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Bad Gyal y la dictadura de la nostalgia

Tras el lanzamiento de Más cara, la artista catalana se enfrenta a una audiencia que le exige un síndrome de Peter Pan en una era donde lo humano ha muerto frente al algoritmo

Desde que Bad Gyal sacó Más cara, los usuarios en redes han estado más haciendo lo que mejor se les da: criticar absolutamente todo lo que pueda ser mínimamente criticable. En una entrevista en Los 40, ella misma declaraba que este álbum es una declaración de intenciones.

Se define como más madura, ya está en otra. No reniega de un pasado —a mi juicio, glorioso— que la configuró y la moldeó para ser quien es hoy, pero tampoco lo abraza. Simplemente lo deja estar.

Ya poco o nada queda de esa generación underground que se fraguó en la época dorada de internet. Cuando todo era más humano, menos AI generated y más simple. Porque sí, internet también tuvo su época de simplicidad, aunque duró menos de lo que, personalmente, me hubiese gustado.

Esa época —como se suele decir en la jerga popular de las redes— cambió vidas, marcó un antes y un después en la música española. Pero todo lo que empieza debe acabar, y en el caso de Bad Gyal no ha sido menos. 

Más cara no es solo un disco. Como decía antes, es una «declaración de intenciones» sobre lo que quiere hacer bad Gyal, quién es ahora y cómo le gustaría ser recordada. Y aún así la gente se queja. ¿Acaso no roza lo absurdo pedirle a una persona de casi treinta años que se mantenga como si tuviera la misma edad que cuando empezó? ¿Qué ocurre con esa década que separa una identidad de la otra? ¿Acaso puede doblarse como un folio y quedar en un cajón?

No me termina de quedar claro si es que, como consumidores, no tenemos consciencia de que detrás de cualquier propuesta artística hay un ser humano que siente, experimenta, cambia y padece o simplemente somos unos desalmados que, como de costumbre, ponen su ego como centro del mundo.

Es curioso cómo le pedimos a los artistas que sean auténticos, pero en cuanto esa autenticidad implica crecer, los acusamos de traición. Bad Gyal empezó siendo una cría que hacía dancehall en su cuarto; pretender que a los 29 años siga en el mismo registro emocional y sonoro que a los 19 no solo es absurdo, es pedirle que finja.

Me resulta irrisorio —e inaudito— pensar en la posibilidad continuar pensando, viviendo y viendo el mundo como lo hacía cuando tenía diez años menos. La madurez y el cambio no se eligen, son un proceso obligado e ineludible, pero también son algo que, conforme el tiempo avanza, acaban convirtiéndose en una especie de bendición, un esqueleto que hace el camino de la vida algo más sencillo.

Si me río yo, no me quiero imaginar a Bad Gyal cuando lee y escucha este tipo de comentarios. Pedirle a un artista —y, en consecuencia, a una persona— que viva con un síndrome de Peter Pan venido a menos no solo es egoísta, es carente de empatía a más no poder. Tal vez ese sea nuestro defecto más profundo. 

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