El primer ministro, en el poder desde 2018, ha sido respaldado por la mitad de los votantes en las elecciones parlamentarias del domingo, en unos comicios marcados por su campaña de acercamiento a Occidente y el distanciamiento con Rusia
Nikol Pashinyan, el primer ministro de Armenia, ha salido victorioso en las votaciones parlamentarias celebradas en el país caucásico el pasado domingo, logrando el 49,81% de los votos para su partido, Contrato Civil.
Según la Comisión Electoral Central de Armenia, el partido de Pashinyan ha obtenido suficiente respaldo como para formar mayoría en el parlamento del país, mientras otros tres partidos han superado el umbral del 4% para entrar en la cámara. Las dos principales fuerzas de oposición, caracterizadas por su ideología prorrusa, se han hecho con un tercio de los votos.
Frente a ellos, Pashinyan se ha convertido en el adalid de una estrategia de reposicionamiento geopolítico para el país con capital en Ereván, que ha determinado su campaña electoral. Contrato Civil quiere impulsar un proceso de paz con Azerbaiyán y Turquía, enemigos históricos de Armenia, y una “diversificación” de las alianzas del país, para acercarse a Europa y reducir dependencias de Moscú.
Sin embargo, la estrategia de Pashinyan va más allá y, en el fondo, plantea una redefinición del propio concepto de Armenia como Estado. Para entenderlo bien, y comprender cómo un país tan pequeño puede situarse en el centro del tablero geopolítico regional, es necesario echar la vista atrás.

Un pequeño país con una historia convulsa
Armenia es un país lleno de contradicciones. A pesar de su tamaño reducido y una población que no llega a los tres millones, es una de las naciones más antiguas del mundo, conocida por haber sido la primera en convertirse al cristianismo, décadas antes de que lo hiciera Roma en el siglo III.
Durante siglos, los armenios poblaron una extensa área de Anatolia (actual Turquía) y el Cáucaso Sur. Tras un periodo de decadencia, Armenia quedó dominada por tres imperios que se disputaron la región: el otomano, el ruso y el persa. Los agravios históricos contra los armenios no cesaron con la conquista del territorio. A lo largo de la historia fueron víctimas de cruentas masacres y persecuciones.
La peor de ellas tuvo lugar entre 1915 y 1923. Durante ese periodo, las fuerzas otomanas asesinaron y obligaron a huir a millones de armenios. Esta matanza sigue sin ser reconocida como genocidio por Turquía. El resultado de estas limpiezas étnicas fue la constitución de una enorme diáspora, que en la actualidad supera dos veces a la población de la actual República de Armenia.
Finalmente, después de más de 150 años bajo dominio ruso, primero con los zares y luego con la Unión Soviética, Armenia consiguió su independencia en 1991. Se configuró entonces con las fronteras que mantiene hoy, pero el proceso no fue del todo pacífico. Desde la perestroika, un conflicto étnico enfrentó a Armenia y Azerbaiyán, su país vecino, ambos surgidos de las cenizas de la Unión Soviética. Hablamos de la lucha por Nagorno-Karabaj, un conflicto histórico que ha marcado la región y que también ha influido en las elecciones que Pashinyan acaba de ganar.
La derrota en Nagorno-Karabaj
Nombrado como Artsaj por los armenios, Nagorno-Karabaj era una región históricamente de mayoría armenia. Estaba situada dentro de las fronteras internacionalmente reconocidas de Azerbaiyán. La disputa por su control estalló en los últimos años del régimen soviético, agravada con la independencia de Armenia y Azerbaiyán. Desde entonces, ha derivado en varias guerras que han marcado el orden geopolítico del sur del Cáucaso.
En las primeras contiendas, entre 1988 y 1994, Armenia mantuvo una posición de fuerza sobre el territorio. Sin embargo, el equilibrio cambió progresivamente. En 2020, Azerbaiyán recuperó amplias zonas de Nagorno-Karabaj en una ofensiva militar apoyada por Turquía. También tomó el control del estrecho corredor que conectaba la región con Armenia.

Tres años después, en septiembre de 2023, Bakú lanzó una nueva operación relámpago que provocó el colapso de las autoridades separatistas armenias y el éxodo de más de 100.000 civiles armenios, prácticamente toda la población de la región. Para el 1 de enero de 2024, la autoproclamada república de Arsaj fue disuelta, después de 30 años de existencia.
La pérdida de Nagorno-Karabaj supuso un terremoto político para Armenia. Durante décadas, la seguridad del país había descansado sobre su alianza con Rusia. Moscú mantiene aún una base militar en la ciudad armenia de Gyumri. Además, Ereván forma parte de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), una alianza militar liderada por el Kremlin que incluye a repúblicas exsoviéticas como Bielorrusia o Kazajistán.
Sin embargo, cuando Azerbaiyán lanzó sus ofensivas, muchos en Armenia sintieron que Rusia no cumplió su papel de garante de la seguridad. En la zona había un contingente de soldados rusos que permaneció al margen durante el conflicto. Y es que desde 2022, las prioridades militares de Moscú estaban centradas en Ucrania.
La senda europeísta de Armenia que molesta en Moscú
A partir de ese momento, Nikol Pashinyan, que llegó al poder tras la Revolución de Terciopelo de 2018, aceleró su giro de política exterior. El primer ministro sostiene que Armenia debe asumir la nueva realidad regional. Debe normalizar sus relaciones con Azerbaiyán y Turquía y diversificar sus alianzas internacionales.
Por ello, en los últimos años, su Gobierno ha estrechado la cooperación con la Unión Europea y Estados Unidos, llegando a acoger la primera cumbre bilateral UE-Armenia en marzo de este año, mientras ha congelado de facto su participación en la OTSC. Estas decisiones han sido criticadas continuamente desde Moscú, que ha llegado incluso a imponer aranceles comerciales a los productos armenios como forma de «castigo», algo grave ya que Rusia es el principal socio comercial de Armenia.

Pero la propuesta de Pashinyan va más allá de la diplomacia. En el fondo, plantea una redefinición de la propia identidad política del país. Pashinyan ha defendido la necesidad de construir una Armenia centrada en las fronteras internacionalmente reconocidas de la actual república. No en reivindicaciones históricas.
Sus detractores consideran que esta visión implica renunciar a símbolos profundamente arraigados en la conciencia nacional armenia, desde el desaparecido Artsaj hasta la referencia al monte Ararat, situado hoy en Turquía. Esta montaña, sagrada para los armenios, ha sido hasta hoy el símbolo nacional del país. Sin embargo, recientemente fue omitida en el nuevo diseño de los pasaportes nacionales. Toda una declaración de intenciones.
Unas elecciones parlamentarias que también han sido un referéndum sobre el futuro del país
El debate sobre la identidad y la posición de Armenia en la red internacional de poderes e influencias fue clave en la campaña electoral. Para Pashinyan, las elecciones del domingo supusieron una oportunidad inmensa. Pretende avanzar en el proceso de paz con Bakú mediante un acuerdo que aún debe concretarse. Podría requerir reformas constitucionales que eliminen referencias interpretadas desde el lado azerí como reivindicaciones territoriales sobre Nagorno-Karabaj.
Frente a Pashinyan se situó una oposición calificada como prorrusa, en contra de ceder ante los países históricamente enemigos de Ereván. Su principal rival fue el empresario Samvel Karapetyan, líder de la alianza Armenia Fuerte y segundo candidato más votado con algo más del 23% de los votos. Durante su campaña, Karapetyan (oligarca con doble nacionalidad armenia y rusa) acusó a Pashinyan de ser un “traidor” y rechazó su política internacional.
Después, la tercera fuerza más votada fue la Alianza Armenia del expresidente Robert Kocharyan. Es una de las figuras más influyentes de la política armenia posterior a la independencia y defiende mantener una estrecha relación estratégica con Moscú. Tanto Kocharyan como Karapetyan acusaron a Pashinyan de sacrificar los intereses históricos de Armenia en nombre de una paz que consideran desigual.
Acusaciones de injerencias desde los dos lados
Durante las elecciones, algunos observadores internacionales han señalado indicios de campañas de desinformación e intentos de interferencia atribuidos a actores vinculados a Rusia.
En contraposición, el Kremlin sostiene lo contrario. María Zajárova, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, ha denunciado una supuesta campaña de “presión sin precedentes”. También habló de “interferencias” procedentes de la UE y Occidente. Estos ataques se suman a los de algunos sectores de la oposición a Contrato Civil, según los cuales Pashinyan ha impulsado una estrategia de represión contra políticos, activistas e incluso la Iglesia Apostólica Armenia.
A pesar de todo, la victoria de Pashinyan confirma que, al menos, una parte significativa de la sociedad armenia sigue respaldando su visión pese al trauma de Nagorno-Karabaj. El primer ministro afronta ahora una tarea compleja. También gestionar una relación cada vez más tensa con Rusia mientras cultiva nuevas relaciones estratégicas. Todo ello mientras responde a dueas críticas: aunque se le ha caracterizado por su posición europeísta, diversas voces acusan a Pashinyan de populismo, concentrar poder y erosionar algunas garantías democráticas.
Conocidos los resultados, la incógnita ya no es quién gobernará Armenia. La pregunta es qué Armenia va a emerger de este nuevo mandato y quiénes serán sus aliados en un panorama geopolítico cada vez más volátil.


