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El cuerpo en la era de la comparación

Dejar de reparar lo que no está roto: el mito del autoajuste constante

A veces pienso que nunca hemos estado tan desconectados de nuestro propio cuerpo como ahora, justo cuando más hablamos de escucharlo, cuidarlo y aceptarlo. Es una paradoja extraña: cuanto más intentamos reconciliarnos con él, más se cuela la comparación por alguna rendija.

No hace falta que nadie nos diga cómo deberíamos vernos, ya lo hemos interiorizado. Es un murmullo constante, casi imperceptible, que acompaña cada gesto cotidiano. Y lo más inquietante es que no sabemos muy bien cuándo empezó a instalarse ahí.

Vivimos rodeados de cuerpos que parecen diseñados para ser observados, no habitados. Cuerpos que funcionan como escaparates, como tarjetas de presentación, como símbolos de disciplina o éxito. Y aunque sabemos que no son la norma, algo en nosotros se contrae al verlos. No porque queramos ser exactamente así, sino porque empezamos a sentir que nuestro cuerpo, el real, el que existe sin edición, se queda corto frente a ese patrón que se repite hasta convertirse en una especie de verdad visual.

Me pregunto cuándo empezamos a creer que nuestro cuerpo es un borrador permanente. Algo que siempre está «casi», que siempre podría ser un poco más esto o un poco menos aquello. Vivimos en una especie de autoajuste constante, como si nunca fuera suficiente habitarnos tal y como somos. Y mientras tanto, el cuerpo real —el que respira, el que envejece, el que cambia— queda relegado a un segundo plano, como si fuera una versión defectuosa de sí mismo.

Lo curioso es que ahora hablamos más que nunca de aceptación. Decimos que hay que quererse, que no pasa nada, que cada uno tiene su proceso. Pero la aceptación se ha convertido también en una especie de exigencia emocional: no solo tienes que tener un cuerpo, sino que además tienes que sentirte bien con él todo el tiempo. Y eso es injusto. Porque hay días en los que simplemente no puedes. Días en los que la comparación pesa más que cualquier discurso positivo.

A veces pienso que lo verdaderamente devastador no es cómo nos mira el mundo, sino cómo hemos aprendido a mirarnos nosotros. Hay una violencia silenciosa en esa inspección diaria que hacemos sin darnos cuenta, en ese gesto casi automático de buscar fallos donde solo hay piel, historia y vida. Es una forma de crueldad íntima, tan normalizada que ya ni la cuestionamos.

Tal vez no haya una respuesta clara, ni un camino recto, ni una versión definitiva de nosotros mismos que por fin encaje. Tal vez el cuerpo no necesite que lo entendamos, ni que lo defendamos, ni que lo expliquemos. Solo que dejemos de empujarlo hacia un lugar al que nunca pidió ir. Y a lo mejor, si algún día logramos mirarlo sin esa mezcla de sospecha y exigencia, descubrimos que no estaba roto. Que lo roto era la forma en que lo estábamos mirando.

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