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Adentrarse en el bosque para volver a casa

Frente a la tiranía de la productividad y el algoritmo, el vacío de los últimos días del año se revela como un refugio necesario para la contemplación

Estos últimos días no para de aparecer contenido en redes sociales —esas que, en ocasiones, parecen el oráculo de Delfos, guiándonos y adelantándose hasta en nuestra propia percepción del mundo— que prometen que los días entre Navidad y Nochevieja son un sinsentido, unos días «de relleno» para poner punto y final al año que despedimos de la mejor manera que sabemos —o podemos—.

Hace unos meses escribimos en este medio un libro cuyo eje temático era el tiempo, ese concepto tan abstracto y a la vez tan determinante en la vida de cada individuo. Y es que la percepción del tiempo da para mucho. 

Durante estos días —monopolizados por las compras, las comidas copiosas y los reencuentros— el tiempo parece discurrir de manera más calmada, menos acelerada. Como si la vida misma tomara consciencia de que, al volver a ciertos lugares, el ritmo debe ralentizarse, como si fuera un oasis. 

Puede que los individuos que internet decide mostrarme tengan razón respecto a la idea de que estos días no tienen un sentido fijo, un propósito en el que centrarse. Pero también es probable que el trasfondo de este discurrir inusual se deba a la mala costumbre a tener siempre una meta. 

Sin ir más lejos nosotros, los periodistas, observamos el mundo con un ansia atípica para el resto. Siempre buscando historias que contar, siempre buscando nuevas ideas para dar a conocer al mundo, siempre ávidos de algo nuevo. Sin embargo, la Navidad elimina de mí esa visión insaciable, reduciendo mi campo de visión hasta lo más mínimo: lo que tengo en frente de mí. No hay cabida para nada más estos días. 

La vida contemplativa —según María Zambrano— era una forma de esperar y de abrir nuestro ser al mundo. Esa visión reducida no es una pérdida, sino un hallazgo. Para la filósofa, el «claro del bosque» es ese centro donde la luz se detiene; un lugar al que no se llega mediante la productividad, sino que se encuentra cuando un individuo se permite —única y exclusivamente— estar.

Durante el resto del año, con el —relativo— progreso continuo e impuesto, caminamos por la espesura de las metas, los quehaceres y las fechas límite obcecados por el siguiente paso, relegando al olvido la importancia del lugar que pisamos.

Estos días «de relleno» pueden ser, en realidad, nuestro claro particular. El tiempo deja de ser una flecha que viaja hacia el futuro para convertirse en un círculo que nos envuelve. El tiempo no deja de tener sentido; realmente solo deja de ser utilitario. Al reducir el campo de visión a lo que tenemos en frente —al vapor que emana de ese guiso que llevábamos sin probar todo el año, al silencio para nada incómodo después de una cena con aquellos a quienes realmente entiendes como familia— el mundo vuelve a ser un sitio no tan hostil. Se aproxima más a lo que debería ser un hogar.

Quizá lo que el algoritmo no entiende es que la vida, en realidad, no siempre puede basarse en obligaciones y novedades constantes. A veces la vida es lo que queda cuando bajamos la velocidad y llegamos, en calma, a contemplar. Es ahí, en esa aparente nada, donde el ser se reconoce y recupera la mirada que la inmediatez nos ha arrebatado.

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