Sobre la deshumanización del supermercado moderno frente a la calidad humana del comercio tradicional
Almudena Grandes, en Mercado de Barceló —obra publicada en 2003 pero que se gestó durante años en las páginas de El País—, trató el mercado como un organismo vivo, como un ser sintiente y empático con las vidas de aquellos que lo visitaban constantemente.
Yo, por suerte o por desgracia, no vivo en Madrid. Salamanca tiene mercado de abastos, sí, pero una ciudad de provincias como esta no es capaz de albergar tanto caos en un espacio tan reducido. Lo más similar que tengo a una distancia prudencial de mi casa es un supermercado. No diré la marca porque no es menester, pero lo que sí puedo afirmar es que el típico ultramarinos de barrio queda ya en el recuerdo. Ese tipo de negocios solo los he visto en mi pueblo, cuando era pequeño.
En este supermercado no hay opción a conocer a aquellos que lo visitan. Todo viene en plástico, separado, individual y perfectamente organizado. Algo similar ocurre con los individuos que entran y salen en busca de víveres de toda clase y condición. Las galletas, por ejemplo, se organizan en secciones atendiendo a su tipología, sabor, características y, cómo no, precio.
Lo mismo ocurre con los visitantes. Todos en busca de la materia prima que va a satisfacer sus necesidades: desde una cena improvisada, señoras que vienen concienzudamente a hacerse con la compra de la semana o alguien a quien le han roto el corazón e intenta buscar consuelo en una tarrina de helado y tres paquetes de patatas fritas. A ese último arquetipo de personas las ve uno de lejos.
La única excepción que he conocido en ese lugar es una trabajadora. Ella se sale del envoltorio de la individualidad que nos recubre a todos. Por supuesto, no soy ajeno a este tipo de comportamiento colectivo, aunque ella pareciera en ocasiones que sí.
La charcutera que retrataba Almudena en sus columnas ambientadas en el mercado se dejaba empapar por los interesados en su negocio, porque las visitas de los clientes se convertían en cotidianidad. Porque el trabajo se metía de lleno en la vida privada. Porque tener un negocio propio te moldea la vida. La cajera de este supermercado —sin embargo— lo hace por voluntad propia.
Ver una fila —en ocasiones apabullante— de individuos cargados hasta las cejas de víveres de todo tipo genera un aluvión de tabiques que separan a uno de lo ajeno. Como si con la compra viniera dada una capa de aislamiento.
El supermercado no es el lugar donde hacer amigos, no al menos en las condiciones a las que estamos acostumbrados. Condiciones que nos están convenciendo de que pasar por el super para comprar la comida de la semana ya hecha no es un símbolo de decadencia, sino un concepto vanguardista y prometedor que sugiere que la productividad es sinónimo de éxito (siento ser yo quien diga que esto no es para nada así).
Pero a pesar de la dificultad impuesta, de las normas imperantes, que una persona asalariada sea capaz de disrumpir toda esa dinámica y, a través de un simple y humilde «Buenas tardes», «que tengas buen día» o «toma, te regalo esta bolsa», consiga generar en mí un sentimiento de esperanza en el ser humano, me hace pensar que quizá no soy el único que echa de menos un mercado como los de toda la vida y, en definitiva, una relación con los demás más genuina, aunque me tachen de viejuno.


