La incertidumbre económica y la falta de estabilidad están cambiando la forma en que los jóvenes imaginan su futuro y sus proyectos de vida
En los últimos años ha aparecido una sensación difícil de explicar pero que muchos jóvenes reconocen sin pensarlo demasiado. No es miedo, ni apatía, ni rechazo. Es algo más suave y profundo a la vez: una especie de distancia con el futuro. Como si el porvenir hubiera dejado de ser un lugar al que dirigirse y se hubiera convertido en una imagen borrosa, que se mueve cada vez que uno intenta enfocarla.
Y esa borrosidad no afecta solo a los grades sueños, también se cuela en lo íntimo: en la idea de una carrera estable, en la posibilidad de tener un hogar propio, en la pregunta de si algún día será posible formar una familia.
No es que los jóvenes hayan dejado de imaginar su vida. Es que el contexto les obliga a hacerlo con cautela. Conseguir una vivienda se ha vuelto una carrera de obstáculos y la emancipación, para muchos, es un horizonte que se aleja a medida que avanzan. Incluso quienes trabajan sienten que sus ingresos apenas sostienen lo básico, y que cualquier imprevisto —una avería, un cambio de contrato o una subida de alquiler— puede desarmar lo poco que han logrado construir.
A eso se suma un mercado laboral que ofrece oportunidades, sí, pero pocas veces estabilidad. En estas condiciones, levantar un proyecto vital sólido no depende solo de querer, sino de tener un suelo que no se hunda.
También ha cambiado la forma en que hablamos del futuro. Antes se hablaba de metas claras, de pasos lógicos, de un camino más o menos trazado. Ahora predominan las posibilidades abiertas, las hipótesis, los «ya veremos». Y esa falta de certezas pesa especialmente cuando se trata de decisiones que necesitan tiempo y calma: imaginar una familia, cuidar vínculos duraderos, proyectar un futuro compartido. No es falta de deseo, es la dificultad de encajar esos planes en un horizonte que parece moverse cada día.
Planear se ha vuelto un gesto frágil. No imposible, pero sí más delicado. Pensar a largo plazo exige una base que muchos jóvenes aún no tienen, y proyectar sin esa base puede generar más angustia que ilusión. No es falta de ambición, es una forma de protegerse. Cuando el terreno tiembla, mirar demasiado lejos puede marear.
Aun así, la juventud no vive sin aspiraciones. Las tiene, pero las formula de otra manera: con más matices, menos solemnidad y mucha más conciencia del contexto. No se trata de culpar a nadie, cada generación ha lidiado con sus propias dificultades. Pero sí conviene reconocer que hoy el futuro ya no es ese guion previsible de casa, hijos y estabilidad asegurada.
Por eso tantos jóvenes avanzan mirando el presente inmediato. No porque carezcan de sueños, sino porque han aprendido que, a veces, la única forma de no perderse es fijarse en el suelo que pisan. Y ese suelo, hoy, no siempre permite imaginar grandes mapas.
Es una imagen un poco triste, porque el horizonte siempre ha sido sinónimo de esperanza. Pero también es una imagen verdadera. Cuando el futuro se vuelve incierto, mirar demasiado lejos puede ser un lujo. Y entonces queda lo otro: avanzar despacio, esquivar lo que toca, construir sin grandes mapas, confiando en que el camino se irá dibujando mientras uno lo recorre.


