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La IA instrucciones de uso

La expansión de la inteligencia artificial amenaza no sólo al trabajo, sino al pensamiento humano. Un análisis sobre el impacto de ChatGPT en nuestra creatividad, nuestros ritmos de vida y la fragilidad creciente del espíritu crítico

«ChatGPT nos está haciendo tontos» es una frase que repito en mi día a día. Es extraño: el año pasado ni siquiera conocía qué era ChatGPT. Intento justificar su existencia porque la considero inevitable y digo que es una herramienta más, pero su predominancia en nuestro pensamiento está convirtiéndola en algo más allá. Es un recurso, una solución, e, inevitablemente, un reemplazo. Ya no a nuestro trabajo, sino al pensamiento.

En 1950, Turing publicó un artículo histórico llamado Computing Machinery and Intelligence, en el que especulaba sobre la posibilidad de crear máquinas que piensen. En este, señaló que ‘pensar’ es difícil de definir, e ideó la prueba de Turing: si una máquina pudiera mantener una conversación que fuera indistinguible de una conversación con un ser humano, entonces era razonable decir que la máquina estaba ‘pensando’. En muchos finales postapocalípticos en los que las máquinas ganan, ideamos que el ‘pensamiento’ (término que ni siquiera les puede pertenecer de manera directa, porque es inherente y único del ser humano) es superior al nuestro. En la ficción conseguimos derribar nuestro ego y aventurarnos por crear una amenaza que destruya la humanidad de forma física, corpórea, que la herida se muestre y hallemos un rastro de caos. Esta devastación ha llegado, pero no es física, como imaginamos: es mental.

Me da entre vergüenza (por pertenecer a este gremio) y vértigo (porque el futuro es un sinónimo de incertidumbre) el pensar qué será del periodismo cuando un par de directivos anuncien públicamente que la Inteligencia Artificial es un redactor más de sus mesas. Las dos ‘V’s también me vienen cuando pienso en mí misma y en si lo utilizaré con apuro cuando trabaje en un medio de comunicación. Es tentador utilizar OpenAI porque juega con el bien más codiciado del siglo XXI: el tiempo libre.

Ahora mismo trabajar menos de ocho horas en el ámbito periodístico es un lujo a los que solo unos pocos pueden acceder. Lo normal es quedarse más del horario habitual en la redacción, y cuando se está fuera de ella, uno también trabaja en su carrera, pues las entrevistas, eventos, o convocatorias, muchas veces (por no decir casi siempre) no coinciden con las estrictas ocho horas obligatorias en las que se calienta silla. Damos lo que sea por levantarnos antes y pasar tiempo con los que queremos, incluso ya no tenemos tiempo de parar y estar con nosotros mismos porque el tiempo no nos lo permite, entonces retrasamos asuntos pendientes de nuestra vida privada porque estamos absortos en el trabajo; las parejas rompen tarde, las visitas a familiares no se hacen, los amigos se pierden y las pasiones se apagan –y con esto se produce la mayor catástrofe que le puede pasar a alguien: que el niño interior muera–. Es el Workin’ 9 to 5 de Dolly Parton, pero en el periodismo sería Workin’ 6 am to 6 pm. Con esto en mente, ¿cómo no va a ser tentador utilizar algo que me va a reducir ese horario? Pero de nuevo, las ‘V’s me vienen a la cabeza y se me revuelve un poco el estómago.

Nos encontramos, –¡también!– con un nuevo dilema incorporado por el capitalismo en caso de que alguien quiera utilizar la inteligencia artificial. Este mismo año, National Geographic publica La sed de ChatGPT y desvela que el programa utiliza 519 mililitros de agua cuando realizamos una consulta, con voluntad de multiplicarse en los próximos años. El cuidado del medioambiente, sin embargo, nunca ha preocupado lo suficiente porque al ciudadano promedio no le afecta –o cree que no– de forma directa: un “si no lo veo no lo creo”, pero si lo ve en redes sociales, tampoco lo cree. Es curioso. A lo mejor, si nos cortasen el agua de nuestra casa por cada consulta que hiciésemos en esa IA, no consultaríamos absolutamente nada.

Recientemente, además, hay una tendencia en X de utilizar ChatGPT para que recree imágenes con el estilo de animación de Studio Ghibli –o en el estilo que uno quiera, pero ahora les ha dado a las mismas personas que se burlaban de quienes veían anime en el instituto por recrear las fotos que se hacen de fiesta en el estilo de Miyazaki–. Ya en el 2016, cuando mostraron a Hayao Miyazaki un programa de animación motorizado por IA, el big boss de Ghibli –y de la animación, en general– dijo que era “un insulto a la vida misma”. Hay que detenerse en la declaración para entenderla, sobre todo porque parece que hemos olvidado que las cosas, en su gran mayoría, cuestan y tienen un propósito. Un buen cuadro no se pinta solo y, además, tiene un propósito. René Magritte pintó La traición de las imágenes: Esto no es una pipa para cuestionar la realidad, la representación y el lenguaje. Jacques Louis David pintó La muerte de Marat como homenaje a su amigo, el propagandista revolucionario Jean-Paul Marat, tras su asesinato.

Sin ir más lejos y remontándonos a Ghibli: El chico y la garza es una película semiautobiográfica de Hayao Miyazaki, inspirada en su propia vida. En la película, el protagonista –Mahito– y su padre se mudan al campo tras la muerte de su madre: Miyazaki huyó de Tokio durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial y se estableció en el campo siendo niño. Cualquiera que haya visto dos películas de Ghibli se dará cuenta de que esta refleja más que nunca el trauma de Miyazaki por la guerra. No digo que el arte tenga que ser excéntrico, pido que signifique algo: la foto con tus amigos que acabas de generar se quedará en el olvido a la hora siguiente de hacerla, porque te da igual y porque no has invertido ni tiempo –ni dinero–, ni propósito en ella. No sé si, visto lo visto, en vez de pedir, exijo.

Nos estamos acercando a una época muy débil de pensamiento. Peligra, de forma alarmante, nuestra capacidad crítica y nuestra comprensión general del mundo. No es un problema propio, como nunca lo es: se trata de una cuestión de horarios, de poco respeto –propio y al otro–, de escasez de creatividad y de capitalismo salvaje. Probablemente los mayores enemigos invisibles del ser humano. Parece que no sabemos cómo combatirlos. A lo mejor, también nos estamos quedando pobres de espíritu.

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