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Lo que no te cuentan los tuits de Óscar Puente

Las empresas estatales dedicadas al transporte público han heredado las carencias (o dejadez) comunicativas del ministro

Miércoles, 20 de agosto. 6:15 horas. Me despierto para conducir hasta Valdepeñas, donde a las 7:58 debería tomar un tren de Media Distancia hasta Madrid. Después de unos 50 minutos al volante llego a la estación de tren de Valdepeñas. Una estación con la sala de espera y los baños cerrados y sin personal de Adif o Renfe. Solo una máquina de atención telemática al cliente y un monitor, donde mi tren aparece como «retrasado».

Pasan los minutos y no se sabe nada. Ni causas, ni tiempos, ni previsiones, ni mucho menos soluciones. Después de un rato, se me ocurre consultar el perfil de X de Adif. Ahí sí se avisa de una avería de otro tren en un tramo anterior de la línea. Como si Adif hubiese querido soltar esta información sin hacer el más mínimo ruido, tratando de que no chocase con el disgusto de las decenas de pasajeros que esperaban en vano.

Sobre las 8:30, un chico recurre a esas máquinas de atención al cliente. Logra contactar con un empleado de Renfe, que le remite a otro número de teléfono. Desde esa línea le aseguran que se estudia recurrir a un autobús sustitutivo, y que se trasladarían novedades a los pasajeros pasados unos diez minutos. Spoiler: pasó hora y media hasta que un conductor de una compañía de autobuses comarcal se presentó en la estación para anunciar (él, no Renfe ni Adif) la llegada de ese autobús.

Justo después, empiezan a llegar los SMS a los viajeros. No solo se retrasan los trenes en Renfe. También la información de servicio a los pasajeros. Renfe llegaba tarde y mal. En tanto, decenas de personas, no billetes, veían cómo su tiempo se iba irremediablemente a la basura. Viajeros que se arriesgaban a perder un vuelo en Madrid. Pacientes que se dirigían a la capital para una consulta de salud. Médicos que regresaban a casa después de una guardia de 24 horas. Y, huelga decirlo, para ninguno de ellos es agradable pasar una mañana de agosto a la intemperie en Valdepeñas, en plena Mancha.

Dos horas de silencio absoluto por parte de Renfe y Adif. La megafonía solo emitía mensajes automatizados recordando las prohibiciones de fumar y no sobrepasar la línea amarilla. El retraso oficial del que disponían los propios empleados de atención al cliente era de dos minutos. Los canales digitales de Adif no habían actualizado el aviso sobre el tren de mercancías detenido en Almuradiel. No es que hubiese una comunicación deficiente. Es que la comunicación nunca existió.

A todo esto, me hice una pregunta. ¿Qué opinaría Óscar Puente de todo esto? Me puse a observar su canal favorito de comunicación: las redes. Una rica variedad de puyas y pellizcos a los gobiernos autonómicos del Partido Popular por la gestión forestal, tan en boga de un tiempo a esta parte. ¡Así se habla, Óscar! ¡No dejes títere con cabeza! Pero, ay, qué horrible realización la mía cuando me di cuenta de que me encontraba en el perfil de X del ministro de Transportes del Gobierno de España.

Y es que Puente, ese rottweiler improvisado de Sánchez durante la fallida investidura de Feijóo (quién se acuerda ya de aquello, ¿eh?), ha desarrollado su rol político hasta devenir el primer azote de la derecha. Sin embargo, ¿cuánto le va y cuánto le viene la dirección del Ministerio de Transportes, el puesto que luce con fiereza en su cartera, y sus más de 11.500 millones de euros de presupuesto?

Dudo de que Puente haya vivido de primera mano esta realidad, otra de las tantas de la España atizada por la despoblación. Estaciones sin servicios esenciales como baño o sala de espera en poblaciones en torno a los 30.000 habitantes, sin incluir los numerosos municipios de la misma comarca que la toman como referencia. Todo esto, como decía, en pleno mes de agosto en un lugar de temperaturas respetables como la llanura manchega. Está calentita la cosa, que diría el ministro.

Tal vez, después de esta revisión, empiecen a salir las cuentas. Renfe y Adif han heredado las (in)habilidades comunicativas del primer hombre del ministerio competente. Mientras cunda el ejemplo de Óscar Puente, ninguno de estos viajeros afectados podrá empatizar con el transporte público español. Una sociedad abandonada a su suerte, como viajeros en una estación rural en agosto. Sin un motivo amén de la pura necesidad para recurrir al transporte ferroviario.

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