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Hay que llamar al lenguaje por su nombre

Se trata de repetir ciertas palabras hasta que parezcan inevitables

«La jaula del lenguaje» funciona porque se sustenta en la costumbre y la repetición. Hemos convenido que las cosas son como las llamamos, y esa convención se convierte en una verdad operativa. No hace falta demostrarla porque basta con usarla.

El otro día en Lo de Évole de laSexta, Jordi Évole entrevistó al periodista y escritor Juan José Millás. Además de parecerme divertido, varias ideas me golpearon, me hicieron cambiar de postura. La que más, en palabras del propio Millás: «vivimos atrapados en la jaula del lenguaje».

Por qué ser alto se tiene que admirar y ser bajo se tiene que explicar. Lejos de hablar de estaturas, Évole dice: «Igual, si los Borbones hubiesen sido bajitos, nos los hubiésemos cargado ya». «Igual tendríamos República», remata Millás. Lo ejemplifican con algo aparentemente tonto, que es como mejor funcionan las cosas importantes.

De ahí, de esa suave y delicada guillotina, aparece la idea de la jerarquía que escondemos dentro de un simple adjetivo. Bajo que, casi siempre, es «bajito», es un juicio social, una posición, una broma recurrente, una desventaja imaginaria o una excusa, según el contexto. El lenguaje es eso. Nombrar. Pactar lingüísticamente.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu explicó con una elegante mala leche que la autoridad del lenguaje reina gracias a la colaboración de los gobernados. No hace falta que nadie te prohíba hablar; basta con que aprendas, pronto y bien, lo que queda bien decir, lo que no toca o no pinta nada, lo que es mejor en privado. Millás insiste en que el lenguaje es uno de los motores de programación más eficaces que existen. Aprendemos a hablar antes de aprender a pensar.

La educación, la cortesía o el sentido común. Hablar «como se habla» es pertenecer. Y la forma correcta de hablar no es neutral. La lengua dominante es la lengua de los dominantes. Se habla así, entonces hablamos así.

George Orwell, el gran novelista y periodista británico, llevó esta intuición al extremo en 1984 con la neolengua, que no era un idioma futurista con estética dictatorial, era un idioma diseñado para que ciertas ideas fueran directamente impensables. No hacía falta castigar al disidente si no podía enunciar y plantear su disidencia. Si se recortan las palabras, se recorta el pensamiento. Si se suprimen matices y se reduce el vocabulario, la gente pierde la capacidad de formular ciertas preguntas. La reducción no siempre se hace por escasez, también puede darse por saturación. El lenguaje volviéndose palabrería.

A la jaula se le añade otra capa más excitante y atractiva, la del idioma del mercado. No solo actuamos según la economía, sino que hablamos según la economía. André Gorz, otro brillante filósofo y periodista —también francés—, se fijó en esa inflación de «capital» pegándose a cualquier cosa. De repente, capital cultural, capital social, capital humano. Da igual de qué hables, el vocabulario económico entra liso y llano. Las personas no tienen habilidades, tienen activos. No sienten tristeza, atraviesan procesos. No se enamoran, gestionan vínculos. No descansan, recargan pilas. Hay algo de desespero.

Cuando una tragedia se describe, por tanto, percibe, como «pérdida de capital humano», no es solo una mala elección de palabras. Si el lenguaje es condición de la conciencia y la crítica tiene que usar el lenguaje del propio sistema para ser comprendida, hay riesgo de acabar repitiendo lo que pretendías desmontar.

A ver cómo interrumpimos el automatismo lingüístico. Al final, habrá que preguntarle a quien decide las palabras con las que las verdades se vuelven decibles. Habrá infinidad de ideas que ni siquiera lleguen a pensarse porque no encontrarán un marco lingüístico que las sostenga.

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