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Más de 210 muertos por la DANA: errores y negligencias

La última DANA o Gota Fría ha dejado una cifra trágica de 211 muertos en España por el momento. Una combinación de fenómenos meteorológicos extremos y una gestión deficiente de las alertas, ha convertido la tormenta en una de las catástrofes más mortales de la historia del país.

La Depresión Aislada en Niveles Altos (DANA), también conocida como Gota Fría, es un fenómeno meteorológico que afecta a las costas del Mediterráneo. Especialmente en verano y otoño. En esta ocasión, las lluvias torrenciales han golpeado con una violencia inusitada, causando más de 200 muertes y dejando una estela de destrucción en el este de España. ¿Cómo puede una tormenta provocar tal devastación? Los expertos señalan dos factores principales: una serie de errores en la gestión de la emergencia y la complejidad política de la respuesta ante una crisis climática que exige acción coordinada.

El escandaloso 11-M, que ha copado todas las portadas nacionales e internacionales, que ha dado para numerosos documentales y que ha sido uno de los días más trágicos en la historia de España, dejó 192 víctimas mortales. En el terremoto de Lorca en 2011, fallecieron nueve personas. La DANA ha dejado ya 211 muertos y centenares de desaparecidos.

¿Qué es la DANA o Gota Fría?

La DANA ocurre cuando una masa de aire polar se desplaza desde el norte de Europa hacia el sur, situándose a una altitud de entre 5 y 9 kilómetros sobre el nivel del mar. Mientras, las cálidas aguas del Mediterráneo generan gran cantidad de humedad, que se acumula en el aire de la superficie. Cuando el aire cálido y húmedo asciende y choca con el aire polar, se produce una condensación masiva, creando gigantescas y pesadas nubes. Movidas por los vientos hacia la costa, estas nubes desatan lluvias torrenciales, rayos y, en algunos casos, incluso tornados.

Los peligros del agua y la fuerza imparable de los ríos

Dos factores amplificaron los efectos destructivos de esta DANA. En primer lugar, la cantidad de agua que cayó en cuestión de minutos, inundando carreteras, bajos de locales y viviendas, atrapando a quienes no tuvieron tiempo de escapar. En segundo lugar, los pequeños ríos que desembocan en el Mediterráneo, generalmente de poco caudal, se convirtieron en auténticos torrentes que arrasaron con todo a su paso. Se crearon pequeños tsunamis en cada río.

Numerosos conductores se encontraron atrapados en sus coches en carreteras anegadas, incapaces de escapar de la fuerza de las corrientes, que levantaban sus vehículos y los empujaban con una fuerza destructiva. En las viviendas, la situación era similar: muchos intentaban contener la entrada de agua con toallas y objetos de emergencia, pero pronto se encontraron con el agua hasta la cintura, sin apenas margen para reaccionar.

Errores en la gestión y la política que divide

La respuesta política ante la reciente DANA ha sido una muestra de negligencia. También de falta de previsión, que ha sumido a la ciudadanía en una situación de caos e incertidumbre. En un momento en el que la Generalitat debía alertar con claridad y anticipación sobre los riesgos, sus autoridades no solo no lograron advertir de la magnitud de la DANA a tiempo, sino que en algunos momentos proporcionaron información errónea. Carlos Mazón y la Generalitat aseguraron que la tormenta amainaría hacia las 6 de la tarde, justo cuando comenzaba a intensificarse. Esta desinformación no solo generó confusión, sino que también dificultó la organización de los ciudadanos y los cuerpos de emergencia, incrementando el caos en una situación ya crítica.

A nivel estatal, la inacción y la ineficacia han quedado patentes al no haber facilitado ni organizado adecuadamente los recursos para atender las necesidades de la población. El Estado no ha sabido coordinar ni normalizar la situación. Esto ha afectado gravemente tanto a las administraciones públicas como a la sociedad civil que intenta, de forma espontánea, brindar ayuda. A los ciudadanos que buscan colaborar se les ha impuesto restricciones de movilidad, dificultando su acceso a zonas afectadas. Mientras, la asistencia pública sigue sin alcanzar a todos los afectados. A esto se suma el rechazo de ayuda extranjera, como los 200 bomberos ofrecidos por Francia y declinados por el ministro Marlaska, mostrando una vez más la falta de visión para resolver la crisis de manera eficaz y rápida.

El aparato del Estado

La situación revela un problema estructural en la Administración española. Un aparato gigantesco que, en momentos críticos, queda paralizado por la burocracia, la falta de coordinación y la rivalidad política. Lejos de actuar con celeridad, las autoridades se han enredado en luchas de poder. La Generalitat y el Gobierno central están buscando asignar las culpas entre sí, en lugar de movilizar todos los recursos necesarios. Aunque eventualmente el Estado contribuirá a normalizar la situación, la lentitud y falta de anticipación en estos primeros días ha sido alarmante. Han desaprovechando tiempo crítico que podría haber minimizado los daños y brindado un alivio más inmediato a los afectados.

Héroes nacionales y la solidaridad ciudadana

En medio de la tragedia, han emergido numerosos héroes nacionales que han arriesgado sus vidas para salvar a otros. Dos guardias civiles fallecieron en Paiporta (Valencia) mientras intentaban rescatar a personas atrapadas por las inundaciones. Los servicios de emergencia han llevado a cabo rescates en helicóptero, salvando a personas atrapadas en tejados y zonas inundadas. Además, vecinos anónimos y multitud de ciudadanos de las diferentes Comunidades Autónomas, han mostrado una solidaridad ejemplar. Han ayudado a desconocidos,  han compartido recursos y ofrecido refugio a quienes lo han perdido todo.

Y es que, España es uno de los países más solidarios del mundo. Su gente lo ha vuelto a demostrar tras la catástrofe en la Comunidad Valenciana. Detrás de la DANA emerge una verdad fundamental: el pueblo salva al pueblo. Cada vecino que tendió la mano a un desconocido. Cada persona que compartió agua o refugio. Y cada rescatista voluntario que se sumó sin dudarlo, demostró que cuando nos movilizamos juntos, alcanzamos logros que ninguna estructura política o institucional, por sí sola, podría lograr. Esto es solo una prueba del poder que tenemos para construir una sociedad mejor.

Un punto de inflexión

Esta tragedia debería ser un punto de inflexión, un llamado a despertar y a movilizarnos como sociedad. No podemos permitir que las muertes y el sufrimiento sean en vano, ni que las respuestas políticas se limiten a gestos y promesas vacías. Es el momento de exigir a nuestros líderes acciones firmes. Una planificación coherente que priorice la vida y el bienestar de los ciudadanos por encima de cualquier interés partidista. Es hora de escapar del individualismo que nos hace indiferentes. De la victimización que nos convierte en meros espectadores. Del infantilismo que espera soluciones sin involucrarse. Debemos asumir la responsabilidad de nuestra comunidad. Exigir con fuerza y determinación que las autoridades se comprometan a construir un sistema de respuesta eficaz y humano.

Este punto y aparte que necesitamos no puede ser solo un cambio temporal. Es necesario construir algo sólido y consistente que perdure en el tiempo. Una sociedad donde el apoyo mutuo y la responsabilidad compartida sean valores centrales. Visión a largo plazo. Podemos transformar esta tragedia en una oportunidad para el cambio, dejando atrás la inacción y avanzando hacia una sociedad verdaderamente unida y comprometida.

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