De la cultura como experiencia a producto esperando a ser consumido
Hemos pasado de ir al cine o leer un libro por la experiencia, a hacerlo por el mero hecho de consumir algo y sentir la satisfacción de haberlo hecho. Claro está que no consiste solo en eso, pero ahora el ansia por completar algo y sentirse realizado opaca parcialmente la vivencia cultural.
Hoy en día existen muchas aplicaciones en las que puedes registrar las películas que ves, o los libros que lees. Yo misma participo en ese tipo de plataformas, ya que no solo tienen esa función de consumo. Sirven como foro global en el que compartir con cientos de usuarios una vivencia común.
Sin embargo, el problema viene cuando parte del propósito es lograr el máximo número de películas vistas, libros leídos o minutos de música escuchados. El valor ya no recae en la calidad sino en la cantidad, lo que hace que el arte se vuelva un poco más superficial en ocasiones.
Además, este problema se complica en un mundo en el que hay millones de obras artísticas que circulan por las redes. Aunque no sea cierto, nada parece ser especial a estas alturas, abrumados por tanta información.
La industria cultural, como cualquier otra industria, aprovecha esta era de consumismo para aumentar la rentabilidad. Ahora, la mayoría de las películas, o álbumes musicales deben ir acompañados de un gran concepto estético. Aunque este gran concepto no siempre esté relacionado con la realidad de la obra. Y, no me refiero a la estética visual de una película, o al significado detrás de la portada de un disco, sino a poner una «cara bonita” para vender el producto.
Puede que la realidad siempre haya sido esta, pero ahora el escaparate al que se expone dicha obra es mucho mayor que años atrás. Con las redes sociales tenemos una gran red de conexión por la que circulan diariamente cantidades ingentes de información. Así que, más vale que tu producto sea bonito para que alguien se pare a verlo por más de tres segundos.
El problema es que grandes obras artísticas quedan opacadas por otras —que no son necesariamente mejores— pero están pulidas como el producto perfecto para vender a la audiencia.
Como audiencia no debemos caer en la trampa del consumo. Debemos experimentar la cultura que deseemos, pero de manera consciente y con el propósito de adquirir dicha experiencia, y no solo para completarla como una tarea. De esta manera, la cultura seguirá siendo una experiencia y no solo un producto que ansiamos meramente consumir.


