El culto a las etiquetas, las checklist de personas tóxicas y otras cosas que nos hacen menos humanos
“Tía, es que para mí eso es un límite no negociable en una relación sexoafectiva”. “A ver, es que ese es tu estilo de apego, si no le gusta ahí tiene la puerta”. “Yo sólo me vinculo de acuerdo a marcos relacionales no jerárquicos y no amato-normativos y no voy a cambiar por ella, si no concuerda con sus necesidades afectivas igual no podemos seguir conociéndonos”.
Escucho estas afirmaciones en la mesa de al lado antes de pedir la cuenta en un bar cualquiera de Chueca. Tras gastarme 3,75 euros en un café y una tostada, deambulo con las piernas agotadas, piernas que, como mi mente el Padre Nuestro, se han aprendido el camino automático a mi puesto de trabajo. Es tras esas puertas de cristal que, con una compañera a la que sus piernas también la llevan automáticamente hasta esta calle, vuelven a resurgir los tecnicismos relacionales.
–Nosotras es que tenemos un contrato de relación abierta, pero solo de besos, pero siento que me sentiría más cómoda modificando la contractualidad de nuestra relación – me comenta.
–Vale, ¿y por qué no se lo dices?
–Porque yo tengo conductas de evitación porque tengo apego evitativo, y tengo apego evitativo porque exhibo mecanismos evitativos de adaptación ocasionados por mi primera figura de afecto.
–Ya, entiendo.
–¿Y tú qué tal?
–Intentando dejarme fluir, supongo.
–¿Bajamos a montar?
–Dale.
Mientras llevo a cabo movimientos completamente mecanizados de trabajo, no paro de pensar en la complejidad con la que tratamos de etiquetar nuestras relaciones interpersonales o cómo, por el contrario, intentamos ajustarnos a un marco de no etiquetas. Ni Juanito ni Juanón, que diría mi madre.
Tecnicismos como vía de escape
Aunque considero más que claro que el típico “dejémonos fluir y no le pongamos etiquetas” suele ser una excusa para permitirnos ser emocionalmente irresponsables y negligentes, interactuar a través de fórmulas rígidas y expresiones robóticas tampoco es comunicarse. Evidentemente, una relación requiere de una estructura por mucho que nos empeñemos en vivir bajo la anarquía relacional, adictos a sentirnos emocionalmente libres. Se necesita comunicar expectativas y necesidades, pues el dejarse fluir constantemente genera malentendidos y los malentendidos llevan al sufrimiento (y el sufrimiento al lado oscuro, vale, perdón, sigamos).
Sin embargo, sobrecorregir y convertir todas las interacciones personales en trámites burocráticos no fomenta la empatía ni una comunicación real fluida. Interactuar con otras personas con intenciones sexuales o afectivas no va de aprender expresiones, términos y consignas. De hecho, muchas de estas etiquetas, en vez de aclarar los vínculos, pueden llegar a oscurecerlos.
Tan adictos a la búsqueda de la libertad, nos ofrecemos definiciones circulares. “Tengo conductas de evitación porque tengo apego evitativo y lo tengo porque exhibo mecanismos evitativos de adaptación”. Retratarse o remontarse a esa relación con la primera figura de apego que suelen ser los padres, la primera persona con la que has tenido un vínculo afectivo que te ha podido hacer sentir o no segura, validada, apreciada, dolida puede hacerte entender el patrón que mantienes en tus relaciones posteriores.
Comprender no solo la dinámica con nuestros padres, sino también la clase de dinámicas que hemos observado entre ellos, puede arrojar luz sobre muchas de nuestras disfunciones actuales. Pese a esto, no se debe olvidar que las cosas suelen ser multifactoriales. No podemos limitarnos a pensar que porque una vez nuestro padre nos dijera algo que ha marcado nuestra conducta, se explica todo nuestro historial sexoafectivo. Reduciendo así toda nuestra historia y aprendizaje, como si no nos hubiésemos visto talladas por el resto de relaciones vividas.
La burocratización de las relaciones nos lleva a una cierta tendencia a pensar en términos de que tenemos derecho a reprocharnos y exigirnos los unos a los otros. “Esto a ti antes te parecía bien así que tú puedes sentirte como quieras, pero igual no deberías obligarme a cargar con eso”. Casi se están buscando lagunas y letras pequeñas en estos tecnicismos en lugar de plantearnos estos contratos, acuerdos o negociaciones en clave de evitar la producción de malentendidos y necesidades insatisfechas.
Piénsalo, querida lectora, en una relación contractual clásica ambas partes suelen buscar extraer el mayor beneficio posible a costa de la otra. Tu jefa no se va a preocupar por ti, por si estás bien emocionalmente, a no ser que afecte en tu productividad, pero las relaciones amorosas o sentimentales no pueden funcionar de la misma manera. Es necesario detenerse y sentar las bases y requisitos de una relación, pero no con el propósito de saber que más tarde tendremos derecho a reprocharnos.
No es cuestión de poder ir contabilizando los agravios, de buscar la obtención de la autoridad moral para regañar al otro. Considero que se debe pensar más en el contexto con más sentido común en lugar de querer aferrarse a los tecnicismos. No se trata de ganar ni de tener más razón, es cuestión de evitar que se vayan generando descuidos o concesiones extremas. Para evitar dañar nuestro amor propio ni ir erosionando nuestro vínculo.
Al final, somos seres dinámicos, nuestras necesidades y expectativas cambian. No tiene sentido que nos aferremos tanto a lo que una vez dijimos que teníamos o lo que dijo el otro para usarlo como una especie de arma arrojadiza.
Activismo de emociones tóxicas
Somos una sociedad tan pendiente de estar liberada, de ser transgresora, disruptiva y desafiante hacia los modelos normativos de relación que cuando se trata de empezar algo con alguien, con la expectativa de generar una relación sexoafectiva, nos limitamos. Generamos un muro sentimental y nos acotamos a expresar a la otra persona lo que querríamos querer en una relación, lo que desearíamos poder manejar en una relación emocional, lo que sentimos que las infografías de Instagram nos dicen que tenemos que querer y no lo que verdaderamente puedo llevar bien y/o necesito en presente. No le estamos haciendo un favor a nadie sustituyendo un modelo normativo prescriptivo por otro si no nos sentimos preparadas para ello. Hay personas que regurgitan fórmulas relacionales porque quieren y creen pensar como la mayoría.
“Nadie me pertenece, nadie debería ser propiedad de nadie”. Mucha gente parece encontrarse bajo la impresión de que pensar esto es sinónimo de saber enfrentar los celos de forma sana cuando estos emergen a la superficie. Al hablar de modelos de relación en términos moralizantes: “esto es lo que deberías hacer si quieres ser buena persona”, al final lo que conseguimos no es crear a personas más liberadas, sino simplemente menos honestas consigo mismas. Probar en zambullirse en dinámicas que todavía no podemos manejar o que quizá nunca estemos preparadas para manejar. Si intentamos acallar las reacciones fisiológicas que experimentamos porque “estoy teniendo una reacción de una persona tóxica”, no nos estamos liberando ni estamos enfrentándonos a aquello que nos está provocando tanto dolor.
Necesitamos ser compasivas con nosotras. Ser capaces de observarnos, sin emitir juicios de valor, si queremos conocer y reconocer cuáles son nuestros auténticos hábitos y reacciones, con el fin de corregirlos y poder comunicar cuáles son nuestras necesidades. Si nos obcecamos en no sentir celos (hago alusión a los celos porque es el sentimiento normativamente más juzgado) nos quitamos información valiosa sobre nuestra historia de aprendizaje.
Deseo matizar que lo cierto es que los celos se asocian directamente a conductas de control abusivas. Ya que muchas veces sí que son respuestas a los celos, sin embargo, la emoción no es acción. Podemos hacer cosas muy distintas con los celos y si no nos permitimos escucharlos probablemente no vayamos a poder atajar la raíz del problema.
El activismo tan extremista que exorciza y esconde nuestras contradicciones acaba generando el efecto contrario en nosotras. El decirle a la gente “es que una relación cien por cien sana tiene que ser así, así y así” o “echa de tu vida a las personas tóxicas” presenta fórmulas tan rígidas que crean excesiva presión sobre mantener las correctas relaciones interpersonales sanas que acaban resultando frustrantes. El activismo relacional se está convirtiendo en una utopía que te impide trabajar en ti. Si una vez fallas, no significa que no hayas aprendido nada durante estos años. Simplemente porque vuelvas a caer en viejos patrones o disonancias como “yo debería querer esto, pero es que prefiero esto otro”. Está bien fluctuar, conocerse, fallar, no pasa nada por volver a caer (esto me lo digo más a mí que a ti).
El sonido del timbre me rescata y vuelvo a la realidad. Completamente inconsciente he preparado todo y me dirijo a abrir esa puerta de cristal, no sin antes decirle a mi compañera:
–Joder, tía, menuda movida las relaciones, ¿eh?.


