Veinte años después, el icónico sonido de sus tacones vuelve a sonar por los pasillos de Runway: Miranda Priestly ha entrado
El diablo viste de Prada 2 devuelve a la gran pantalla una forma de entender la moda y el lujo. Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci regresan para continuar con el éxito de Runway y desvelarnos cómo han sido sus vidas durante estas décadas.
El universo basado en la novela homónima de Lauren Weisberger nació de una vivencia de la propia escritora. Lauren entró a Vogue en 1999, cuando por entonces, Anna Wintour desempeñaba el cargo de jefa de redacción. Fue ahí donde la escritora encontró la inspiración que daría vida a su libro y más tarde a la adaptación cinematográfica. A pesar de la imagen que este daba de la revista, el puesto de Wintour no se vio alterado e incluso acudió al estreno vestida de Prada.
Un cambio en la moda
No hay nada más reseñable que la moda presente en cada escena, la cual convirtió la película en un icono generacional en 2006 gracias a Patrice Field, la diseñadora de vestuario, también conocida por su trabajo en Sex and the City. Grandes bolsos de diseñador, cinturones anchos, abrigos de pelo y logos visibles marcaban la tendencia en la primera entrega. Un lujo visible pensado para captar la atención, mostrar elegancia y demostrar éxito.
Sin embargo, en esta nueva entrega de la mano de la diseñadora de vestuario Molly Rogers, vemos un lujo mucho más silencioso. Tal y como se explica en la película, da igual que no se vea el logo, lo importante es saber que llevas la marca.

No obstante, la cinta, con el fin de ofrecer una visión de la evolución de la moda en todas sus vertientes, muestra un desfile de Milán más llamativo que nunca. Brillos, texturas, volumen floral, pendientes extravagantes y todo tipo de prendas que convierten a la modelo en una obra de arte viva.
El precio del éxito
Además, esta cinta nos trae una nueva dimensión del mundo de la moda. La trama ya no gira únicamente en torno a la ambición profesional y el sacrificio por ocupar el puesto de sus sueños, sino que también muestra el lado más íntimo de sus protagonistas, el peso del éxito y la fama durante décadas. Nuevos trabajadores en Runway representan lo que fueron en su día Andy Sachs y Emily Charlton, expectantes por un ascenso y una mínima oportunidad en la moda. «Avísame cuando tu vida esté destrozada, será hora de un ascenso», recordaba Miranda.
Mucho más que un color
El cerúleo nunca fue un simple tono de azul. Desde esa primera vez en que Miranda enseñaba la trascendencia de la moda, aquel recordado jersey se convertía en una lección sobre cómo la moda influye incluso en lo que creemos elegir libremente. Miranda no hablaba de un color, hablaba de identidad y poder.
Esta vez, más presente que nunca, una gran alfombra cerúlea abría el paso hacia la gala anual de Runway. Sobre ella, Miranda aparecía con un icónico vestido rojo de alta costura.

A pesar de su espectacular entrada en escena con el vestido rojo, a lo largo de la cinta se muestra este color como un símbolo que aparece estratégicamente en momentos clave. Rompe la neutralidad elegante y llama la atención. Actúa como una declaración de fuerza, de presencia.
La nostalgia bien vestida
Hay ocasiones en las que es bonito y necesario mirar atrás. Esta segunda entrega del El diablo viste de Prada trae consigo un espacio compartido con aquel 2006. Comentarios, lecciones de moda y entradas implacables recuerdan al espectador que ese universo sigue existiendo, aunque haya cambiado. No se busca repetir el pasado, sino reinterpretarlo. Lo que antes se veía como aspiración por encima de todo, hoy se mira con más distancia. Andy Sachs ya no es una becaria a manos de su jefa, y Miranda Priestly posee algo más valioso, la experiencia de los años.


