La cultura cada vez más cara
En los últimos años, la cultura como lujo ha dejado de ser una sensación puntual para convertirse en algo cada vez más evidente. Ir a un concierto, a un festival o a un evento cultural ya no es una decisión espontánea. Lo que antes formaba parte del ocio habitual hoy requiere ahorrar, priorizar y asumir que no siempre es posible.
El aumento del precio de las entradas ha cambiado la relación que muchas personas tienen con la cultura. Asistir a un concierto ya no depende solo de las ganas o del interés, sino del dinero disponible. En este contexto, la cultura como lujo empieza a normalizarse: disfrutar de ella se convierte en algo excepcional, cuando debería ser accesible y compartido.
Este encarecimiento se nota especialmente en la música en directo. En las últimas semanas lo hemos visto con claridad en la venta de entradas de artistas como Bruno Mars, BTS o Harry Styles, cuyos precios han generado debate desde el primer momento.
Para muchas personas, acceder a estos conciertos se ha vuelto directamente imposible. No por falta de interés, sino por falta de recursos. Además, no se trata solo de casos concretos. En muchos tours recientes, las entradas han subido más de la mitad de su precio respecto a giras anteriores del mismo artista. Conciertos que hace unos años eran asumibles hoy se han convertido en un gasto elevado.
A todo esto se suman los gastos de gestión. Lo que antes era un pequeño añadido ahora puede aumentar el precio final de una entrada hasta 20 euros más. El coste anunciado rara vez coincide con el que se paga al final. ¿Hasta qué punto tiene sentido tal cantidad de dinero? ¿Realmente dicha «gestión» vale el precio que estamos pagando?
Hablar de la cultura como lujo no significa negar que artistas, técnicos y equipos tengan derecho a cobrar por su trabajo. La cultura tiene valor y debe sostenerse. El problema aparece cuando ese valor se traduce únicamente en precios cada vez más altos, sin tener en cuenta a quién deja fuera. Cuando el acceso cultural depende del poder adquisitivo, se pierde su carácter colectivo. Los espacios culturales se llenan de perfiles similares, mientras otros desaparecen poco a poco.
Aceptar la exclusividad de la cultura tiene consecuencias más allá del ocio. No solo se pierden conciertos o eventos, sino experiencias compartidas, referencias comunes y conversaciones que nacen de haber estado allí. Quizá la pregunta no sea solo por qué han subido los precios, sino qué estamos dispuestos a normalizar cuando asumimos que la cultura no es para todos.


