La imagen estereotípica del Dr. Watson como el ayudante torpe y simplón de Sherlock Holmes que ha construido el cine no se corresponde con la obra de Conan Doyle
Recientemente, mientras veía en Filmin la simpática Sherlock Holmes en Washington (1943), una de las múltiples películas del personaje producidas bajo el sello de la Universal durante la Segunda Guerra Mundial, no pude evitar pensar en lo mal que ha tratado el cine al pobre Dr. Watson. Al fin y al cabo, la gran pantalla ha conocido tantos Watsons como Sherlocks, pero si bien el segundo ha gozado de relativa fortuna en sus múltiples adaptaciones en dicho medio, el primero ha sido relegado con injusta frecuencia al estatus de comparsa torpe y bonachón, eterno alivio cómico en las aventuras del insigne detective británico.
Así, si uno echa un vistazo a los catorce misterios protagonizados por la dupla que formaron Basil Rathbone y Nigel Bruce en aquel Hollywood en blanco y negro, no tardará en advertir la diferencia de trato a la que me refiero. Rathbone, un actor alto y esbelto de expresión despierta y elegantes modales, era la perfecta encarnación del Sherlock Holmes concebido por Sir Arthur Conan Doyle en la serie de novelas y relatos que arrancó con la publicación de Estudio en escarlata (1887). El intérprete, conocido por dar vida a serenos y astutos villanos en películas como El capitán Blood (1935) o Robin de los bosques (1938), se adaptó a los moldes del personaje con una habilidad asombrosa pese al tono ridículamente ingenuo de los guiones de aquellas cintas. Sin embargo, su compañero discurrió por un camino bien distinto.
Lejos de la fidelidad a la obra de Conan Doyle, que mostraba un doctor elocuente y sagaz, enérgico cronista de los casos que enfrentaba su compañero y contrapunto humano a la misantropía de aquel en no pocos de estos, el Watson de Nigel Bruce se conformó con ser la permanente nota humorística, algo así como un Obélix infantil y simplón sin la menor capacidad de deducción (costaba creer que aquel tipo se hubiera sacado la carrera de Medicina). Para colmo, hasta un actor de la talla y la versatilidad de James Mason, inolvidable en un sinfín de interpretaciones, asumió esta imagen injusta y bobalicona del personaje en la sombría Asesinato por decreto (1979), la mejor versión fílmica del universo holmesiano para quien esto escribe (buena parte del mérito corresponde a Christopher Plummer, quien superó a Rathbone con un trabajo extraordinario). Por supuesto, de la infumable serie Elementary (2012-2019), que trasladó la acción al Nueva York contemporáneo y convirtió al Dr. Watson en una mujer asiática (no es broma), mejor ni hablamos.
En consecuencia, es muy difícil encontrar alguna película o serie de televisión que ofrezca una visión respetuosa y fidedigna del Dr. Watson más allá del “modelo Sancho Panza” impuesto hace ya tantos años. En este sentido, resulta divertida la original Sin pistas (1988), comedia británica que transformaba a Sherlock Holmes en un personaje ficticio ideado por Watson, verdadero genio investigador, así como el binomio dirigido por Guy Ritchie que, pese a su estrafalaria estética steampunk, mostraba a un médico inteligente y sarcástico en la piel del genial Jude Law. Sin embargo, ninguna de estas adaptaciones ha alcanzado la excelencia de Sherlock, la magnífica serie que la prestigiosa BBC emitió entre 2010 y 2017 con Benedict Cumberbatch y Martin Freeman como Holmes y Watson respectivamente. Cada episodio derrocha ingenio, gracia y tensión. Lástima que su terreno sea el de la pequeña pantalla y no el del cine de primer nivel porque, en lo que a este respecta, el Dr. Watson sigue siendo una cuenta pendiente o, en términos holmesianos, un gran misterio por resolver.


