En las últimas décadas, el cine ha evolucionado de la mano de las nuevas tecnologías y se ha beneficiado de los continuos avances
La historia del cine comenzó un 28 de diciembre de 1895 en el Salón Indio del Gran Café de París. Fueron los hermanos Lumière quienes proyectaron por primera vez sus películas en el número 14 del Boulevard de los Capuchinos.
Entre las 10 cintas que se proyectaron, se encontraban: La salida de los obreros de la fábrica Lumière, El regador regado y La llegada del tren. La duración de cada cinta no superaba el minuto ya que era el tiempo total que duraba la bobina de celuloide sobre la que se plasmaban las imágenes.
Sin embargo, estas no fueron las primeras tomas que se filmaron. En 1888, el francés Louis Le Prince filmó La escena del jardín de Roundhay, la cual dura dos segundos escasos. Años más tarde, los hermanos Lumière desarrollarían lo que hoy conocemos como séptimo arte y serían los primeros en proyectar sus películas gracias a la patente del cinematógrafo.
El desarrollo de la IA, la realidad virtual y los continuos desarrollos en este ámbito han cambiado radicalmente el mundo del cine. Es por ello, y por muchas otras razones, que el cine de ahora dista mucho del de antes. Para comprobarlo analizaremos algunos aspectos importantes.
La trama
Para empezar, un punto clave a comparar son las tramas. Antiguamente la fórmula era sencilla, se apostaba por una buena trama desarrollada y unos personajes que contaban una historia. Suena sencillo, pero a veces (casi siempre), en lo simple está la belleza. El cine de antes transmitía, conseguía cautivar al espectador y envolverle en la historia. En cambio, hoy día las películas rebosan efectos especiales, subtramas… olvidando las bases, el esqueleto del producto.
Los efectos especiales
Es paradójico pero, con las múltiples limitaciones de antiguamente, en muchas ocasiones, conseguían efectos más limpios y realistas. En los años 90, se hacía uso de los ordenadores para insertar efectos «ligeros», pero con el paso de los años, cada vez más elementos se presentaban con ordenador. La consecuencia es clara: poca credibilidad.
Quien hace cine lo sabe, el espectador siempre busca, en mayor o menor medida, la identificación de lo que ve en la pantalla con el mundo real. Por lo que desprecia aquello que es “espléndidamente imposible”. Resumiendo, el que mucho abarca…
Sin embargo, hay cintas que, a pesar del paso de los años, nos siguen sorprendiendo por sus efectos especiales. Un claro ejemplo es Blade runner (Ridley Scott, 1982), en la cual la mayoría de planos que aparecen sobre las ciudades son maquetas construidas al detalle, pinturas y técnicas de filmación e iluminación.

La producción
Es uno de los puntos fundamentales que diferencian un cine de otro. Las historias nacen de dos maneras: por iniciativa del guionista (una persona que apuesta por una historia que ha desarrollado) o por iniciativa de la productora (tramas sujetas a modas que carecen de profundidad y dedicación. Buscan llegar a un público masivo tratando un tema en auge perdiendo así la esencia del cine). Antes, estaba claro quién producía la cinta, ahora, en cambio, la lista de créditos es interminable.

Es necesario y justo tener en cuenta que la sociedad avanza y la cultura con ella. En muchos ámbitos dejamos que las tecnologías abarquen espacios que corresponden a la creatividad y el razonamiento humano. Es por ello que el cine está perdiendo su esencia. Por un lado, todo es más comercial, busca vender sin importar la calidad. Tal vez por eso últimamente vemos como se hacen cada vez más secuelas, precuelas o cintas inspiradas en antiguos éxitos. Falta dedicación.
Por otro lado, es cada vez más común ver como los espectadores aceptamos sin analizar. Somos impacientes y lo queremos todo ya. Esto nos impide disfrutar de un cine de calidad cuando lo tenemos delante… ¿Cuándo fue la última vez que viste una película sin mirar el móvil?, ¿hace cuánto que no vas al cine?
En conclusión, todo está destinado a evolucionar, pero hay que saber guiar bien los caminos y, si algo es bueno…copiar, ya lo decía Tarantino.


