¿Qué ocurre con la opción que no cogemos, con la que descartamos?
La carrera que no elegimos, el tren al que no nos subimos, los trabajos que declinamos; todos tomamos cientos de decisiones a la semana. Desde que nos despertamos, elegimos levantarnos de la cama.
Elegimos la ropa que nos ponemos, si ese día vamos en metro o en bus al trabajo o a la universidad. Si no vamos; si escuchamos música, qué música escuchamos… somos seres humanos con capacidad de pensar, de razonar y de decidir. Esto es lo que nos ha tocado, y es lo que debemos hacer.
Pero a veces las decisiones son mucho más complejas. Tomamos decisiones influidas por otras personas. Tomamos decisiones basándonos en lo que es más correcto o en lo que nos dicta el corazón. Pero las tomamos, aunque no siempre estemos preparados para ello.
En ocasiones, por circunstancias externas a nosotros, nos toca decidir sobre asuntos para los que a veces no estamos listos. Aprender a decidir es un proceso que muchas personas tienen que pasar. Porque hay decisiones banales, que tenemos que tomar diariamente sin que afecten demasiado al rumbo de nuestra semana, pero también hay decisiones que pueden cambiarnos la vida.
En un futuro muchos de nosotros tendremos que decidir sobre si nos embarcamos en esa hipoteca para comprar la casa que nos gusta, tendremos que decidir sobre dos ofertas de trabajo que quizás se nos han presentado a la vez, o sobre mudarnos a otro país, a otra ciudad, a otro barrio. Quién sabe.
Lo que quiero decir con todo esto es que, cuando decidimos un camino, hay otros tantos que quedan atrás que no vuelven a ser una opción viable. Siempre que se toma una decisión, existen factores y situaciones que no se deciden.
Y eso es lo que personalmente considero complicado. Decidir con el: «¿qué pasaría si hubiera hecho esto otro?» Porque esa es quizás la peor parte de decidir. Saber que hay algo con lo que no te quedas, y que no sabes si volverá a ocurrir o si se te volverá a presentar. Algo que nunca llegó a ser tuyo. Y aquí es donde entre en juego lo que me contestó mi madre en una ocasión: «hay trenes que no solo pasan una vez».
La vida no solo nos presenta una oportunidad para elegir. Hay elecciones que reaparecen, que tenemos que volver a tomar, aunque no sea exactamente de la misma forma. Y es enriquecedor dejar de decidir algo pensando que tal vez en otro momento, con otras circunstancias, se nos vuelva a presentar una oportunidad parecida.
De hecho, un pensamiento recurrente que últimamente mantengo presente cuando tomo alguna decisión que me parece más relevante es que si no se da una situación o dejo de elegir una opción, es porque tenía que ser así. Porque no eran las condiciones, el momento o la situación óptimas.
Y lo que es objetivamente cierto es que aunque quedemos acongojados por haber tomado una decisión u otra, tendremos que seguir tomando miles más durante toda nuestra vida. Por lo que, desde mi humilde punto de vista, mejor vivir con la conciencia tranquila, y no con el «qué hubiera pasado si».


