorece la atemporalidad.

La historia es una búsqueda de la verdad, a veces sin quererlo, pero que viene a novelizar aquello de que la mentira tiene las patas muy cortas. Casi como si de un presagio seguro se tratase, el lector, y ello pretende la autora, tiene la sensación de que tarde o temprano va a salir a la luz aquel secreto que la sucesión de los acontecimientos decida revelar. Y a este respecto el libro es ciertamente reiterativo, encontrando algunas intromisiones en el argumento para recordar la imposibilidad de lo imposible, que adelantan que algo sucederá con la cascada de condicionales que pregonan la llegada del futuro: «ya descubriría que», «llegaría el día en el cual», etc.

La paradoja de Eurípides

También pueden anotarse en la tablilla anterior las rupturas del ritmo argumental que algunas frases en tono intencionadamente más jocoso, sin buscar tampoco la risa deliberada, provocan. El exceso de referencias que explican el contexto pero no la circunstancia —cuando a una persona se le escapa una lágrima interesa saber el motivo del llanto y no el transcurso de la política colonial; lo segundo explica el escenario donde se mueven los personajes, pero lo primero es la clave que conecta lo literario con lo puramente inmaterial—, las citadas intervenciones que ejemplifican la dictadura de lo omnisciente en el narrador y la cercanía en momentos de tensión narrativa son, quizá, los puntos donde más flaquea la redacción de la novela.

Eurípides dijo en una ocasión que a los muertos no les importan cómo son sus funerales, sino que las exequias suntuosas sirven para satisfacer las necesidades de los vivos. Y aquí encuentra gas el pedernal de la novela. Ónega, que tropieza en saltos agigantados, se muestra ingeniosa en distancias cortas. Especialmente cuando abandona todo lo anterior para centrarse en el sentimiento de una persona en particular, cuando se desentiende de todo para focalizar su atención en lo literario de las sensaciones y entonces brotan las mil maneras de describir las infinitas formas de querer, la maternidad, la necesidad de redención y el papel de las mujeres en aquel tiempo.

Es en este punto donde se ve bien en lo que dijo el poeta griego. Las muertes en la novela están al servicio de los vivos como muestra de un dolor norteño que evoluciona con el argumento y que la autora disecciona con inteligente bisturí. Porque esta novela está plagada de personajes sin suerte y sin cariño, abandonados a la deriva como el barco de aquel chico que olía a salitre y que soñaba con ser marinero.

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