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El deporte no se honra con bengalas

Defender los colores del Sevilla FC o del Real Betis no es una mera elección de bandos, es heredar una pasión que se transmite en familias y barrios

Esta rivalidad podría ser motivo de celebración. Pero cuando la emoción se convierte en confrontación, las calles de Sevilla pagan el precio. Los cánticos e insultos de los aficionados han trascendido los estadios, llegando a las calles.

A lo largo de todo el año, se han producido episodios que llevaron a la capital andaluza al límite. Se vieron escenas que poco tienen que ver con la pasión por el fútbol. El 10 de octubre de 2025 fueron detenidos 21 aficionados radicales tras los altercados durante la final de la Copa del Rey. Estos disturbios demuestran hasta qué punto un simple pasatiempo, como apoyar a tu equipo de fútbol favorito, se ha convertido en un problema que pone en peligro la seguridad ciudadana

Es realmente difícil encontrar una solución. Un simple “tenemos que acabar con esta violencia” no sirve. Es necesario que los forofos se replanteen cómo viven el deporte, el enfoque que se le da en prensa y qué hacen las autoridades locales para fomentar espacios que llamen a la convivencia. Porque el deporte sevillano tendría que conseguir explotar al máximo el sentimiento de pertenencia de toda una ciudad, no enfrentarla. 

Para que Sevilla consiga cambiar esta imagen negativa que se está creando alrededor de su cultura deportiva se tiene que enfrentar con decisión la violencia asociada al deporte. Para ello, todos aquellos que disponen de un altavoz —medios de comunicación, poderes políticos y clubes deportivos— deben desarrollar medidas efectivas para detener esta ola de violencia y fomentar el respeto y la seguridad. No basta con acabar los disturbios, hay que educar a los aficionados para que la pasión no se convierta en violencia. 

Si no se corta de raíz esta espiral de violencia, las reyertas dejarán de ser sucesos aislados para convertirse en un problema recurrente. El problema surge cuando la pasión deportiva no se queda dentro del estadio y la ciudad se convierte en un campo de batalla.

Cuando la violencia ocupa más portadas de periódicos que el propio deporte, se pierde el sentido completo de lo que significa sentir los colores. Esto deja un mensaje, cuanto menos, preocupante, pues ya se empieza a ver al contrario como enemigo. Solo volviendo el respeto —dentro y fuera del campo— la pasión volverá a ser positiva. Porque la victoria para la ciudad no son los goles, es vivir el deporte con ilusión y no con miedo.

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