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Ya no hay historias originales

Sobre el dominio de la nostalgia y la búsqueda de nuevas historias en el cine

Intento ir al cine, como mínimo, una vez al mes. Me gustaría llamarlo tradición con mis amigas, pero la verdad es que el ajetreo y la velocidad de la vida actual limita en muchas ocasiones nuestras coincidencias. Aun así, estoy siempre pendiente de la cartelera. Siempre hay alguna película que me llama la atención: una historia que parece que me puede arreglar el día, o incluso la semana, y que me digo que tengo que ir a ver, aunque nunca termino por pisar la sala del cine.

Sin embargo, desde hace un par de meses, estas historias singulares, dotadas de un aire novedoso y excepcional, se ven inmersas en una vorágine de películas conocidas que, en muchos casos, ya no nos dicen nada nuevo.

El domino de las franquicias como Marvel, las nuevas y constantes versiones de clásicos, como la reciente Cumbres Borrascosas, de Emerald Fennell, los live action de películas animadas del pasado, adaptaciones literarias o sagas longevas como Scream. Son tantos los universos que están en constante renovación que el hueco —tanto económico como en cartelera— para las historias originales queda relegado a un mínimo. Solo nos queda preguntarnos: ¿por qué el cine actual parece mirar constantemente hacia atrás?

Miramos al pasado con los ojos del presente y eso provoca añoranza. Pero en el caso de la recreación, la adaptación o renovación, la mirada actual no hace más que deteriorar, en muchas ocasiones, el recuerdo. Ha sido inevitable leer miles de comentarios de acuerdo con la idea de que las películas actuales «han dejado de parecer películas». ¿Qué significa realmente eso? Tal vez que ahora todo está pensado, nada es inocente, y que el conocimiento exhaustivo del funcionamiento de la industria introduce una rigidez que termina afectando a la creatividad.

No es un problema de calidad. La falta de originalidad o riesgo creativo no implica necesariamente una escasa calidad artística. De hecho, en muchas ocasiones ocurre lo contrario. El paso del tiempo permite rehacer películas con mayor teatralidad o sensacionalismo. Un remake puede ser brillante, tanto técnica como artísticamente; las sagas pueden dar lugar a narrativas transmedia capaces de desarrollar universos complejos y con gran implicación en la cultura popular. La repetición no es sinónimo de mediocridad, sino de ausencia de nuevas historias capaces de instalarse en el imaginario colectivo.

Entiendo el gran dilema de los artistas: del amor al arte no se vive. El factor industrial y la consiguiente necesidad de hacer algo mínimamente comercial son innegables. Las ideas novedosas y originales —y por tanto arriesgadas— rara vez garantizan estabilidad económica, porque el sistema premia lo conocido y fácilmente reconocible. De ahí que la nostalgia se convierta en un motor comercial eficaz. No es que falte talento, ni que haya escasez de ideas creativas, lo que falta es protección, estabilidad y, sobre todo, coraje para invertir en ideas propias e independientes. Así, el cine se inclina cada vez más hacia su dimensión industrial que hacia su función cultural.

Y es entendible. En medio del frenesí contemporáneo existe una necesidad de seguridad de aferrarse a lo conocido, a aquello donde sabemos que todo va a estar bien. Es el público quien, en muchas ocasiones, reclama volver a estas historias. No se consumen tanto películas como universos. El cine se convierte —si no es que siempre lo ha sido— en refugio emocional: un espacio donde no se busca exposición ni incertidumbre, sino reconocimiento y protección.

El público añora aquella época en la que, vista con los ojos del presente, todo era mejor. El pasado se convierte en el nuevo presente. Vivimos atrapados en la nostalgia de un tiempo que siempre será mejor de lo que podrá ser nunca un futuro. Pero siempre es ese pasado el que añoramos. Un pasado que fue presente y no supimos valorar pero que, como recuerdo, añoramos. El cine, como ese presente que rechazamos, no está en decadencia, simplemente hay que saber buscar en los márgenes.

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