Sobre cómo un viaje —en el que debería haber reinado el silencio— acabó siendo una revelación del cambio de paradigma cultural actual
Había dormido tres horas —cuatro, si nos ponemos generosos— antes de subirme al autobús que cubría el trayecto entre mi ciudad de residencia y un destino al que probablemente llegaría con bastante sueño. Mi único propósito era acomodarme en el asiento, cerrar los ojos y desaparecer del mundo durante las dos horas y media que duraba el viaje. No pedía mucho. Tampoco esperaba que el conductor tuviera exactamente el mismo plan, pero sí estar en silencio al menos.
El hombre que conducía el autobús decidió deleitarnos con una playlist que, para mi absoluta sorpresa, estaba compuesta única y exclusivamente por canciones generadas con inteligencia artificial.
«Tu amor eterno, tu eternidad». «Tú nos guías». «Quédate conmigo, te necesito para vivir». «Cristo vive, Cristo reina». «Yo sé que estás aquí». Fueron algunas de las letras que mejor recuerdo de aquel popurrí de alabanzas a las que, desde luego, mensaje e intención no les faltaban. Y yo, que a esas horas no tenía ni fuerzas para distinguir el paisaje que mostraba la cristalera del autobús, me encontré escuchando una especie de Hakuna mientras veía a lo lejos los polígonos industriales. Como decía, no era mi plan ideal.
Si el estimadísimo lector no ha vivido en una cueva durante los últimos meses —y, si lo ha hecho, ya estoy yo aquí para ponerle al día—, probablemente se haya topado con Nyla Stone, la nueva «estrella» de TikTok. Su nombre, por supuesto, presupone una identidad que no existe: Nyla Stone no es una cantante, sino un personaje generado mediante inteligencia artificial.
Hasta donde he podido leer, cuenta por el momento con una única «canción» en su «repertorio»: Ahora soy mi prioridad. Quizá la haya escuchado. Y, si no, seguramente haya visto a alguna madre de cincuenta años cantándola a pleno pulmón delante de la cámara, como si acabara de descubrir el himno generacional que llevaba toda la vida esperando. Es, salvando las distancias, una especie de A quién le importa para señoras del siglo XXI. Maravilloso. Al menos, en la teoría.
Aunque en principio pueda parecer algo anecdótico, un gusto inocuo por algo, sí me extrañó que un hombre que, según mis cálculos, debía encontrarse ya en sus cuarenta hubiera incorporado aquellas producciones sintéticas a su imaginario musical personal y que, además, contara con una playlist que reproducía durante su jornada laboral. No estoy cuestionando sus creencias, por supuesto, tampoco la religión en general. Mucho menos la de quien se levanta a las cinco de la mañana para conducir un autobús. Que cada cual rece, cante o crea en lo que quiera.
Pero sí me hizo pensar en algo que me parece bastante más incómodo: qué ocurre cuando una máquina puede fabricar —a una velocidad y coste ridículos— canciones diseñadas al milímetro para provocar emociones en los oyentes. Porque la música no es únicamente música, forma parte de nuestra memoria. Se adhiere a determinados lugares, personas, momentos y épocas. Recordamos a alguien por una canción, asociamos un verano a un disco.
Hasta ahora, detrás de una canción —al menos en principio— había alguien. Un compositor, un cantante, una experiencia, una intención. Podías odiar la canción, reírte de ella o pensar que era una cursilada insoportable, pero había una persona que había decidido decirte aquello. Es cierto que en la industria musical siempre se ha contado con estrategia y marketing, con una manera de producir música que es hija de la industrialización de todos los procesos, pero no es comparable. Ahora podemos tener mensajes emocionales sin autor reconocible. Canciones que parecen haber sido escritas para tocar exactamente el lugar que quieren tocar.
Aquella mañana, por ejemplo, aquellas canciones hablaban de Cristo como si alguien hubiese tenido una experiencia religiosa que necesitara convertir en música. Pero no. Nadie había sentido nada. Nadie había compuesto nada. Una máquina había aprendido cómo suenan las canciones religiosas y había fabricado otras nuevas.
Y nosotros las escuchamos. El conductor las escucha. Alguien las sube a TikTok. Otra persona las utiliza para grabarse cantando. Otra las comparte. Y así, poco a poco, una máquina empieza a ocupar un pequeño espacio en nuestro imaginario cultural sin que apenas nos demos cuenta.
Quizá dentro de unos años nos dé exactamente igual. Quizá acabemos escuchando canciones generadas por IA con la misma naturalidad con la que hoy escuchamos cualquier otra cosa. Si la velocidad con la que se está desarrollando este universo sigue así, probablemente ocurra. Será una especie de «nueva normalidad», pero sin mascarillas.
Pero aquella mañana, mientras intentaba dormir en un autobús que distaba de poder ser considerado cómodo, no pude evitar pensar que quizá el problema no sea que las máquinas hayan aprendido a hacer canciones, sino que nosotros hayamos aprendido a escucharlas sin preguntarnos quién está cantando. Aunque he de decir que tampoco ayudó que el conductor llevara la música a un volumen —a esas horas— preocupante.
Así que me puse los auriculares y llegué a mi destino sin haber dormido absolutamente nada, habiendo leído dos páginas del libro que llevaba conmigo y con un batiburrillo de alabanzas y exigencias a Dios que jamás pensé que me acompañaría en un viaje en autobús. Eso me pasa por no quedarme en casa. Viajar está sobrevalorado.


