Llega diciembre y mi corazón se congela. Veo a mi madre sacando los adornos del árbol de navidad pero no siento nada. Hablo con mis amigos sobre las vacaciones pero no me emociona.
La navidad siempre ha sido mi festividad favorita, al menos hasta hace unos años. La ilusión con la que se vive este mes cuando eres niño es incomparable con los sentimientos que te propicia una vez cumples los 18, e incluso unos años antes. Los niños escriben sus cartas emocionados y se despiertan el día de reyes increíblemente temprano para correr al salón y ver qué se esconde bajo el árbol. ¿Y ahora qué? Tengo 20 años y ya no voy felizmente a la habitación de mi hermano para ver qué nos han regalado. Ya no sigo un rastro de caramelos hasta el sofá. Ya no es la misma navidad. Ahora el despertador no suena y abro los regalos a la una de la tarde porque el día anterior salí con mis amigos a tomar algo hasta altas horas de la noche. La navidad ya no se siente como navidad. Mi padre no va a por churros a las ocho de la mañana. La casa no se llena de primos pequeños que alborotan todo el lugar. No nos reunimos toda la familia como solíamos hacer. Nada es como antes.
Paso mis tardes estudiando para los exámenes de la universidad y no con mis juguetes nuevos. Ahora paso del parque abarrotado a la biblioteca con todos los sitios ocupados.
La magia ya no está
Doy un paseo por el centro de mi pueblo y me sorprende la ausencia de la pista de patinaje que atraía a gente de los alrededores. Ya apenas hay niños en la plaza, solo chicos jugando a ser adultos con su nuevo móvil de última generación que les han regalado por aprobar el curso. Y yo solo estoy haciendo la cuenta atrás para saber cuánto me queda para enero, para volver a clase. Cuento los días para retomar la normalidad y que poco a poco se me descongele el corazón.
Aunque no todo lo navideño me resulta triste. Ahora que ya no recibo tantos regalos, me encanta hacerlos. Hay algo tan bonito en conocer tanto a tu círculo como para saber qué puede gustarles y qué necesitan. Intento aferrarme a la belleza de la empatía y la amabilidad navideña para poder sobrevivir a estas fiestas. Pese a todo lo enumerado anteriormente, soy consciente de que tengo una situación privilegiada. Nadie falta en la mesa de Nochebuena y ese es el mejor regalo que me pueden hacer. No soy infeliz, simplemente ya no es lo mismo. Ya no.


