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El regreso de Trump y la amenaza de la democracia

La nueva presidencia de Trump y su radical campaña electoral suponen un riesgo no solo para la sociedad estadounidense, sino también para las democracias liberales europeas

Ya lo dijo Winston Churchill, «la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado». Estados Unidos es una democracia, sí, pero no todo lo que está ocurriendo en el país es democrático, como el intento por eliminar el derecho de ciudadanía por nacimiento.

Esta orden declara que los hijos de migrantes irregulares nacidos en Estados Unidos ya no tendrán derecho a obtener la nacionalidad, lo cual se opone al principio garantizado por la Decimocuarta Enmienda de la Constitución del país: «Todas las personas nacidas o naturalizadas en los Estados Unidos, y sujetas a su jurisdicción, son ciudadanos de los Estados Unidos y del estado en el que residen».

A esta medida racista e inconstitucional, se le suma el persistente negacionismo de Trump frente al cambio climático, tras retirarse del Acuerdo de París. Que EE.UU., uno de los principales países responsables del cambio climático, se desentienda de la lucha contra el mismo resulta incluso absurdo, más aún después de las consecuencias tan ostensibles que este ha dejado en el territorio estadounidense, como el paso devastador del huracán Helene a finales de septiembre de 2024.

En manos de este mismo hombre que niega catástrofes climáticas que han costado las vidas de sus propios compatriotas, queda el futuro y la forma mediante la cual se abordarán dos grandes conflictos que tocan a las puertas de Europa: las guerras de Gaza y Ucrania. También hay que mencionar la incertidumbre a la que se enfrentan los miembros del colectivo LGBT, que temen que el regreso de Trump suponga un retroceso en sus derechos y libertades.

¿Historia repetida? El peligro de olvidar las lecciones del pasado

Toda una sucesión de políticas y órdenes ejecutivas disparatadas que arremeten contra la salud democrática estadounidense y que no puedo evitar comparar con los primeros andares políticos de otro personaje histórico allá en los años treinta que lideró uno de los más atroces regímenes dictatoriales y que a día de hoy nos hace reflexionar con preguntas como si es posible que en la década de 1930 toda una nación se sometiera tan fácilmente a aquella ideología supremacista que costó millones de vidas humanas o si podría acaso haberse evitado. Las tragedias nunca llegan de golpe, sino que van abriendo brechas en la sociedad que las anuncian.

Trump ha sido muy claro con sus discursos de odio estos últimos años y a nadie debe sorprender que, durante los primeros días, tras su llegada a la Casa Blanca, aplicara las políticas migratorias con las que tanto ha amenazado y que han ocupado el centro de sus narrativas electorales. Ya ha declarado la emergencia nacional en la frontera Sur para detener la «invasión» de los «criminales» y comenzar lo antes posible con las deportaciones.

Un eco inquietante de la historia

Se dice que la historia no debe olvidarse para evitar que se repita, y por eso es conveniente recordar una de las primeras medidas de Wilhem Frick, ministro del interior del Gobierno de Hitler: el decreto de inmigración que impedía la entrada de inmigrantes a Alemania, entendiendo «inmigrantes» a, por ejemplo, los judíos, claro.

Huían desde el Este de la Gran Guerra, de los pogromos zaristas, la guerra civil rusa, y un largo etcétera de escenarios indeseables y sanguinarios, ignorantes de que lo que les esperaba en ese país de tránsito hacia América era la mismísima muerte y un odio inmensurable cada vez más arraigado en la sociedad alemana. Los nazis utilizaban la propaganda y la cultura (arte, cine, y música) como una especie de «poder blando» para alentar a los alemanes de la invasión de esos infames llegados del Este e implantar ese celo y esa locura antisemita entre la gente.

Voy a contar una historia, y toda coincidencia con la actualidad es pura casualidad: Claro que los nazis no se conformaron con cerrar fronteras a los miserables de los judíos. Sino que también debían librarse de aquellos que llevaban desde antes de 1933 camuflados entre los humanos, los humanos de verdad. Un 80% de los judíos que vivían en Alemania en ese entonces poseían la nacionalidad, pero ese dato no es muy importante. Esos judíos intrusos que, incluso se atrevían a sentir orgullo de ser alemanes, tenían que largarse también. Con el decreto de inmigración comenzó «la guerra contra la delincuencia» en lenguaje militar. Se produjeron detenciones y redadas para encerrar a esos delincuentes en la cárcel, y mientras tanto, la opinión pública permanecía impasible y conforme ante estas nuevas medidas.

La concentración del poder: un camino hacia el autoritarismo disfrazado de democracia

El pasado mes de enero, los norteamericanos escogieron a Trump como presidente, un hombre sin escrúpulos, un perfecto canalla y un delincuente privilegiado, cuyo programa electoral consiste en restaurar los nombres que honran la grandeza estadounidense, proteger al pueblo estadounidense de la invasión y proteger el significado y el valor de la ciudadanía estadounidense, entre otras tantas promesas. Casualidad o semejanza con las promesas y leyes nazis: unir a todos los alemanes bajo criterios raciales y étnicos, la Ley de Desnacionalización revoca la ciudadanía de los judíos nacionalizados y de personas «indeseables», la Ley del Ejército expulsa a los oficiales judíos del ejército… Ambos señalando a un enemigo único, el antagonista de la nación. Uno presentándose como salvador del pueblo, otro como garante de la democracia: ambos farsantes.

Donald Trump, quien admira a Hitler sin intención de ocultarlo al afirmar que quería generales como los suyos, cuenta con el apoyo incondicional de los gigantes tecnológicos, empresas que poseen información incalculable sobre todos nosotros y que parecen no estar sujetas a ningún tipo de control ni límites. No hace falta ser nazi para cegarse de odio hacia los inmigrantes ni Hitler para iniciar una dictadura, pues pese a que se dice que la historia no ocurre dos veces, estamos ante uno de los momentos más críticos del mundo contemporáneo, en el que la democracia está siendo amenazada y destruida desde adentro a través de métodos democráticos legitimados por una Constitución como es el voto popular, que ha impulsado a Trump y sus secuaces multimillonarios (Musk, Bezos) al poder, al que se van a aferrar con uñas y dientes.

Ahora bien, para ello, este régimen populista ha ido e irá infiltrándose y manipulando las instituciones democráticas existentes. Trump continuará promulgando sus discursos alarmistas ante una crisis ficticia, y presentándose como la única solución a los problemas, fomentando la percepción corrupta e irreparable del sistema democrático, hasta implantar de manera subrepticia un nuevo sistema en el que todos los poderes se concentren. O como dijo Antonio Gramsci, destruir la democracia con más democracia. Sin darnos cuenta, de que bajo el pretexto de más participación o más reformas democráticas, estamos allanando el camino a los más malos hacia un régimen autoritario o una guerra de consecuencias irreparables.

 

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