Una democracia herida entre sobres, contratos y silencios
Desde que estalló el caso Koldo, la corrupción política volvió a ocupar el foco mediático, y tengo la sensación de que hemos cruzado un umbral peligroso. Uno en el que ya ni siquiera nos escandalizamos. La podredumbre no solo salpica a un asesor o a un ministerio. Salpica al sistema entero. Salpica la credibilidad de nuestras instituciones, nuestra paciencia como ciudadanos y, sobre todo, nuestra confianza.
El caso Koldo, con su red de comisiones, empresas pantalla y supuestos beneficios personales en medio de una emergencia sanitaria, no es una anomalía. Es parte de una narrativa mucho más amplia que conocemos desde hace años. El problema es que cada escándalo nuevo, como este, se recibe como si fuera una escena repetida. Cambian los nombres, cambian los partidos, pero el guion es el mismo: negación, minimización, y luego… nada.
Porque lo más sangrante del caso Koldo y la corrupción política no es solo lo que se ha hecho, sino lo que no se ha hecho después. No ha habido dimisiones ejemplares. No ha habido asunción de responsabilidades. No ha habido una investigación interna pública. Lo que ha habido es una estrategia de contención: que pase el tiempo, que venga otro tema, que se diluya en la maraña de noticias diarias.
Muchos ciudadanos nos sentimos huérfanos políticamente. No porque no existan opciones, sino porque todas acaban pareciendo el reflejo de lo mismo: estructuras cerradas, obediencia ciega al poder y una desafección total por el ciudadano de a pie. El caso Koldo y la corrupción política no solo saca a la luz a quienes se benefician ilegalmente del sistema, sino también a quienes lo protegen con su silencio.
Lo más triste es ver cómo esto afecta a los jóvenes. Los que crecimos en la crisis de 2008, los que vimos cómo caía la promesa de la meritocracia y cómo se desmoronaban los discursos vacíos sobre oportunidades. Y ahora, también vemos cómo se juega con nuestro futuro desde despachos donde los intereses personales priman sobre el bien común.
La política, en su esencia, debería ser servicio público. Hoy parece un negocio. Un lugar donde el amiguismo, la opacidad y el oportunismo no solo no se castigan, sino que se reproducen como norma. Y mientras tanto, los ciudadanos asistimos como espectadores, anestesiados, al teatro del cinismo.
¿Puede cambiar algo? La respuesta más honesta sería: solo si lo exigimos. Solo si casos como el de Koldo García y la corrupción política no se entierran en el olvido mediático. Solo si la indignación se convierte en presión real. En escrutinio constante. En memoria política. En acción. No podemos permitir que lo excepcional se convierta en habitual. Que se nos robe dos veces: una por la corrupción, otra por la resignación.

