El reloj avanza, pero la polémica en torno al cambio de hora persiste sin encontrar una solución definitiva
El próximo cambio de hora del 31 de marzo no solo marca el inicio del horario de verano, sino que este año también coincide con el fervor de la Semana Santa, añadiendo una capa adicional de complejidad a la discusión sobre su conveniencia.
El último domingo de marzo los españoles y el resto de la Unión Europea adelantamos rigurosamente las manecillas del reloj, adelantando los relojes de las 2.00 a las 3.00 horas adoptando el horario oficial de verano. Una medida que trae consigo diversas opiniones al respecto.
Por un lado, están los adeptos al cambio, que basan sus argumentos en el ahorro energético que permite reemplazar durante un mayor tiempo la luz eléctrica por luz natural. Además, este ajuste se convierte en un recurso valioso para el sector turístico y hostelero al extender las horas de actividad económica, lo que potencialmente aumenta los ingresos. Por otro lado, se encuentran los disidentes, que hastiados de las consecuencias fisiológicas y psicológicas que pueden originar los cambios de hora, consideran que se debería de acabar eso de mover las manecillas del reloj cada seis meses.
Sin embargo, el debate por elegir el horario va mucho más allá, debido a que partimos de un problema de base: un huso horario incorrecto. Esta situación viene delegada por el apego de Franco a Hitler, este último como si se tratara de un director liderando el conjunto de la orquesta, influyó en muchas de las decisiones tomadas por Franco. De esta forma, en 1940 se propuso adelantar 60 minutos el horario oficial en España, que hasta ese momento iba conforme al del Meridiano de Greenwich, para instalar en nuestros relojes la hora de Alemania.
Una medida incomprensible, ya que, los husos horarios de cada país se deben adecuar a las características de longitud geográfica para optimizar las horas de luz solar y, no hay que ser expertos en la materia para saber que la posición de España no es la misma que la de Alemania.
El resultado se traduce en un horario completamente desfasado respecto a las horas de luz y oscuridad naturales que le conciernen a España. En los meses invernales los relojes españoles van una hora por delante de su tiempo solar, mientras que en los estivales la diferencia aumenta hasta dos horas. Este desajuste, que no ocurre en el resto de los países europeos podría ser la respuesta de por qué los españoles comemos o cenamos más tarde que el resto de Europa.
La solución sería volver al huso horario que nos corresponde, es decir el horario del Meridiano de Greenwich, retrasando una hora los relojes como nuestros vecinos Portugal y Reino Unido. De esta forma amanecería y atardecería mucho antes, pero tendríamos un horario más sincronizado con el sol.
Han pasado 80 años y la situación continúa en fárfara, ningún gobierno democrático ha movido ficha para corregir este problema. Un debate insaciable que tiene como protagonista al Boletín Oficial del Estado, que sostiene y asegura el mantenimiento de la situación actual, por lo menos, hasta 2026, una fecha en la que se volverá a poner sobre la mesa la cuestión de si ha llegado la hora del cambio.


