Reducir el amor a un baile de sustancias químicas es ignorar que el verdadero vínculo se materializa en infinidad de aspectos de la vida
Siguiendo las explicaciones que ofrece la ciencia, el amor puede entenderse como una descarga —en ocasiones, desmedida y absurda— de dopamina y oxitocina, sustancias que alteran el cerebro y su circuito de recompensa, saturando el organismo y alterando, en consecuencia, el comportamiento y la fisiología del cerebro.
La perspectiva teórica está bien, podemos aceptarla. Sin embargo, esta concepción de lo que podría ser el amor, de tener una pareja, me resulta monstruosa. No consigo comprender que un vínculo sentimental y emocional con una persona se pueda resumir, únicamente, en la química. Que el vínculo nacido entre dos individuos que tenían una vida antes de conocerse, así como unas expectativas de futuro tenga su razón de ser en un torrente de hormonas que podríamos calificar como «pandilleras».
Fangoria publicó, hace algunos años ya, una canción titulada Solo química. La canción nació para formar parte de la banda sonora de una película que —no sé muy bien por qué— nunca llegué a ver. Once años después me reencontré con ella, con una letra que ahora puedo analizar y comprender con mayor criterio gracias a la experiencia que otorga vivir, y parece que incluso este dúo —tan importante para mí— es afín a este entendimiento del amor. Como decía, adoro a Fangoria, pero me niego a casar con esta idea del amor. Por ahí sí que no paso.
Entiendo que el amor dependa, en cierta manera, de este baile de sustancias químicas tan marciano. Que el cuerpo genere endorfinas cuando se está con la persona amada, por supuesto. Pero una cosa es la sensación de felicidad y tranquilidad, apoyada en parte por una vertiente química, y otra muy distinta un sentimiento.
El amor va mucho más allá de la química, al menos así lo he podido vivir. Se convierte en algo tangible, se materializa en el rostro de la persona a la que quieres. Pasa a materializarse de muchas maneras: un momento compartido, una anécdota, un pensamiento, un recuerdo. Se transforma en una frase, en un comentario, en que la otra persona pase por tu cabeza y automáticamente surja un pensamiento: «Esto le haría mucha ilusión, esto le encantaría».
Poca implicación tienen estas sustancias en largas horas de intimidad, en un espacio compartido que te otorga la seguridad de no querer irte nunca. En una decisión constante, una idea que se asienta en lo más profundo del cerebro —a pesar de mi aversión a la explicación científica de dicho sentimiento— y que conquista su propio espacio en el órgano más importante del cuerpo. Quizá sea el sentimiento con mayor fuerza que existe en este mundo, pero no lo sé a ciencia cierta.
Lo que sí tengo claro es que, habiendo tenido la fortuna de conocer el amor, de vivirlo y de sentirlo, no voy a aceptar que únicamente pueda ser entendido como un proceso químico, como una teoría científica que, igual que comienza, acaba. El amor está en todo lo que he vivido y en todo lo que he sido, soy y seré. Desde luego, el amor es mucho más que química.


