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Oxígeno colectivo

Entre el tumulto y la liturgia: encontrar aire puro en la era de la inmediatez

Hace unos días estuve en la presentación de Oxígeno —la última obra de Marta Jiménez Serrano— en mi ciudad. Llegué algo tarde para mi desgracia. Fue uno de esos días en los que el reloj te aplasta de manera cruel e innecesaria y decide interponerse entre lo que tenías planeado y lo que realmente te toca vivir.

Al llegar, la librería estaba tan abarrotada que era imposible permanecer de pie sin agobiarse. Por supuesto, no había ni una sola silla libre. Resultó curioso que, en la presentación de un libro que lleva como nombre «oxígeno» fuera complicado respirar. No culpo a la librería ni mucho menos. Sería cosa del poder de convocatoria de la autora.

Sin embargo, aunque mi visita fue breve, también fue fructífera. Siempre resulta estimulante ir a un acto en una librería. Las caras de ilusión de los asistentes y el entusiasmo con el que comienzan a sacar los ejemplares de sus bolsos, como si de una vela a punto de ser colocada en un altar —con semblante digno— se tratase son cosas de las que uno no puede aburrirse nunca.

Marta empezó el acto diciendo que ver la librería tan llena un lunes de diario le devolvía un poquito la fe en la humanidad. A mí me ocurre algo similar.

La liturgia —que roza en ocasiones la religiosidad— que envuelve a cualquier libro recién comprado tiene algo de milagroso. No es solo el objeto en sí; me maravilla todo lo que representa hacerse con un ejemplar físico en un tiempo donde casi todo lo que consumimos es volátil y desaparece con un simple —y cada vez más vulgar— scroll.

Observar a la gente mientras escuchaba —de manera fervorosa e ilusionada—, proteger el ejemplar de la obra entre las manos me convirtió, en cierto modo, en testigo de un acto de resistencia silenciosa. El mundo nos empuja a la velocidad, pero decidir de manera consciente que el tiempo vale la pena para ser «gastado» en una presentación literaria y que, esa espera traerá unas palabras o la firma del autor que realiza la visita supone, en el fondo, una declaración de principios.

No buscamos solo un nombre escrito en la primera página. Tampoco un texto genérico —pero amable— del autor. Buscamos experimentar de manera plena ese hilo invisible que une a quien escribe con quien lee, una suerte de comunión laica que sucede entre estanterías.

Esa especie de «vela» que cada quien sacaba de su respectivo bolsillo —que también se convierte en un acto consciente, puesto que ocupa el espacio físico de la intimidad de una persona— para mantener encendida esa pequeña parcela de humanidad, amable —y, en parte, disidente— de la que hablaba Marta y de la cual yo también estoy orgulloso. Por pertenecer a ella y observarla.

Al final, aunque en la sala el aire —que no el oxígeno— fuese un tanto escaso y el reloj me hubiera intentado boicotear la tarde, estar allí —aunque fuese menos rato del que me hubiera gustado— supuso, a mi juicio, un respiro dentro de la apnea que supone la era de la inmediatez. Digo yo que, mientras existan estos rituales, estas comuniones, siempre encontraremos un lugar en el que poder respirar.

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