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Francisco Bescós: «La discapacidad no tiene un único relato»

El autor publica Mantis, un thriller con una protagonista poco fiable

La nueva novela de Francisco Bescós, Mantis, mezcla thriller, crítica social y una protagonista poco habitual en el género. Fina, una joven con discapacidad, narra la historia desde una voz sarcástica y poco fiable que desafía los estereotipos habituales en la literatura.

El escritor asturiano parte de su propia experiencia como padre de una niña con parálisis cerebral severa para reflexionar sobre cómo se cuentan las historias con personajes con diversidad funcional. Para Bescós, el problema no es la ausencia de relatos, sino que durante demasiado tiempo ha predominado una única forma de narrarlos.

Ambientada en un enorme centro logístico del corredor del Henares, Mantis combina investigación y acción con un retrato verosímil de las tensiones laborales contemporáneas. Una novela que bebe tanto del thriller clásico como de la cultura pop para construir una historia que te sorprende en cada capítulo.

Francisco Bescós busca ante todo «contar buenas historias para lectores exigentes». En esta entrevista nos permite profundizar sobre todo lo que rodea la escritura de una novela de género en la que la acción, la experiencia personal y la mirada social se entrelazan.

Pregunta: Me gustaría empezar por tu protagonista. ¿Cómo llegas a Fina? Es un personaje bastante inusual.

Respuesta: Fina nace en parte de mi experiencia personal. Tengo una hija con parálisis cerebral muy severa, más que la propia Fina. Desde que nació, la discapacidad ha estado presente de alguna manera en mis novelas, porque siento que la parte más dura de esta realidad no está bien contada. Aunque yo me siento más representado por el personaje de Evaristo.

En 2020 publiqué un ensayo, Las manos cerradas, donde hablaba de mi experiencia como padre. Para poder escribirlo creé una voz ficticia en primera persona: imaginé a mi hija narrando la historia con un tono sarcástico y provocador. Era una voz imposible, porque mi hija nunca va a poder hablar, pero funcionó muy bien.

Con Mantis quise recuperar esa voz y llevarla a una novela. Además, era un reto técnico, es la primera vez que escribo en primera persona y con un narrador no fiable. Fina me permitía explorar eso y, al mismo tiempo, cuestionar los relatos dominantes sobre la discapacidad.

Siempre digo que no existe un único relato de la discapacidad. Hay tantas experiencias como personas.

P: Dices que te identificas más con Evaristo que con Fina, lo cual es curioso siendo un personaje que tarda en darse a conocer en la novela.

R: Me pasa mucho. En mis novelas suelo usar protagonistas femeninas porque, cuando escribo personajes masculinos, se parecen demasiado a mí.

Desde que nació mi hija, utilizo a los personajes masculinos que comparten circunstancias conmigo como una especie de advertencia. Son personajes en los que vuelco aquello en lo que no quiero convertirme. Hice lo mismo en Ronda, con el personaje de Juan Luis Seito. Son como una «bandera roja» personal: una forma de señalar el camino que no quiero recorrer.

P: En la novela mezclas escenarios de la Alcarria con referencias a Asturias. ¿Qué fue más difícil documentar?

R: Yo no soy el escritor que puede irse un mes a investigar a Viena o a cualquier otro sitio. Soy padre de familia numerosa y trabajo como redactor freelance, así que escribo a partir de lo que la vida me pone delante.

En este caso, hace años trabajé en una startup que desarrollaba un sistema de comunicación interna para empresas. Hicimos una prueba piloto en dos centros logísticos del corredor del Henares, y la primera vez que entré en uno de ellos pensé: «Aquí hay una novela».

Era un lugar gigantesco, casi como una ciudad. Me pareció un escenario perfecto para algo tipo La jungla de cristal, pero en un centro logístico. Y fíjate que es una idea que, aunque la tengo hace 10 años, ha envejecido muy bien. Al final los centros de logística se han convertido en algo estratégico absolutamente fundamental para nuestra civilización post capitalista.

Ahí donde hay cierta prosperidad, hay un centro de Amazon o empiezan a proliferar empresas chinas como AliExpress. La verdad es que me seguía un poco latiendo esa idea en la cabeza y fue la que me lanzó a desarrollar.

«Los centros de logística se han convertido en algo estratégico absolutamente fundamental para nuestra civilización post capitalista»

P: Además reflejas bastante bien el ambiente laboral de estos lugares. Algo así como una mezcla de cansancio continuo y ganas de quemarlo todo, ¿lo hiciste de manera consciente?

R: No soy un autor especialmente interesado en hacer denuncia social, pero creo que los conflictos reales mejoran las historias.

Mis novelas suelen tener premisas muy espectaculares, casi de blockbuster, pero cuando les añades conflictos realistas, ya sean laborales, sociales o personales todo gana verosimilitud.

En este caso, además de mi experiencia laboral en una multinacional, tenía acceso a los mensajes que los trabajadores enviaban a través de esa aplicación interna. Era como un buzón de sugerencias anónimo, y ahí aparecía de todo: conflictos laborales, acusaciones entre compañeros, tensiones con los sindicatos, accidentes… Ese material me permitió construir un entorno bastante realista.

P: En tus novelas aparecen muchas referencias a la cultura pop. ¿No temes que envejezcan mal?

R: Las uso por dos razones. La primera es porque me gustan, claro. Pero también porque ayudan a construir personajes. Hay un tipo de personaje muy repetido en la literatura: el detective culto, sibarita, lector de grandes clásicos, que ya está muy visto. Yo prefiero personajes más cercanos a la realidad.

Fina, por ejemplo, tiene referencias muy concretas y a veces un poco raras, finge odiar Star Wars y te sale con una película de David Cronenberg. Eso ayuda a perfilar su personalidad: es alguien que siempre intenta situarse al margen.

Escena de Existenz de David Cronenberg | Fuente: Filmin

P: ¿No te daba miedo caer en el cliché de la protagonista invencible?

R: No, porque Fina está llena de defectos. No es un personaje perfecto ni mucho menos. Es alguien que vive con muchos complejos y que se protege alejándose de los demás. Le cuesta confiar en la gente y tiene mucho miedo al compromiso.

Cuando se enfrenta a una situación límite, lo primero que descubre son sus propias limitaciones. Cree que controla su discapacidad, pero cuando entra en una situación extrema se da cuenta de que necesita a otros.

Ahí aparece otro personaje, Mariela, con quien mantiene una relación muy ambigua. Ese descubrimiento de la dependencia es una parte importante de la historia.

P: Has dicho que tu ambición es contar buenas historias. ¿Estás satisfecho con lo que escribes?

R: En general sí, aunque tengo un truco: no releo mis novelas una vez publicadas.

Cada libro responde a un objetivo concreto. Mi primera novela, El baile de los penitentes, tenía un objetivo muy sencillo. Yo quería demostrarme que podía terminar una novela. Con La ronda quería escribir algo muy divertido, casi como un parque de atracciones literario, porque venía de escribir un ensayo muy duro.

Y con Mantis quería enfrentarme a retos técnicos, a escribir en primera persona, construir un narrador no fiable… Creo que lo he conseguido.

P: ¿Has recibido alguna reacción de lectores que te haya sorprendido?

R: Alguna sí. Recuerdo una lectora que criticaba el final de La ronda porque pensaba que era otra historia más de asesinos en serie… y en realidad no tiene nada que ver con eso.

Pero en general la mayoría de los lectores entienden bien lo que intento hacer. Y cuando hablo de discapacidad, muchas veces recibo mensajes de padres de niños con discapacidad que me agradecen que haya puesto en palabras cosas que ellos sienten. Eso para mí es muy importante.

P: Con tres hijos, trabajo freelance… ¿de dónde sacas el tiempo para escribir?

R: Es complicado. Yo no tengo rutinas literarias idealizadas.

Te agradezco que me lo preguntes de esa manera, porque normalmente la pregunta suele ser sobre cuáles son mis rutinas o cuáles son mis ritmos y para mi no es realista. Yo cuando normalmente trabajo, trabajo sobre el deadline ya cuando me quedan 3 meses para entregarlo.

Trabajo mucho con plazos. Me levanto a las cinco y media de la mañana para escribir newsletters para clientes. Luego preparo a los niños para el colegio, trabajo durante el día y, si consigo sacar un rato, intento escribir unas mil palabras de la novela.

Las brechas de tiempo son un poco surrealistas, a veces son cinco minutos aquí y diez minutos allá. Es bastante caótico.

P: ¿Consigues desconectar de las novelas?

R: No del todo. A mi mujer no le gusta pero es difícil. Las novelas no se escriben solo delante del ordenador.

Las ideas aparecen conduciendo, en la ducha, paseando… Puedes estar mirando por la ventana pensando en una escena y eso también forma parte del proceso. Y luego las ideas se van dilatando y te puedes quedar idiotizado pensando en una escena.

En cierto modo es escribir también, es lo que hace que cuando te pongas delante de una página en blanco no partas de cero, ya llegas sabiendo lo que vas a contar.

P: ¿Cuánto tiempo llevas escribiendo Mantis?

R: Depende de cuándo empieces a contar. La idea del centro logístico apareció hace unos diez años. Pero el momento en que supe que la novela existiría fue cuando se la conté a mi agente y me dijo que le gustaba y que me daba un año para escribirla. En ese momento ya no había vuelta atrás.

P: ¿Entonces escribes un poco por presión?

R: Sí, también. Presión externa y presión propia. Soy bastante cobarde en ese sentido, no me gusta decepcionar a la gente, así que cuando me comprometo con algo intento cumplir.

«Si realmente queremos apoyar a los escritores, la mejor ayuda no son residencias en lugares exóticos para inspirarse. Es pagarles por el tiempo que pasan escribiendo»

P: Has hablado de tu mujer. Existe la idea de que los escritores son personas que tienen familias pero están alejados de la realidad, que se dedican a su arte. ¿Cómo se concilia escribir, trabajar y tener familia?

R: Ganando dinero. Es la única manera. Puede sonar poco romántico, pero para mí escribir tiene que ser un trabajo. En mi caso las horas que estoy escribiendo tienen que ser remuneradas. No podría justificar pasar horas escribiendo si solo alimentara mi vanidad.

Todavía no vivo de la literatura, pero cada vez genera más ingresos. Eso me permite justificar ese tiempo como parte de mi trabajo. Por eso siempre digo que si realmente queremos apoyar a los escritores, la mejor ayuda no son residencias en lugares exóticos para inspirarse, es pagarles por el tiempo que pasan escribiendo.

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