La IA, ¿progreso o peligro?
El avance de la Inteligencia artificial es progresivo, avanza de manera rápida y peligrosa. A medida que se desarrolla, supone una mayor amenaza a la hora de sustituir las capacidades humanas que nos definen, llegando hasta el punto de hacernos prescindibles en muchas ocasiones.
El desarrollo de la IA está guiado por intereses sociales. No es una herramienta para el bien común, sino un producto de consumo. Los beneficiarios detrás de esto son las grandes corporaciones tecnológicas que disponen de los recursos necesarios para incentivar la inteligencia artificial que les resulta rentable. Sabiendo quién se beneficia y qué está causando deberíamos preguntarnos: ¿qué mundo estamos construyendo con ella?
La evolución de la IA está priorizando la automatización de tareas, maximizar la atención de los usuarios en redes e incluso llegar a controlar y estudiar nuestras tendencias y opiniones. Además, está favoreciendo desigualdades socioeconómicas, beneficiándose, aquellos que ya tienen el capital, de los procesos automatizados. Ya que estos se aprovechan de la reducción de costes a base de prescindir de los errores, cansancio, jornadas, bajas y salarios del ser humano. Situaciones como estas están convirtiéndonos en «elementos innecesarios» para algunas acciones. Los primeros trabajos en sustituirse están siendo los más vulnerables, pero no son solo trabajos lo que la IA es «capaz» de reemplazar. Los vínculos emocionales también han sido un factor reemplazable por la inteligencia artificial, como los asistentes virtuales o sistemas capaces de «comprender» nuestras emociones y aconsejarnos. Todos estos factores pueden resultar peligrosos porque deterioran nuestra humanidad.
Esas cualidades humanas que nos caracterizan comienzan a ser algo imitable y dejan de formar parte de nuestro ser. Y ahí es donde entra la ética, ¿compensa el beneficio de la IA a costa de hacernos prescindibles? Numerosos filósofos se han dedicado al estudio de la humanización, de eso que nos diferencia, el hecho de ser. Y, actualmente, ha dejado de ser algo que nos caracteriza al cien por cien, ya que existen mil opciones para que la IA replique características, hasta entonces consideradas humanas.
Influye en la toma de decisiones éticas y morales de entornos importantes, como el sistema judicial, éticas médicas e incluso de política. Además, puede generar contenido humano como crear libros, o música. También es capaz de preservar incluso mejor que nosotros nuestras propias culturas y tradiciones. Lo que únicamente se conservaba por transmisión humana, ahora las IAs pueden transmitirlo también. Esto, en cierto sentido, nos indica que ya no somos necesarios ni para recordar aquello que forma parte de nosotros.
Sin embargo, el papel del ser humano es no permitir este remplazo, ya que es nuestro deber como sociedad que está transmisión nos pertenezca. La IA puede tener muchos beneficios, pero no por ello ha de sustituir la actividad humana y aquello que nos representa. La cultura y el arte son campos creados por la tradición humana y perderían toda su esencia si permitiésemos que la inteligencia artificial se apropiase de ese papel.
Además, al formar parte del ser humano implica un proceso lleno de emociones, valores, y experiencias vividas. La cultura se transmite a través del lenguaje, la interacción social, el arte y de todos esos elementos que nacen de la subjetividad y empatía humana. La IA puede imitar patrones e incluso replicar tradiciones, pero lo hace desde el conocimiento ya existente. Es decir, puede reproducir lo que el ser humano ya ha creado, pero nunca entenderlo ni transmitir el verdadero fondo de la cultura.

