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La mentira colectiva de saber qué hacemos

Crecer no es obtener respuestas, sino perfeccionar el arte de disimular que seguimos perdidos en un mundo que exige certezas

Hay un momento —no siempre claro, pero inevitable— en el que entiendes que nadie tiene el control absoluto sobre lo que hace. No es que lo hayan perdido por el camino. Es que, sencillamente, nunca lo tuvieron.

Nos pasamos la vida esperando una especie de «clic» mental, una certificación oficial de que ya somos adultos y de que, por fin, entendemos las reglas del juego. Pero ese carnet de legitimidad es una meta que siempre parece estar un paso más allá de donde estamos.

A medida que crezco, comprendo que la seguridad no es un regalo de la edad. Lo que cambia no es nuestra claridad mental, sino el peso de lo que ponemos en juego: tomamos decisiones más serias, con más consecuencias, más íntegras. Pero en el fondo, la sensación de vacío es la misma. La madurez es, en realidad, la gestión elegante del vértigo. Es ese falso control exterior que permite que nuestras dudas descansen en el interior, volviéndose casi invisibles para el resto.

Ver a alguien caminar con paso firme es un alivio que aceptamos de buena gana. Al final, nos regalamos mutuamente esa sensación de control para que el mundo no resulte tan abrumador, es como una complicidad silenciosa en la que validamos la seguridad ajena para darnos permiso a nosotros mismos para seguir avanzando sin tantas preguntas.

Hay algo extrañamente bonito en esta farsa. El hecho de seguir haciendo cosas, de arriesgarse y tomar decisiones vitales confiando solo en la intuición, es la verdadera prueba de confianza en uno mismo. No es la confianza del que sabe lo que va a pasar, sino la del que sabe que, pase lo que pase, encontrará la forma de reaccionar. La diferencia entre los que parecen seguros y los que no, no es el conocimiento, sino la relación que tienen con la incertidumbre. Unos intentan eliminarla —y viven angustiados—, mientras que otros han aprendido a actuar a pesar de ella.

Cuando era pequeña, recuerdo preguntarme constantemente cuándo sabría hacer ciertas cosas, cuándo me sentiría tan firme como veía a mis padres o a mis profesores. La realidad es que ellos estaban igual de perdidos en muchos ámbitos. Simplemente eran niños más mayores. Lo más valiente que hacemos cada día no es tener la respuesta correcta, sino atrevernos a elegir una aún sabiendo que, quizás, nos estamos equivocando de lleno.

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