El peso que no puede ser ni medido ni visto. Las comparaciones y los sentimientos de culpa como consecuencia de una insatisfacción perpetua
“Ojalá estar más delgada” es la frase que escucho o leo prácticamente a diario. Por lo menos más de lo que me gustaría. Amigas, familiares o incluso desconocidas por redes profieren estas palabras mientras se intoxican con trucos baratos, rutinas de gimnasio o dietas restrictivas con tal de verse más delgadas.
Estoy harta. Harta de sentir que en esta sociedad nada es nunca suficiente. Harta de ver vídeos de recomendaciones de comidas bajas en calorías o remedios para calmar la ansiedad al comer. Harta de ver mentiras vendidas por una pizca de esperanza. Pero, sobre todo, estoy harta de vivir envuelta en odio, en estereotipos, en metas que se alejan cada vez más, mientras la carrera solo se hace más larga y pesada.
La realidad es que se trata de un ciclo infinito marcado por la insuficiencia. El ciclo comienza de esta manera: la sociedad marca unos cánones de belleza, no estás dentro de ellos, te comparas, no te gustas, ¿o sí?, pero podrías estar mejor, más delgada. Buscas soluciones, empieza la motivación. Visualizas el objetivo. Empiezas a investigar y a probar diferentes recomendaciones que has visto por TikTok. Y luego te obsesionas, te obsesionas y te obsesionas. ¿Lo has conseguido? No, aún puedes hacer más, siempre se puede hacer más. Y cuando te quieres dar cuenta, ya hay otra inseguridad nueva, otra exigencia más para alcanzar el cuerpo perfecto. Y lo que sigue después de todo esto, se encuentra al principio de este mismo párrafo.
¿Quién provoca esto? La opción más sencilla es apuntar al blanco fácil: los medios y las redes sociales. Que no es incorrecto, pero es como tachar de culpables a las armas en un conflicto bélico, cuando tan solo son la herramienta. Es más útil empezar buscando responsables en quiénes las utilizan. Nosotros. Todos, directa o indirectamente, tenemos un peso en establecer lo que es o no es correcto o aceptado. Tanto quienes crean las mentiras, como quienes las comparten, son responsables de la proliferación constante de soluciones aparentemente fiables y de los estándares de belleza que tanto nos perjudican. Porque llegados a este punto, estar delgada tampoco parece ser suficiente.
A veces no hace falta herramienta más eficaz que el lenguaje para criticar y llenar la sociedad de odio. Basta con una palabra, un comentario para abrirle la puerta a una nube de pensamientos intrusivos y pesimistas. Tenemos que empezar por reeducar nuestra mirada hacia nosotros y hacia el resto: aprender a mirar sin juzgar y a opinar sin criticar.
Tampoco vamos a afirmar que las frases “ámate a ti misma” o el concepto de “body positive”, entre muchas otras, son útiles y suficientes, pero el problema nunca fue nuestro cuerpo, sino lo que nos han enseñado a sentir sobre él. Gracias a él caminamos, comemos, nos movemos, vemos y escuchamos, pero terminamos reduciéndolo a un reflejo en el espejo. A un número en la báscula. No se trata de querernos diariamente, es muy complicado, por no decir imposible. Antes de desear con ansias verte delgada, empieza por pensar por qué crees que no vales lo que pesas. ¿Alguna vez has escuchado a alguien decir: voy a dejar de ser su amiga porque no tiene abdominales y tiene barriga? Te quieren por lo que eres, más allá de cómo te ves.
No quiero dejar exentos a los hombres de este problema, ni mucho menos, a los niños y niñas que se sienten así desde edades muy tempranas, pero yo vivo este problema desde la mirada femenina. Desde los llantos de las amigas a las que más quiero y más he visto sufrir por esto, de quienes han luchado y luchan en silencio, de quienes han terminado hospitalizadas y de quienes sienten que jamás es suficiente.
Ojalá algún día el cuerpo deje de ser una condición y un problema. Ojalá dejemos de compararnos. Ojalá llegue el día que mirar al espejo no duela. Ojalá este peso se sienta más ligero. Porque estamos hartas.

