El peor enemigo que puedes tener eres tú mismo. Es una de las frases que más ha marcado mi vida desde que se la escuché a una profesora. Con el paso de los años me he dado cuenta de que a esa frase le falta añadir una emoción. El miedo.
¿Cuántas cosas has dejado de hacer porque el miedo te ha paralizado? Porque has tenido miedo al qué dirán, porque has tenido miedo a que piensen, o tú misma pienses, que tu opinión no vale nada, miedo a sentirte menospreciada, a no saber cómo va a reaccionar la otra persona…
Pero el miedo tiene otro componente importante y sin el que no podría horrorizarnos, que es su dupla: el pensamiento. ¡Cómo me he podido olvidar de él! ¡Si son mejores amigos! El pensamiento alimenta al miedo con sus juicios. Por eso la RAE denomina al miedo como “angustia por un riesgo o daño real o imaginario” o como “recelo o aprensión que alguien tiene de que suceda algo contrario a lo que desea”.

El miedo es un sentimiento tan peligroso como imprescindible. Porque te ayuda a estar alerta en situaciones de peligro. Lo malo es cuando no sabes controlarlo y se convierte en un obstáculo para tu vida diaria o interfiere en tus objetivos. O, tu pensamiento te juega malas pasadas imaginándose situaciones que nunca van a pasar pero que tú las sientes como reales. Y en esos casos, ¿de qué te está protegiendo? ¿del fracaso? El que te inventas para ni siquiera intentarlo. Ese es el verdadero problema del miedo.
Me da mucho coraje escuchar a personas que son muy capaces de hacer las cosas que desean y de llegar a sus objetivos, pero hay algo dentro de ellos que les impide conseguirlo. A mí me pasa. Y, luego, me doy cuenta de que tener esa sensación es lo más normal del mundo. Porque los seres humanos tenemos miedo a la incertidumbre y al no saber cómo van a ser nuestro futuro. Lo que habría que intentar hacer es hacer lo que deseas aunque tengas miedo. Porque, ¿nos vamos a quedar mejor si no lo intentamos por miedo, que si lo intentamos aunque no lo consigamos?

